🚩🔞⚠️Tras cinco años de injusto exilio en las heladas estepas del norte, el implacable General Yan Jincheng regresa a la capital con un solo objetivo: vengarse de la dinastía Li. Para salvar a su familia biológica de la ejecución pública, el Segundo Príncipe, Li Xiaowei, acepta un destino humillante: convertirse en el consorte cautivo de su antiguo amor.
En un palacio militar donde el rencor y los secretos dictan las reglas, Xiaowei soportará el dolor de la servidumbre y la crudeza del cautiverio en un silencio frío. Sin embargo, lo que el general ignora es que el príncipe sacrificó su propia reputación para mantenerlo con vida.
¿Podrá el remordimiento de Jincheng sanar un cuerpo y un alma destrozados cuando la verdad salga a la luz en medio de un imperio en cenizas? Una historia BL oscura de traición, redención y amor incondicional.
HAY SUFRIMIENTO. SI NO ESTÁN LISTOS, NO LO LEAN.⚠️🔞🚩
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Deuda de sangre
El crujido del brasero de bronce en la alcoba privada volvió a desvanecerse, engullido por el peso de los recuerdos que Li Xiaowei ya no podía mantener bajo llave. Mientras su cuerpo, a veces febril y dolorido por el desgarro, permanecía inmóvil bajo el lino blanco, su mente buscó refugio en los únicos días donde el aire de la capital no apestaba a hierro ni a traición. La memoria lo arrastró años atrás, hacia la primavera más dulce y efímera de su juventud.
El olor a jazmines frescos y tierra húmeda tras la lluvia inundaba el Jardín de las Garzas Blancas, un rincón olvidado en los límites del palacio imperial. Allí, ocultos por los densos sauces llorones cuyas ramas tocaban el estanque de lotos, el joven teniente Yan Jincheng y el Segundo Príncipe se encontraban a escondidas del mundo.
Esa tarde, Jincheng no vestía la armadura abollada y sucia; llevaba el uniforme de la guardia real, con las placas de bronce pulidas que reflejaban la luz dorada del atardecer. Sus ojos brillaban con una luz limpia, cargada de amor. A su lado, Xiaowei vestía sus túnicas celestes inmaculadas, sin el peso de las ojeras ni el cansancio que ahora le marchitaba el rostro. Estaban sentados sobre un banco de piedra, tan cerca que sus hombros se rozaban a cada segundo.
—El emperador me enviará a la frontera del este el próximo mes —había dicho Jincheng, con una voz suave, exenta de la ronquera que el frío le regalaría años después. Tomó la mano de Xiaowei entre las suyas, entrelazando sus dedos con una delicadeza infinita—. Pero no temas, Xiaowei. Regresaré antes de que caiga la primera nieve. Reclamaré suficientes méritos militares ante tu padre para que no pueda negarse. Solicitaré tu mano de forma oficial.
Xiaowei había sonreído, una sonrisa pura que iluminaba sus ojos. El futuro parecía un camino brillante, libre de las intrigas de la corte.
—Te esperaré —respondió el príncipe, apoyando la cabeza ligeramente contra el hombro del teniente—. No me importan los títulos ni el trono. Si nos otorgan una pequeña provincia en la frontera, seré feliz con solo ver el amanecer a tu lado. Construiremos una vida lejos de este nido de víboras.
Jincheng, conmovido por la entrega del joven, extendió su mano y acarició la mejilla pálida de Xiaowei con el pulgar. El contacto fue cálido, un bálsamo de ternura. Despacio, el teniente comenzó a inclinar el rostro hacia el del príncipe, buscando sus labios para sellar la promesa de un futuro compartido con un beso suave. Xiaowei cerró los ojos, entreabriendo los labios, entregándose por completo a la calidez del momento, sin sospechar en lo más mínimo la horrible tragedia política que ya se tejía a sus espaldas.
Sin embargo, el beso jamás llegó a realizarse.
El crujido estridente de unos pasos sobre la grava del sendero principal rompió el encanto. A lo lejos, el eco de unas risas melodiosas pero agudas flotó en el aire, acompañado por el tintineo de las horquillas de oro. Era la Princesa Li Xue'er, quien se aproximaba al jardín rodeada por su séquito de sirvientas y guardias personales.
