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La Menor De Los Sergeyev

La Menor De Los Sergeyev

Status: En proceso
Genre:Mafia / Omegaverse / Romance
Popularitas:328
Nilai: 5
nombre de autor: milu carrera

Isabella Sergeyev huyó de Rusia después de la muerte de su abuela, cargando una culpa que la convirtió en una alfa fría y despiadada. Tres años después, un problema relacionado con la explotación de omegas la obliga a regresar al mundo que abandonó. Pero entre enemigos ocultos, secretos y una guerra que crece en silencio, Sasha se convierte en la única persona capaz de romper las murallas que Isabella construyó alrededor de sí misma.

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capitulo 13

La noche había caído pesada sobre Moscú.

 El cielo estaba cubierto de nubes bajas, densas, como si la ciudad entera contuviera la respiración. La mansión Sergeyev permanecía iluminada, imponente, aparentemente intocable.

 Pero ninguna fortaleza es invulnerable.

 Sasha no podía dormir.

 La reunión con Volkov había terminado horas atrás, pero la tensión seguía vibrando bajo su piel. Estaba en el ala oeste de la casa, en la habitación que le habían asignado temporalmente. No era la de Isabella. No todavía. La decisión había sido pública, pero las tradiciones en esa familia se movían con precisión quirúrgica.

 Se levantó.

 Se colocó un abrigo ligero y salió al pasillo en silencio.

 La casa estaba tranquila. Demasiado tranquila.

 Caminó hacia el jardín interior. Necesitaba aire. Necesitaba pensar. La nieve reflejaba la luz de las farolas, creando una escena casi irreal.

 No escuchó el primer crujido.

 Pero sí el segundo.

 Su instinto se activó antes de que su mente lo procesara.

 —¿Quién está ahí? —preguntó firme.

 Silencio.

 Luego una sombra se movió entre los árboles.

 Y otra.

 El ataque fue rápido.

 Tres hombres emergieron desde la parte trasera del jardín, vestidos de oscuro, movimientos coordinados. No eran ladrones. No eran improvisados.

 Eran profesionales.

 Sasha retrocedió apenas un paso.

 —Error —murmuró uno de ellos.

 El primero intentó sujetarla del brazo.

 Sasha giró con precisión, usando el impulso del atacante en su contra. Lo desequilibró, pero el segundo fue más rápido y la tomó por la espalda.

 La tercera figura sacó una jeringa.

 No buscaban matarla.

 Buscaban llevársela.

 Sasha forcejeó, golpeó, mordió. El olor metálico del peligro se mezcló con el frío del aire. Logró soltar un grito.

 Uno solo.

 Pero fue suficiente.

 Dentro de la casa, Isabella se incorporó en la cama.

 Su lobo reaccionó antes que sus oídos.

 Algo estaba mal.

 Muy mal.

 Sintió el vacío.

 El olor.

 El miedo.

 Sasha.

 No necesitó más.

 Corrió hacia el pasillo sin zapatos, sin abrigo. Bajó las escaleras con una velocidad que no era completamente humana.

 El guardia en la entrada del jardín ya estaba inconsciente en el suelo.

 La puerta abierta.

 La nieve alterada.

 Y en medio del blanco…

 Lucha.

 Uno de los atacantes cayó primero.

 No vio venir el golpe.

 Isabella lo embistió con una fuerza brutal, lanzándolo contra el tronco del roble. El crujido del hueso fue seco.

 El segundo intentó reaccionar.

 Demasiado tarde.

 La furia de un alfa protegiendo a lo suyo no es estratégica.

 Es primitiva.

 Isabella lo sujetó por la chaqueta y lo estrelló contra el suelo cubierto de nieve. Su puño descendió una vez. Dos. Tres.

 Sangre sobre blanco.

 El tercero logró clavar la jeringa en el brazo de Sasha antes de que Isabella lo alcanzara.

 El tiempo se rompió.

 Isabella vio la aguja.

 Vio el líquido desaparecer bajo la piel.

 Y algo dentro de ella se quebró.

 El grito que salió de su garganta no fue humano.

 Fue territorial.

 Fue salvaje.

 Se abalanzó sobre el último atacante con una violencia que dejó claro que aquello no era defensa.

 Era castigo.

 El hombre intentó disparar.

 Milan apareció desde el lateral y le desvió el brazo justo a tiempo. El disparo se perdió en la noche.

 Aleksander llegó segundos después, arma en mano.

 Pero Isabella ya tenía al agresor en el suelo.

 Y no se detenía.

 —¡Isabella! —la voz de su padre cortó el aire.

 Ella no escuchaba.

