Él juró protegerla del mundo, pero no sabe cómo protegerse de ella. Entre reglas rotas y secretos compartidos, Alexander descubrirá que su cicatriz no es lo más difícil de sanar, y que, a veces, para ser libre, hay que dejarse domar.
¿Podrá la luz de Isabella iluminar la oscuridad de la Bestia, o terminará ella consumida por sus sombras?
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capitulo 17
Narrado por: Alexander
El cristal roto bajo mis botas suena como el crujido de los huesos de mi pasado. Mi despacho, ese santuario de orden y control, es ahora una carnicería de papel y tecnología destrozada. Pero no me importa. Nada de lo que hay en esta habitación tiene valor comparado con la ponzoña que corre por mis venas desde que escuché la voz de Marcus Colón vendiendo mi alma al diablo.
Marcus. Mi mentor. El hombre que me enseñó a disparar, a invertir, a sobrevivir... el hombre que me miraba a los ojos mientras yo lloraba sobre los ataúdes de mis padres, sabiendo que él había dado el visto bueno para que los acribillaran.
—Señor, las unidades están listas en el patio trasero —la voz de Miller es un susurro cauteloso desde la puerta. Él sabe que estoy en el límite. Lo ve en la forma en que mis manos, vendadas y ensangrentadas, aprietan la culata de mi fusil personalizado—. Varga se ha atrincherado en su finca de la montaña. Tiene a cincuenta hombres y sistemas de defensa antiaérea.
—No me importa si tiene al ejército de Dios —respondo, mi voz saliendo desde una caverna de odio absoluto—. Hoy, esa montaña será su pira funeraria.
Me giro y lo miro. Miller retrocede un paso. Sé lo que ve: la Bestia ha terminado de devorar al hombre. Ya no hay rastro de la moderación que Isabella había empezado a cultivar en mí. Solo queda el vacío gris de mis ojos.
—Trae los chalecos tácticos. Y dile al equipo de demolición que no quiero prisioneros. Quiero cenizas.
Miller asiente y desaparece. Me quedo solo un momento más, ajustándome la funda de la pistola en el muslo. Pero entonces, el aroma a jazmín invade el aire cargado de pólvora. Sé que está ahí antes de escuchar sus pasos.
Isabella entra en el despacho. No lleva su bata de seda, sino ropa de combate negra que le proporcionó Miller. Se ve letal, hermosa y terriblemente fuera de lugar en esta carnicería. Pero son sus ojos los que me detienen; no hay miedo en ellos, solo una resolución que me hiela la sangre.
—No vas a irte sin mí, Alexander —dice, su voz firme como el acero.
—Vas a quedarte aquí, bajo custodia de tres equipos de seguridad —me acerco a ella, mi presencia eclipsando la poca luz que queda—. Tu padre nos traicionó a ambos, Isabella. Pero su sangre sigue en tus venas. No voy a arriesgarme a que Varga te use para llegar a mí otra vez.
—¡Mi padre está muerto! —me grita, acortando la distancia y golpeando mi pecho con el puño—. ¡Y yo soy la que tiene que vivir con su legado de mierda! No me pidas que me quede aquí esperando a ver si regresas o si te conviertes en el monstruo que él quería que fueras. Si vas a quemar el mundo, yo quiero sostener la antorcha contigo.
La agarro por las muñecas, inmovilizándola contra mi pecho. El contacto físico es una descarga de alta tensión. Puedo sentir el calor de su cuerpo a través del equipo táctico, la suavidad de su piel contra la aspereza de mis manos vendadas. La rabia que siento por Marcus se mezcla con el deseo voraz que ella siempre despierta en mí, creando un cóctel explosivo.
—¿Crees que esto es un juego? —le gruño al oído, mi aliento rozando su piel—. Voy a matar a hombres hoy, Isabella. Voy a ver sus ojos apagarse. Voy a hacer cosas que no podrás olvidar. Si vienes conmigo, la chica que entró en esta casa morirá hoy en esa montaña.
