En la vibrante metrópolis de Shanghái, la sangre no solo corre por las venas; es la moneda de cambio de un imperio que ha gobernado desde las sombras durante milenios.
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Capítulo 12
El muelle de Yangshan no dormía, pero sus susurros eran distintos a los del centro de Shanghái. Aquí, el aire no olía a perfumes caros ni a asfalto recalentado, sino a una mezcla densa de gasóleo, salitre, óxido y el lodo estancado de la desembocadura del Yangtsé. Gigantescas grúas pórtico, como esqueletos de acero de un futuro olvidado, se recortaban contra un cielo teñido de un gris industrial, moviéndose con un chirrido metálico que Yan sentía en los dientes.
Caminaba al lado de Zixuan, tratando de ignorar el latido sordo en su muñeca, justo donde el ritual de la luna negra había dejado una marca invisible para el ojo humano, pero que quemaba bajo su piel como una brasa perpetua. Ya no era solo la hija de un contable muerto buscando respuestas; ahora estaba ligada al monstruo. Podía sentir la frialdad de Zixuan incluso sin tocarlo, una presencia que absorbía el calor de todo lo que lo rodeaba.
—Mantén el receptor cerca, Yan —murmuró Zixuan. Su voz era apenas un hilo de seda en medio del estruendo de los contenedores chocando—. Si los suministros de los Si están aquí, el rastro de datos nos llevará directo a la terminal 4.
Yan apretó la tableta contra su pecho. Sus dedos estaban entumecidos por el frío húmedo que calaba hasta los huesos.
—¿Por qué arriesgarse a venir nosotros mismos? Tienes hombres para esto, Zixuan. Tienes a Chen Wei, tienes ejércitos de sombras.
Zixuan se detuvo y la miró. Sus ojos, en la penumbra del puerto, brillaban con una intensidad antinatural, un ámbar líquido que parecía devorar la escasa luz de los focos lejanos.
—Porque la familia Si no solo trafica con mercancía. Trafican con traición. Y hay algo en este cargamento que Li Zhou no puede permitirse perder. Además —dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que Yan pudo oler el sándalo y ese aroma metálico que siempre lo acompañaba—, ahora estás bajo mi protección. Y el puerto es el lugar más peligroso para una protegida que sabe demasiado.
—No soy tu protegida —espetó Yan, aunque su voz tembló—. Soy tu socia. Y lo hago por mi padre, no por tu "protección".
—Sigue diciéndote eso si te ayuda a dormir, Yan —respondió él con una sonrisa gélida antes de seguir caminando.
Llegaron a un laberinto de contenedores de colores desvaídos por la sal. El plan era sencillo: Yan hackearía el sistema de manifiestos local para identificar cuáles de los contenedores sellados con el emblema de la familia Si contenían los suministros de "plasma sintético" —un eufemismo para el tráfico de sangre humana de alta pureza— que los rivales de los Li estaban desviando para debilitar al Anciano.
Yan se arrodilló tras un bloque de hormigón, sus dedos volando sobre la pantalla táctil. La adrenalina era lo único que la mantenía caliente.
—Estoy dentro —susurró—. Terminal 4, sección B. Los contenedores 405 al 412. No están registrados en el manifiesto oficial del puerto. Son fantasmas.
—Buen trabajo —dijo Zixuan, pero su tono cambió de inmediato. Se puso rígido, su cabeza girando hacia la oscuridad de las grúas—. Yan, apaga eso. Ahora.
—¿Qué? Casi termino de...
Una mano fría y fuerte le tapó la boca mientras Zixuan la empujaba contra el metal frío de un contenedor. Yan quiso protestar, pero el terror la paralizó al ver la expresión de él. No era arrogancia lo que veía en sus ojos; era el instinto de un depredador que acababa de detectar a otro mayor en las cercanías.
De las sombras, surgió una voz que sonaba como cristales rotos arrastrándose por el suelo.
—Vaya, el príncipe de los Li ha salido a dar un paseo nocturno. Y trae consigo una mascota deliciosa.
Un grupo de hombres, o lo que parecían ser hombres, emergió de entre la niebla. Iban vestidos con trajes oscuros de corte militar, pero sus movimientos eran fluidos, demasiado rápidos, casi borrosos. A la cabeza estaba Si Long, el heredero más joven y despiadado de la familia rival. Su rostro era de una belleza pálida y cruel, con cicatrices que recorrían su cuello como tatuajes de guerra.
—Si Long —la voz de Zixuan salió como un gruñido profundo—. Estás en territorio de los Li.
—Este puerto pertenece a quien tenga la fuerza para reclamarlo, Zixuan —dijo Si Long, desenvainando una hoja de plata que brillaba con una luz mortecina—. Y hoy, el Anciano Li Zhou va a recibir un mensaje muy claro.
De repente, el aire se llenó de un zumbido agudo. Yan sintió un dolor punzante en los oídos y cayó de rodillas, soltando la tableta.
