✅️🔞🦋👑En el imponente Imperio de Aethelgard, la luz y la piedra dictan las leyes. En la cima de las Torres de Marfil, la princesa Lysandra gobierna las cortes con una elegancia tan afilada como un puñal. Es hermosa, calculadora y letal en el juego de la política; una experta para asegurar la supervivencia de su dinastía.
En la base del reino, entre el barro, la lluvia y el eco del acero, se encuentra la general Kaelith. Marcada por las cicatrices de una guerra interminable contra las sombras de Umbralia, Kaelith es el escudo inquebrantable del imperio. Es una mujer de disciplina marcial y pocas palabras, pero esconde un secreto que podría costarle la cabeza: su lealtad no le pertenece a la corona, sino a la mujer que la lleva.👑🦋🔞✅️
NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Dos mujeres
Las Tres Terrazas de Aethelgard, usualmente pacíficas y majestuosas, se habían convertido en un camino de sangre y nieve. El asalto nocturno de los hombres de Valkarn a los cuarteles bajos había encendido la chispa de la revolución. La infantería del sur, armada con el resplandor azul de las espadas rúnicas, marchaba colina arriba hacia el palacio real, decidida a reclamar el imperio.
Al frente de la columna caminaban juntas la general Kaelith y la princesa Lysandra. Kaelith vestía su armadura oscura de combate, sosteniendo la hoja rúnica que congelaba el aire a su paso. Lysandra llevaba su capa de cazadora sobre el traje de cuero negro, con sus dos dagas finas en las manos y la mirada verde fija en la cumbre de la montaña sagrada. El recuerdo de los cuerpos entregados en la herrería pocas horas antes flotaba entre ellas como un escudo invisible. Ya no luchaban solo por el deber; luchaban por la vida que se habían prometido bajo las sábanas.
—La terraza media está bloqueada por la guardia personal de Valkarn —advirtió Mael, corriendo hacia ellas mientras las flechas del norte silbaban sobre sus cabezas—. Han instalado barricadas de hielo rúnico en las escaleras principales. Sus ballesteros nos tienen en la mira desde los balcones de los comerciantes.
Lysandra analizó el terreno en un segundo, su mente estratega funcionando a la perfección.
—Mael, toma a la mitad de los lanceros y sube por los pasajes de los acueductos del oeste —ordenó la princesa con voz clara y autoritaria—. Flanquea los balcones y elimina a los ballesteros. Kaelith y yo romperemos la barricada central.
—Es demasiado peligroso, majestad —dijo Mael, preocupado.
Kaelith miró a Lysandra, y una sonrisa de orgullo cruzó su rostro herido.
—No te preocupes por la princesa, Mael —dijo la general, ajustando el agarre de su espada—. Yo soy su escudo, y ella es mi guía. Ningún muro de hielo del norte va a detenernos hoy.
Mael asintió, hizo el saludo militar y se retiró con su pelotón hacia las sombras de los acueductos.
Kaelith y Lysandra avanzaron hacia las grandes escaleras de mármol azul que conectaban la terraza baja con la media. En lo alto, una treintena de soldados de Zephyria, luciendo sus armaduras pesadas de plata, sostenían grandes escudos alineados, bloqueando el paso. Detrás de ellos, la magia de escarcha de Valkarn mantenía un muro de hielo sólido que impedía el ascenso.
—¡Fuego a discreción! —gritó el capitán del norte desde lo alto.
Una lluvia de flechas cayó sobre ellas. Kaelith dio un paso al frente, interponiéndose delante de Lysandra. Con una velocidad sobrehumana, giró su espada rúnica de Osoria, creando un remolino de viento y energía rúnica que desvió los proyectiles, haciéndolos astillarse contra las paredes de piedra.
Lysandra no se quedó atrás. Aprovechando la cobertura de su general, saltó por encima de una roca derribada, corrió por el pasamanos de la escalera y lanzó una de sus dagas finas con una precisión milimétrica. El acero fino atravesó la ranura del casco del capitán del norte, quien soltó un grito y rodó escaleras abajo.
—¡Ahora, infantería! ¡A la carga! —rugió Kaelith.
La general arremetió contra la línea de escudos del norte. La fuerza de su impacto, combinada con la rabia acumulada por las humillaciones de Valkarn, fue devastadora. Su espada rúnica del este chocó contra las defensas de plata. La magia rúnica congeló el metal enemigo, volviéndolo frágil como el vidrio, permitiendo que los soldados del sur destrozaran las defensas con sus lanzas.