—Esa chica murió el día que me besaste en el jardín —responde ella, mirándome con una intensidad que me desarma—. Haz lo que tengas que hacer, Alexander. Sé la Bestia. Pero déjame ser la que te traiga de vuelta.
La beso con una ferocidad que bordea la violencia. Es un beso que sabe a despedida y a pacto de sangre. Mis manos bajan por su espalda, apretándola contra la dureza de mi armadura, buscando la curva de sus caderas. La tensión sexual entre nosotros en este momento, rodeados de armas y planes de muerte, es algo retorcido y potente. Es el erotismo del final de los tiempos.
La levanto y la siento sobre el borde de la mesa de mapas que aún queda en pie. Abro sus piernas y me encajo entre ellas, mi erección presionando contra su vientre. No tenemos tiempo, las unidades están esperando fuera, pero la necesidad de marcarla, de poseerla antes de la batalla, es superior a cualquier lógica militar.
—Si mueres allí arriba... —susurra ella, sus manos enredándose en mi cabello, tirando de mí con una urgencia desesperada.
—No voy a morir —le prometo, mi voz rompiéndose—. Tengo que volver para poseer cada centímetro de este cuerpo mil veces más.
Le bajo la cremallera de su mono táctico, dejando al descubierto sus pechos perfectos, que suben y bajan con su respiración agitada. Me inclino y muerdo suavemente uno de sus pezones, arrancándole un gemido que es música para mi alma atormentada. Mis manos recorren su cuerpo, memorizando cada curva, cada cicatriz emocional que yo mismo he ayudado a crear. La sensualidad es cruda, directa, despojada de cualquier adorno. Es el acto de dos personas que saben que el mañana es una promesa que el destino no siempre cumple.
Nos unimos allí mismo, de pie, en un acto rápido y desesperado. Cada embestida es un grito contra la traición de Marcus, una forma de decir que, a pesar de todo, somos dueños de este momento. El clímax nos golpea con la fuerza de una granada, dejándonos jadeando en el silencio del despacho, con el olor a sexo y peligro envolviéndonos como un sudario.
Me separo de ella con un esfuerzo sobrehumano, ajustándome el equipo. Isabella se cierra el mono, su mirada ahora es de una calma fría, casi aterradora. Ha aceptado su destino. Ha aceptado al hombre y a la Bestia.
—Miller —llamo por el radio—. Isabella viene con nosotros. Que ocupe el asiento en el blindado de mando. Si alguien le toca un solo pelo, lo mato yo mismo antes que el enemigo.
Salimos de la mansión. El aire de la noche es frío y puro. Los motores de los vehículos rugen en la oscuridad, como animales esperando la señal de caza. Veo a mis hombres, rostros curtidos por años de violencia, todos ellos leales a mi sombra.
Subimos al vehículo blindado. Isabella se sienta a mi lado, su mano buscando la mía y apretándola con una fuerza sorprendente. Miro por la ventana mientras nos alejamos de la mansión Thorne, dejando atrás las reglas, las mentiras y el pasado.
Delante de nosotros, la montaña se alza como un titán oscuro. Allí arriba está Varga. Allí arriba está la verdad sobre mi familia y el final del legado de Marcus Colón. Siento el peso del arma en mi mano y el calor de Isabella a mi lado. Ya no soy el hombre que buscaba justicia ciega. Soy el arquitecto de mi propio caos.
—Alexander —me llama ella, justo antes de que entremos en la zona de silencio de radio.
—¿Sí?
—Cuando todo esto termine... ¿quiénes seremos?
La miro, y por primera vez en años, no veo solo oscuridad. Veo una posibilidad. Una grieta en el acero por la que entra un rayo de luz.
—Seremos lo que nosotros elijamos ser, Isabella —respondo—. Por primera vez en nuestras vidas, no habrá nadie dictando las reglas.
El convoy apaga las luces. Entramos en territorio enemigo. mientras el primer destello de una explosión ilumina el horizonte, sé que la Bestia está a punto de dar su último zarpazo. Y esta vez, no lo hace sola.
La cacería ha comenzado. Y que Dios se apiade de Varga, porque yo no lo haré.