La paz en el Imperio costó sangre, pero una nueva generación de lobos ha despertado. A sus treinta años, Theo Valerius es el implacable General de Hierro del Norte; a sus dieciocho, el arrogante príncipe Alexander lidera las Black Shadows. Ambos son letales, posesivos y capaces de quemar el reino por proteger a su familia... especialmente a Lucero, la indomable joya de veinticuatro años que adora desafiar su control y volver locos de celos a su hermano y a su primo.
Entre bailes de gala plagados de pretendientes en la mira, secretos oscuros y pasiones prohibidas que amenazan con romper la corte, los herederos del trono deberán enfrentar su propio destino. El juego de poder ha cambiado, y el verdadero caos apenas comienza.
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Capítulo 13: El rapto frustrado y la fiera del Norte
La medianoche había sepultado el castillo de la familia Valerius bajo un manto de silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el silbido del viento que ladeaba las copas de los pinos nevados. Los jardines interiores, un laberinto de setos congelados y estatuas de piedra cubiertas de escarcha, se extendían silenciosos bajo las ventanas del ala residencial. Fue en ese escenario de quietud donde la amenaza latente del pergamino de cera negra cobró una forma física y letal.
Seis siluetas vestidas con ropas de camuflaje invernal escalaron el muro perimetral secundario, aprovechando el punto ciego que la estratega extranjera le había señalado a Theo días atrás. Eran espías de la facción usurpadora enemiga, asesinos profesionales entrenados para avanzar sin alterar el pulso de la noche. Su objetivo era claro y quirúrgico: infiltrarse por el balcón inferior y secuestrar a Lucero. Sabían que capturar a la joya del Norte era la pieza clave para desestabilizar la alianza militar del Imperio.
Sin embargo, los intrusos cometieron un error fatal. El "capitán" no estaba durmiendo en su cuartel. Su instinto real, aguzado por meses de vivir como una presa perseguida en su propio reino, lo mantenía despierto y vigilante.
Desde la ventana de la armería baja, el capitán divisó el sutil destello del acero de una daga enemiga reflejando la luz de la luna entre los setos. Sin perder un segundo en dar la alarma formal, el monarca encubierto desenvainó su espada recta y saltó por el ventanal directo a la nieve, interceptando a los primeros tres atacantes justo cuando se disponían a lanzar los ganchos de escalada hacia los aposentos de Lucero.
El choque del metal rompió la calma de la noche con un eco seco y violento. El capitán se movió con una destreza letal, bloqueando una estocada dirigida a su cuello y respondiendo con un tajo ascendente que derribó al primer asesino sobre la nieve compacta.
El estruendo del combate despertó a la fiera del Norte. Theo Valerius, cuyo dormitorio conectaba con la galería de guardia, apareció en el jardín apenas unos segundos después. No vestía su armadura pesada; llevaba solo los pantalones de cuero, las botas y una camisa blanca abierta que dejaba ver la tensión de sus músculos. Sostenía su imponente mandoble con ambas manos, y sus ojos gélidos brillaban con una furia asesina al comprender lo que estaba ocurriendo. Los malditos bastardos habían osado entrar a su hogar para tocar a su hermana.
Lo que siguió en los jardines fue una demostración de coordinación letal que habría parecido coreografiada si no fuera tan sangrienta.
Theo y el capitán, sin mediar palabra, se dividieron el terreno con la eficiencia de dos depredadores Alfa compartiendo una cacería. Theo aportó la fuerza bruta destructiva de la casa Valerius: su pesada hoja caía con tal potencia que destrozaba las guardias de los espías y los partía en seco contra el suelo congelado. A su lado, el capitán cubría sus flancos con una esgrima veloz, fluida y quirúrgica, desviando los ataques traicioneros que buscaban la espalda del Comandante. En menos de cinco minutos de pura adrenalina y acero, los seis atacantes yacían destrozados sobre la nieve, teñida ahora de un carmín espeso.
Lucero, alertada por el estruendo, bajó corriendo las escaleras de piedra del porche, arropada apresuradamente con su capa de pieles blancas. Su rostro, habitualmente sereno y astuto, mostraba una palidez genuina ante la magnitud de la carnicería que acababa de ocurrir a unos metros de su ventana.
Al verla aparecer, el capitán envainó su arma con brusquedad y cruzó el patio ensangrentado ignorando por completo el protocolo, la presencia de la guardia que comenzaba a rodear el lugar y la mirada asesina del propio Theo.
El hombre llegó hasta Lucero y la tomó suavemente por los hombros. Sus manos enguantadas, manchadas con la sangre de los usurpadores, subieron con delicadeza hacia el rostro de la joven, apartándole unos mechones de cabello oscuro para inspeccionarla. Sus ojos oscuros destellaban con una preocupación desgarradora, una angustia tan profunda y un afecto tan noble y puro que resultaba imposible de fingir para un simple soldado.
—¿Estás herida? Dime que no te tocaron, Lucero —preguntó el capitán, su voz habitualmente serena rompiéndose en un susurro cargado de una devoción absoluta, revisando sus muñecas y su cuello con un cuidado casi reverencial.
Lucero se quedó inmóvil, sosteniendo la mirada del hombre. La astucia heredada de su madre le permitió leer perfectamente lo que había detrás de esa desesperación: ese hombre acababa de arriesgar su vida no por cumplir una orden militar, sino porque la sola idea de perderla le desgarraba el alma.
A dos metros de ellos, Theo presenciaba la escena con la mano derecha congelada sobre la empuñadura de su espada. El General de Hierro tuvo que contenerse físicamente, apretando los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula, para no dar un paso al frente y enterrarle su propio acero en el pecho al capitán. El instinto protector y territorial de Theo se encendió como el fuego, furioso al ver las manos de un subordinado tocando a la joya de su familia con semejante familiaridad.
Pero más allá del enojo, una fría revelación golpeó la mente del Comandante: se dio cuenta, con absoluta claridad, de que el misterioso capitán ya había perdido la cabeza por completo por su hermana menor. El intruso estaba irremediablemente enamorado de Lucero, y el Norte ya no era solo un refugio político; se había convertido en el campo de batalla por su corazón.
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. No se olviden que son tres historias en 1, hago lo posible para que se entienda y por eso mismo trato de no mezclar las historias.