El combate en las escaleras se volvió encarnizado. Un soldado de Zephyria intentó atacar a Kaelith por la espalda mientras ella lidiaba con dos enemigos. Lysandra, moviéndose con la agilidad de una pantera, se interpuso en el camino. Esquivó el hacha pesada del agresor, se deslizó por debajo de su guardia y le hundió su segunda daga en el costado desprotegido de la armadura.
Kaelith giró la cabeza justo a tiempo para ver al enemigo caer a los pies de la princesa. Las dos mujeres se miraron por un breve segundo en mitad del caos, compartiendo una sonrisa cómplice. El amor no las volvía débiles; las transformaba en una fuerza imparable.
Con la barricada de la terraza media destrozada, la infantería del sur avanzó limpiando los pasillos de los nobles, obligando a las fuerzas supervivientes del norte a retirarse hacia la cima: el Nido del Fénix, el palacio real.
El amanecer comenzaba a teñir el cielo de un color rojo fuego cuando Lysandra y Kaelith cruzaron las puertas de oro destrozadas del salón del trono. Las lámparas mágicas del banquete de la noche anterior estaban apagadas, y el gran salón blanco estaba sumido en un silencio tenso.
Sentado en el trono, con el rostro envejecido y los ojos llenos de miedo, se encontraba el padre de Lysandra, el Emperador Aethelion. A su lado, de pie y sosteniendo una gigantesca espada de hielo puro, el príncipe Valkarn las esperaba con una sonrisa de pura locura y desesperación. Detrás del príncipe, una docena de sus capitanes de élite mantenían sus armas desenvainadas.
—¡Lysandra! —la voz del Emperador Aethelion tembló, resonando en las paredes del salón—. ¿Qué significa esta locura? Has traído al ejército del sur a derramar sangre en mi propia corte. Estás destruyendo la alianza con el norte. Estás condenando al imperio.
Lysandra avanzó por el pasillo central de la alfombra roja, con paso firme y la cabeza en alto. Ya no era la princesa sumisa que escuchaba los decretos en silencio. Caminaba con la majestuosidad de una reina legítima. Kaelith caminaba un paso detrás de ella, con la espada rúnica gacha, lista para actuar al menor movimiento enemigo.
—El imperio ya estaba condenado por tu debilidad, padre —respondió Lysandra, y su voz musical llenó el salón con una firmeza absoluta—. Permitiste que los ministros corruptos vendieran nuestras espadas al norte. Permitiste que el príncipe Valkarn humillara a nuestra infantería y que nos tratara como a sus sirvientes. Vine a salvar Aethelgard de las sombras de Umbralia, y también de las cadenas de plata de Zephyria.
Valkarn soltó una carcajada amarga, dando un paso al frente en el estrado del trono.
—¿Salvar el imperio con un puñado de campesinos hambrientos, princesa? —se burló el príncipe del norte, clavando sus ojos llenos de odio en Kaelith—. Tu general tuvo suerte en el patio de armas, pero aquí están en mi terreno. Mis hombres están rodeando el palacio. No saldrán de este salón con vida. Tu pequeño plan con los señores de Osoria fracasó en cuanto mi espía descubrió sus movimientos.
—Tu espía está alimentando a las ratas en las catacumbas, Valkarn —replicó Lysandra, sacando el decreto real firmado con el sello del este—. Los barcos de provisiones del este ya entraron por el río secundario. Tu flota en el puerto del norte está bloqueada por los señores feudales en este mismo instante. Estás solo en este palacio.
El rostro de Valkarn se tornó de un color rojo de pura furia. Al verse acorralado y traicionado por la estrategia de la princesa, el príncipe del norte levantó su espada de hielo y apuntó directamente hacia el trono del Emperador Aethelion.
—¡Si no puedo tener este imperio a través de la boda, lo tomaré por la fuerza de las armas! —rugió Valkarn, perdiendo por completo la compostura diplomática—. ¡Capitanes, maten a la general y traigan a la princesa encadenada! ¡Yo mismo me encargaré de coronarme sobre las cenizas de esta corte!
Los capitanes de élite de Zephyria se arrojaron por el pasillo con las armas en alto.
Kaelith dio un paso al frente, colocándose delante de Lysandra, levantando su espada rúnica del este que brilló con una intensidad azul que cortó la penumbra del salón. Miró de reojo a la princesa, y en sus ojos oscuros se reflejó la promesa sagrada que habían sellado en la herrería.
—Quédate detrás de mí, mi reina —susurró la general con su voz marcial—. Es hora de limpiar el salón del trono.
Lysandra tomó sus dos dagas con una sonrisa de triunfo. El clímax de la guerra por el amor y el imperio había llegado al salón principal de las Torres de Marfil, y las dos mujeres estaban listas para dar la batalla por su libertad y por el futuro que construirían juntas en la cima del mundo.