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LA PÓLVORA

LA PÓLVORA

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:423
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 13: GUARDAR A ALGUIEN AFUERA

Las semanas siguientes cayeron sobre Mila con un ritmo que ella misma no reconocía como suyo apenas un mes atrás: madrugar antes de que el barrio despertara del todo, caminar hasta la quebrada seca o el terreno baldío según el día, entrenar hasta que el sol ya estaba alto, y después bajar corriendo a buscar cualquier trabajo suelto que le permitiera llevar algo de plata a la casa —lavar ropa ajena, cuidar niños de vecinas que trabajaban en el centro, vender empanadas los fines de semana con una señora que las hacía en su cocina y necesitaba manos jóvenes para salir a ofrecerlas por las calles— antes de volver a casa a cuidar a doña Nelly, cuya salud seguía siendo frágil, aunque estable.

Era un ritmo agotador, pero tenía algo que a Mila, para su propia sorpresa, empezaba a gustarle: una estructura, un propósito, una sensación de que cada día servía para algo concreto, aunque ese algo todavía no tuviera forma clara de futuro.

Nail, por su parte, había empezado a enseñarle cosas que iban más allá del revólver. Una mañana llegó con dos navajas envueltas en un trapo, y pasó horas enseñándole no a atacar con ellas, sino a defenderse de alguien que atacara, cómo bloquear un brazo, cómo usar el propio cuerpo del agresor como palanca para desestabilizarlo.

—La mayoría de la gente cree que pelear es cuestión de fuerza —le explicaba, mientras corregía la posición de sus brazos por enésima vez—. Y a veces sí. Pero la mayoría de las veces es cuestión de ángulos, de saber dónde poner el peso, de no gastar energía en movimientos que no sirven. Usted es más pequeña que casi cualquiera con quien se vaya a enfrentar. Eso significa que tiene que ser más lista, no más fuerte.

Mila absorbía cada lección con una concentración casi feroz, como si en cada movimiento aprendido estuviera reconstruyendo, pieza por pieza, algo de la seguridad que había perdido la noche en que encontró a Yeison agonizando en mitad de la calle. Con cada semana que pasaba, notaba cambios pequeños en sí misma: caminaba distinto, con los hombros más rectos, la mirada más atenta a los rincones y las salidas de cualquier lugar donde entraba, una costumbre que Nail le había inculcado y que ya empezaba a sentir automática, casi instintiva.

—Está cambiando —le dijo Katiuska una tarde, mientras Mila pasaba por la tienda a comprar arroz, con esa mirada aguda de quien ha visto crecer a medio barrio y sabe reconocer cuándo alguien empieza a convertirse en otra persona—. No sé bien en qué, pero está cambiando.

—Tengo que cambiar, Katiuska. El mundo no me va a esperar a que sea la misma de antes.

Katiuska no dijo nada más, pero la manera en que la miró, con una mezcla de orgullo y algo parecido a la preocupación, se le quedó a Mila rondando por dentro el resto del día.

No todos en el barrio reaccionaban igual ante ese cambio. Yesenia, su mejor amiga desde que ambas tenían memoria, la compañera de juegos de infancia, de secretos compartidos bajo la sombra del único árbol grande que quedaba en la cuadra, empezó a notar las ausencias de Mila con una mezcla de extrañeza y, aunque todavía no lo decía en voz alta, algo parecido al resentimiento.

—Casi ni te veo ya —le dijo Yesenia un domingo, las dos sentadas en el andén de siempre, aunque la conversación ya no fluía con la misma naturalidad de antes—. ¿Dónde andas tan temprano todos los días?

—Buscando trabajo. Haciendo vueltas para la casa. Ya sabes cómo está todo desde lo de Yeison.

Era una verdad a medias, la primera de varias que Mila empezaba a acumular frente a la persona que mejor la conocía en el mundo, y aunque no le gustaba mentirle a Yesenia, la advertencia de Nail —"nadie más se entera de esto"— pesaba sobre ella con la fuerza de una promesa que no estaba dispuesta a romper, ni siquiera por la amistad más antigua que tenía.

—Te noto rara, Mila. Como más seria. Más... no sé, más dura.

—Será que ya no soy la misma niña que jugaba contigo debajo del árbol.

Yesenia se quedó mirándola un momento largo, con una expresión que Mila no supo leer del todo en ese momento, aunque con los años terminaría entendiendo que ahí, en ese domingo aparentemente inofensivo, ya se estaba sembrando la primera semilla de una distancia que solo iba a crecer.

—Yo también perdí gente, ¿sabes? —dijo Yesenia, en voz baja, casi como si se le escapara—. No como tú perdiste a Yeison, pero perdí gente. Y no ando por ahí volviéndome otra persona.

Mila no supo qué responder a eso. Sintió, por primera vez, una grieta pequeña abrirse entre ellas, algo que hasta ese día hubiera parecido imposible, dada la historia que compartían, pero que ahora, con el entrenamiento secreto, con las mentiras a medias, con el cambio silencioso que se iba operando en su cuerpo y en su mirada, empezaba a sentirse inevitable.

Esa noche, entrenando con Nail bajo un cielo cargado de nubes que amenazaban lluvia, Mila le contó, sin dar demasiados detalles, la conversación con Yesenia.

—Va a pasar más seguido de lo que se imagina —le dijo Nail, sin sorpresa, mientras le corregía el agarre de la navaja—. La gente que se queda atrás no siempre entiende a la gente que decide moverse hacia adelante, aunque sea moviéndose hacia algo peligroso. A veces lo que sienten no es enojo. Es miedo a perderla a usted de la misma forma en que usted perdió a su hermano.

—¿Usted perdió amigos así? Cuando empezó a cambiar.

Nail asintió, con esa expresión distante que Mila ya reconocía como la que aparecía cada vez que él tocaba, aunque fuera de refilón, su propio pasado.

—A todos. Uno por uno. Al final quedé solo con la gente de la organización, porque son los únicos que entienden en qué me convertí. —La miró un momento, con una seriedad que no dejaba lugar a dudas sobre la importancia de lo que estaba a punto de decir—. No deje que eso le pase a usted, Mila. Guarde a alguien afuera de todo esto. Alguien que le recuerde quién era antes. El día que pierda a esa persona, ya no va a tener forma de volver atrás si algún día quiere hacerlo.

Mila pensó en Yesenia, en la distancia que ya empezaba a crecer entre ellas, y sintió, por primera vez, el peso real de la advertencia de Nail: que cada paso que daba hacia adelante, hacia el poder, hacia la venganza que todavía no tenía nombre concreto, la iba a costar algo que quizás, en ese momento, todavía no era capaz de medir del todo.

No supo, esa noche, que esa misma advertencia —guardar a alguien afuera— terminaría siendo, años después, la ironía más cruel de toda su historia.

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