 Solo veía rojo.

 Sasha cayó de rodillas.

 El sedante comenzaba a hacer efecto.

 —Isa… —murmuró débilmente.

 Ese sonido.

 Ese tono.

 Fue lo único que logró atravesar la furia.

 Isabella se detuvo.

 Su respiración era irregular. Sus manos estaban cubiertas de sangre que no era suya.

 Miró a Sasha.

 Y el miedo reemplazó la rabia.

 Corrió hacia ella y la sostuvo antes de que cayera completamente.

 —Estoy aquí —susurró con voz rota—. Estoy aquí.

 Sasha intentó enfocarla.

 —No… fue… tu culpa…

 Sus ojos comenzaron a cerrarse.

 —¡No te duermas! —ordenó Isabella, pero su voz ya no era feroz.

 Era desesperada.

 Idris apareció junto a médicos de la casa.

 —Es un sedante fuerte —diagnosticó uno rápidamente—. Pero no letal.

 Isabella no soltaba a Sasha.

 No la soltó cuando la llevaron al interior.

 No la soltó cuando la colocaron en la cama.

 No la soltó cuando la conectaron a monitores.

 La mansión ya no estaba en silencio.

 Estaba en estado de guerra.

 En el despacho, minutos después, Aleksander miraba al único atacante que había quedado con vida.

 Atado.

 Golpeado.

 Temblando.

 —Habla —ordenó con voz fría.

 El hombre escupió sangre.

 —Volkov… no fue…

 Aleksander no reaccionó.

 —¿Quién?

 Silencio.

 Milan dio un paso adelante.

 —Si no hablas, no sales vivo.

 El hombre cerró los ojos.

 —Morozov…

 El nombre cayó como hielo.

 Un antiguo enemigo.

 Más paciente.

 Más cruel.

 Aleksander intercambió una mirada con Milan.

 Esto no era provocación.

 Era declaración.

 Isabella permanecía sentada al lado de la cama.

 La furia se había transformado en algo más oscuro.

 Culpa.

 Había traído a Sasha allí.

 La había expuesto.

 Había subestimado el mensaje que su elección enviaba.

 La puerta se abrió.

 Aleksander entró.

 —Fue Morozov —dijo.

 Isabella no levantó la vista.

 —Lo sé.

 —Esto era inevitable.

 —No.

 Finalmente lo miró.

 Sus ojos ya no estaban rojos de ira.

 Estaban helados.

 —Esto fue una respuesta.

 Aleksander la observó en silencio.

 —¿Qué harás?

 Isabella bajó la mirada hacia Sasha.

 Su respiración era estable.

 Pero frágil.

 —Voy a terminarlo.

 No gritó.

 No amenazó.

 Lo dijo con la calma de alguien que ya decidió.

 Aleksander asintió lentamente.

 —Entonces hazlo bien.

 No fue una orden.

 Fue permiso.

 Horas después, Sasha comenzó a despertar.

 Parpadeó con dificultad.

 La primera cosa que vio fue a Isabella.

 Inmóvil.

 Vigilando.

 —Sigues aquí —murmuró Sasha.

 —Siempre.

 Intentó incorporarse.

 Isabella la sostuvo con cuidado.

 —¿Cuánto tiempo?

 —Unas horas.

 Sasha respiró profundo.

 —Fallé.

 Isabella tensó la mandíbula.

 —No.

 —Me alcanzaron.

 —No fallaste.

 Sasha la miró.

 Y vio algo distinto en ella.

 Más frío.

 Más decidido.

 —¿Qué estás pensando? —preguntó.

 Isabella apoyó su frente contra la de ella.

 —Que nadie vuelve a tocarte.

 —Eso suena peligroso.

 —Lo es.

 Sasha la estudió.

 —No pierdas quién eres por mí.

 Isabella cerró los ojos un segundo.

 —No te equivoques. Esto no es solo por ti.

 Cuando volvió a mirarla, algo había cambiado.

 No era furia.

 Era estrategia.

 —Atacaron dentro de mi territorio. Intentaron llevarse a mi omega.

 Sasha contuvo la respiración ante la palabra.

 —Eso no queda impune.

 La nieve seguía cayendo afuera.

 Pero ahora estaba manchada.

 Y el invierno había dejado de ser silencio.

 Se había convertido en advertencia.

 Porque cuando un enemigo toca lo que Isabella eligió…

 no comienza una pelea.

 Comienza una cacería.

 Y Morozov aún no sabía que acababa de despertar algo mucho más peligroso que una heredera.

 Había despertado a un alfa sin límites.

 Y eso…

 Eso sí era mortal.

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