Allegra Vance, una joven heredera criada entre lujos y excesos en la costa californiana, es enviada contra su voluntad a un internado aislado en las montañas del norte de Inglaterra tras protagonizar un escándalo que amenaza la reputación de su familia.
Lo que comienza como un castigo se transforma en un proceso de confrontación interna: el frío del lugar, la rigidez de las normas y el rechazo de sus compañeras actúan como catalizadores de una verdad que Allegra ha evitado durante años: el vacío dejado por la muerte de su madre y su incapacidad para construir vínculos reales.
En ese entorno hostil, donde cada gesto es observado y cada error tiene consecuencias, Allegra deberá decidir si sigue siendo una máscara brillante… o si se permite romperse para reconstruirse.
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Capítulo 13: Celos que no tienen sentido
El problema no era que le importara.
Era que no tenía ninguna razón para que le importara.
—No mires —susurró Maeve.
Allegra no apartó la vista.
—No estoy mirando.
—Estás mirando.
—Estoy… observando.
—Eso es peor.
Maeve suspiró y siguió caminando, pero Allegra se quedó medio segundo más de lo necesario.
Rowan estaba al otro lado del patio.
Hablando con otra chica.
Nada extraño.
Nada especial.
Nada que justificara…
eso.
Allegra giró la cabeza con elegancia, como si no hubiera pasado nada.
—¿Quién es? —preguntó, casual.
Demasiado casual.
Maeve levantó una ceja.
—No estabas mirando.
—No lo estaba.
—Entonces, ¿por qué preguntas?
—Curiosidad general.
—Claro.
Maeve dudó un segundo.
—Se llama Clara.
Allegra asintió.
—Nombre sencillo.
—Es nueva.
—Interesante.
—Llegó ayer.
—No lo noté.
—Estabas ocupada siendo tú.
Allegra sonrió.
—Trabajo de tiempo completo.
Maeve la miró de reojo.
—¿Por qué te importa?
—No me importa.
—Te importa un poco.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Allegra suspiró.
—Esto no es una discusión.
—Lo es.
—No me gusta.
—Te gusta un poco.
Allegra la miró.
—Voy a ignorarte.
—Eso también te gusta.
Allegra no respondió.
Pero no dejó de pensar en ello.
Y eso era el problema.
La clase pasó… sin incidentes.
Pero Allegra no estaba ahí.
No del todo.
Tomaba apuntes.
Miraba al frente.
Asentía en los momentos correctos.
Pero su mente…
estaba en otra parte.
“Se llama Clara.”
Ridículo.
—Señorita Vance.
Allegra parpadeó.
—¿Sí?
El profesor la miró.
—¿Podría repetir lo que acabo de explicar?
Silencio.
Maeve cerró los ojos.
Allegra sonrió, tranquila.
—Podría.
—Adelante.
Allegra lo miró un segundo.
—Prefiero no hacerlo.
Un par de risas bajas.
El profesor no se unió.
—Entonces quizá prefiera prestar atención.
—Lo intentaré.
—Hágalo.
Allegra asintió, volviendo a su cuaderno.
Pero esta vez…
sí escribió.
No porque quisiera.
Porque necesitaba distraerse.
Y no lo estaba logrando.
—¿Te pasa algo? —preguntó Maeve al salir.
—No.
—Estás rara.
—Siempre lo estoy.
—No así.
Allegra caminó más rápido.
—Estoy bien.
—No lo estás.
—Maeve—
—¿Es por Rowan?
Allegra se detuvo en seco.
—No.
Demasiado rápido.
Maeve la miró.
—Ok.
—No es por Rowan.
—Ok.
—En serio.
—Ok.
—Maeve.
—Allegra.
Silencio.
Allegra rodó los ojos.
—Está hablando con alguien.
Maeve no reaccionó de inmediato.
—Sí.
—Eso es todo.
—Ok.
—No significa nada.
—Ok.
—No me importa.
—Ok.
Allegra la miró.
—Deja de decir “ok”.
—Cuando dejes de mentir.
Allegra abrió la boca.
La cerró.
Suspiró.
—No estoy mintiendo.
Maeve cruzó los brazos.
—Te molesta.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Allegra apretó la mandíbula.
—No tiene sentido.
—No todo tiene que tenerlo.
—Para mí sí.
—No siempre.
Silencio.
Pero esta vez… incómodo.
—No debería importarme —murmuró Allegra.
Maeve suavizó el tono.
—Pero lo hace.
Allegra la miró.
—Eso es un problema.
—No necesariamente.
—Sí lo es.
—¿Por qué?
Allegra dudó.
Otra vez.
—Porque no tengo control.
Maeve no respondió de inmediato.
—Tal vez no tienes que tenerlo todo el tiempo.
Allegra soltó una pequeña risa.
—Eso suena peligroso.
—O liberador.
—Definitivamente peligroso.
Silencio.
Pero más suave.
El destino, claramente, tenía sentido del humor.
Porque cuando doblaron el pasillo…
ahí estaban.
Rowan.
Y Clara.
Otra vez.
Más cerca.
Demasiado cerca.
Allegra desaceleró apenas.
Maeve lo notó.
—No hagas nada —susurró.
—No voy a hacer nada.
—Eso nunca es cierto.
—Esta vez sí.
Demasiado tarde.
Rowan levantó la vista.
Las vio.
Y, por un segundo, su expresión cambió.
Muy levemente.
Pero Allegra lo notó.
Por supuesto que lo notó.
—Allegra —dijo él.
Natural.
Sin tensión.
Como si nada.
—Rowan —respondió ella, con la misma calma.
Clara miró entre ambos.
—Hola —dijo.
Allegra sonrió.
Perfecta.
—Hola.
Silencio.
Breve.
Pero suficiente.
—¿Nueva? —preguntó Allegra.
—Sí —respondió Clara—. Ayer.
—Encantador.
Maeve intervino.
—Soy Maeve.
—Clara.
Sonrieron.
Todo muy normal.
Demasiado normal.
—¿Y tú? —preguntó Clara, mirando a Allegra.
Allegra inclinó la cabeza.
—Allegra.
—He escuchado de ti.
Por supuesto.
—Espero que solo cosas buenas.
Clara dudó un segundo.
—Eh…
Allegra sonrió más.
—No importa.
Rowan observaba en silencio.
Evaluando.
Como siempre.
—Bueno —dijo Maeve—, tenemos que irnos.
—Sí —añadió Allegra.
—Claro —respondió Clara.
Allegra dio un paso.
Luego se detuvo.
Se giró apenas hacia Rowan.
—Nos vemos.
—Sí.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Y luego siguió caminando.
—Eso estuvo raro —dijo Maeve en cuanto doblaron la esquina.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Allegra suspiró.
—No pasó nada.
—Pasó todo.
—No.
—Sí.
Allegra se detuvo.
—No me gusta esto.
Maeve la miró.
—¿El qué?
Allegra dudó.
Pero esta vez… no lo evitó.
—No me gusta que me importe.
Silencio.
Real.
Maeve sonrió levemente.
—Bienvenida.
Allegra la miró.
—No es gracioso.
—Un poco sí.
Allegra negó con la cabeza.
—Esto es un desastre.
—Esto es normal.
—No para mí.
—Todavía.
Silencio.
Pero esta vez…
Allegra no lo llenó.
Porque en el fondo…
sabía que Maeve tenía razón.
Y eso…
eso sí que era incómodo.