Damián y su hijo Elían vivían felices y humildes, hasta que Damián se casó con el poderoso Zorán y su mundo cambió.
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— La decisión del corazón
—¿Hijo… qué dices? —preguntó Damián, con la voz entrecortada, como si no hubiera oído bien—. ¿De verdad quieres que acepte?
Elían asintió con seriedad, pero luego miró hacia un lado y bajó la voz—. Papá… ¿podemos hablar solos?
Damián asintió confundido. Se apartaron del jardín iluminado, caminaron hasta el pequeño porche donde solían sentarse a mirar las estrellas, él y Zorán, lejos de las luces y de las miradas. Elían suspiró hondo, buscando las palabras con cuidado.
—Papá, te amo más que a nada en este mundo. Eres lo más importante que tengo. Y verte feliz… eso es lo que más quiero. Acepta, por favor. Cásate con él. Sé feliz. Tú te lo mereces todo.
—Pero… ¿y tú? —preguntó Damián, tomándole las manos entre las suyas—. ¿ vendrás con migo a esta mansión?
Elían lo miró a los ojos, firme pero suave.
—No quiero ser malo ni desagradecido… pero no me mudaré. Me gusta mi casa. Nuestra casa. Ahí crecí, ahí tengo mis recuerdos, mi espacio, todo lo que me hace sentir bien. No te preocupes por mí. Sé cuidarme. Me las arreglaré. Nos veremos todos los días. Te prometo que vendré siempre.
Damián negó con la cabeza, sintiendo cómo la angustia le apretaba el pecho.
—Eso no es lo mismo, hijo. Tú trabajas, vas a la universidad, llegas cansado… no nos veremos todos los días. Sé que sabes cuidarte, claro que lo sé. Pero yo quiero estar ahí. Quiero asegurarme de que comas bien, de que te abrigues cuando hace frío, de que descanses lo suficiente. Para mí sigues siendo mi bebé, Elían. No me imagino la casa sin ti.
Elían apretó sus manos, con los ojos brillantes pero la mirada fija.
—Lo siento, papá. No cambiaré de opinión. Tú tienes que aceptarlo. Hazle feliz a Lía, hazle feliz a Zorán. Ellos te quieren de verdad. Te mereces todo eso. Solo inténtalo, ¿sí? Por mí.
Damián se quedó sin palabras, con el pecho dividido entre la inmensa alegría de saber que su hijo lo quería ver feliz y el dolor de sentir que se alejaba de él.
—Nos vemos, papá —dijo Elían suavemente, le dio un último beso en la mejilla, se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la puerta.
—¡Elían, espera! —lo llamó Damián, dando un paso hacia él—. ¿De verdad estás seguro?
Elían no se detuvo, solo levantó la mano despacio en señal de despedida y siguió caminando hasta desaparecer de su vista.
Damián se quedó solo en el porche, confundido, con el corazón hecho un nudo. No sabía si sentir alegría por las palabras de su hijo o tristeza por la distancia que ahora se abría entre ellos. Se quedó mirando el camino por donde se fue, sin saber qué decisión tomar.
Detrás de él, suavemente, Zorán se acercó y le puso una mano en el hombro sin decir nada. No lo presionó. Solo estuvo ahí, esperando. Por dentro se moría por la respuesta que le daría, solo pensaba en la felicidad de él y de su hija, si Elian no quería mudarse era su problema, lo que quería era a Demian a su lado.