Xiaowei abrió los ojos de golpe, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho debido al susto. Con un movimiento rápido y asustado, retiró su mano de la de Jincheng y se puso de pie, alisando sus túnicas celestes para simular un encuentro casual entre un príncipe y un oficial de la corte. Jincheng maldijo entre dientes en un susurro, poniéndose de pie de inmediato y cuadrándose en una posición de saludo militar estricto. La silueta de la princesa apareció entre los sauces, mirándolos de forma analítica, una sonrisa de serpiente que delataba que ya comenzaba a sospechar del secreto que unía a los dos jóvenes.
El regreso a la luz gris del presente fue un golpe directo y desgarrador.
Xiaowei parpadeó, limpiando una lágrima amarga que se evaporaba en sus mejillas ardientes por la fiebre. Aquel jardín estaba muerto; el teniente dócil se había convertido en el verdugo, y el futuro de amor se había transformado en un trono frío.
El sonido de los tambores en el patio principal del palacio militar sacudió los cimientos del edificio, anunciando el inicio del juicio de sangre. Yan Jincheng había ordenado que la plaza pública fuera cercada por sus tropas. Los pocos ministros de la antigua corte y una multitud de ciudadanos aterrorizados se apiñaban tras las líneas de lanzas, observando en silencio el cadalso improvisado en el centro del patio de armas.
Li Xiaowei fue ayudado por el viejo Lao Chang a llegar hasta el balcón imperial del cuartel. El príncipe vestía una túnica de lino blanco suelta; caminar esos pocos pasos por el pasillo de piedra había sido una tortura que le arrancó gemidos ahogados. El desgarro latía con fuerza y sus piernas temblaban tanto que tuvo que aferrarse a la barandilla del balcón para no desplomarse. Su rostro, desprovisto de color, se mantenía rígido, intentando forzar esa fachada de jade frío para soportar el impacto de lo que estaba a punto de presenciar.
Abajo, en la plaza, la carnicería judicial comenzó sin preámbulos.
Los soldados arrastraron al viejo Emperador y a la Princesa Li Xue'er encadenados por el lodo de la tierra batida. El monarca lloraba sin control, cubriéndose el rostro con sus manos arrugadas, despojado de toda la dignidad imperial. Pero Xue'er seguía luchando; con el vestido desgarrado y el cabello revuelto, gritaba maldiciones hacia el balcón, buscando la mirada de su hermano con ojos totalmente rojos.
Jincheng avanzó hacia el centro del cadalso. Su capa negra flotaba con el viento helado. Con una voz dominante que resonó en todas las esquinas de la plaza, el general leyó las actas de la prisión y mostró los fragmentos rotos del amuleto de jade, revelando ante todo el pueblo la verdad de la conspiración de hace cinco años. Limpió el nombre de Xiaowei públicamente, declarándolo el único ser inocente de la dinastía Li.
—¡La deuda de sangre se paga con sangre! —rugió Jincheng, levantando su mano libre—. ¡Por la alta traición contra este imperio y por el sufrimiento de los inocentes, la sentencia es la muerte!
El verdugo, un hombre corpulento de rostro cubierto por una capucha oscura, dio un paso al frente levantando una pesada espada de ejecución.
Desde el balcón, Xiaowei observó el movimiento del acero en el aire. El impacto fue devastador. A pesar de que su familia lo había vendido, golpeado en el sótano y usado para destruir su vida, ver el fin de su linaje de esa forma tan cruda y pública le causó un vacío inmenso en las entrañas. Recordó las risas de su hermana en la infancia y la figura de su padre antes de que la ambición política los corrompiera a todos.
El sonido seco del acero cortando la carne y el impacto de los cuerpos cayendo sobre el lodo de la plaza resonaron en los oídos del príncipe como un trueno de pesadilla. El color de la sangre manchando la tierra batida fue la última imagen que sus ojos retuvieron.
El mundo comenzó a dar vueltas a su alrededor. El dolor de sus heridas inferiores, sumado al colapso emocional de ver destruido su antiguo universo, superó las escasas fuerzas de su anatomía delgada. Las manos vendadas de Xiaowei resbalaron de la barandilla de piedra de forma lenta. Su respiración se cortó y sus ojos se entornaron, fijos en la nada de la inconsciencia.
El príncipe colapsó por completo, desmayándose en los brazos del viejo Lao Chang, quien soltó un grito de auxilio mientras el Trono quedaba finalmente purificado por la sangre de los verdugos y el remordimiento de Jincheng alcanzaba una nueva e irreversible dimensión de dolor.