—¡Frecuencias de interferencia! —gritó Zixuan, tambaleándose.
Los Si habían traído tecnología diseñada específicamente para desorientar los sentidos sobrenaturales de los vampiros. Zixuan, que normalmente se movía con la velocidad del pensamiento, ahora parecía pesado, sus reflejos mermados por el ataque sónico.
—¡Mátalos! —ordenó Si Long.
La emboscada fue brutal. Tres atacantes se lanzaron sobre Zixuan. Él luchó con una ferocidad animal, rompiendo huesos y desgarrando gargantas, pero estaba en desventaja. Las armas de los Si estaban bañadas en nitrato de plata, dejando quemaduras negras en la piel de Zixuan que no se cerraban instantáneamente.
Yan, desde el suelo, veía cómo el hombre que creía invencible era acorralado. El miedo la atenazaba, una voz en su cabeza le gritaba que corriera, que aprovechara el caos para desaparecer en la niebla y dejar atrás este mundo de pesadilla. "Corre, Yan. Si él muere, eres libre. Si él cae, la deuda de tu padre muere con él".
Pero entonces, Zixuan la miró. A través de la sangre que manchaba su rostro y el dolor que nublaba su juicio, sus ojos buscaron los de ella. No había una orden en su mirada, solo una vulnerabilidad aterradora. Y en ese momento, el vínculo del ritual de la luna negra vibró con una fuerza devastadora. Yan sintió el dolor de Zixuan en su propio pecho, el frío de la plata quemando su propia alma.
No podía dejarlo morir.
—¡Zixuan! —gritó ella.
Agarró una barra de hierro que descansaba junto a unos palés y, movida por una rabia que no sabía que poseía, se lanzó hacia el panel de control de una de las grúas cercanas. Sus manos, expertas en sistemas informáticos, no necesitaron la tableta. Abrió la caja de mandos manuales y puenteó los cables con un chispazo que le quemó las puntas de los dedos.
—¡Cuidado arriba! —rugió.
Con un estruendo ensordecedor, un contenedor de veinte toneladas se soltó de sus amarres, cayendo directamente sobre dos de los atacantes que estaban a punto de ensartar a Zixuan. El suelo tembló bajo sus pies. El estallido de metal contra hormigón creó una distracción lo suficientemente grande para que el ataque sónico se detuviera momentáneamente.
Zixuan aprovechó el segundo de respiro. Con un rugido que hizo vibrar los contenedores, se lanzó sobre Si Long. Sus manos se cerraron alrededor del cuello del rival, y por un momento, Yan creyó que le arrancaría la cabeza.
—Dile a tu padre —siseó Zixuan al oído de Si Long— que la próxima vez que intente tocar lo que es mío, reduciré su estirpe a cenizas.
Lanzó a Si Long contra una pila de barriles de petróleo y corrió hacia Yan. La levantó del suelo con una fuerza que casi le saca el aire de los pulmones.
—¡Tenemos que irnos! —exclamó él.
Corrieron a través del muelle mientras las sirenas de seguridad empezaban a aullar. El coche negro de Zixuan los esperaba en las sombras de la salida sur. Chen Wei arrancó el motor antes de que terminaran de cerrar las puertas.
Dentro del vehículo, el silencio era denso, interrumpido solo por la respiración agitada de Yan y el sonido siseante de las heridas de Zixuan intentando sanar. El olor a sangre y plata llenaba el habitáculo.
Yan miró sus manos, manchadas de grasa y sangre ajena. Estaba temblando incontrolablemente. Zixuan se recostó contra el cuero del asiento, cerrando los ojos. Su piel estaba más pálida de lo habitual, casi traslúcida.
—Podrías haberte ido —dijo él finalmente, sin abrir los ojos—. Podrías haber corrido cuando Si Long me tenía acorralado.
Yan se giró hacia él, su rostro encendido por una mezcla de ira y agotamiento emocional.
—¿Y dejar que me mataran a mí después? No soy tonta, Zixuan. Los Si no dejan testigos.
—No es solo eso, Yan —él abrió los ojos y la miró, esta vez con una claridad que la hizo estremecer—. Sentiste el vínculo. Sentiste mi dolor. Me salvaste porque ya no sabes dónde termino yo y dónde empiezas tú.
—Cállate —susurró ella, aunque sabía que tenía razón—. Te salvé porque te necesito vivo para encontrar la verdad sobre mi padre. Nada más.
Zixuan estiró una mano y, con una delicadeza que contrastaba con la violencia de hace unos minutos, acarició la mejilla de Yan. Sus dedos estaban helados, pero su toque encendió un fuego bajo la piel de ella.
—Has cruzado el punto de no retorno, Shu Yan. Ahora los Si te conocen. Los Wang te buscarán. Y Li Zhou... él verá en ti lo mismo que yo veo: una debilidad que no puedo permitirme, o un arma que no puedo soltar.
Yan apartó la cara, mirando por la ventana las luces borrosas de Shanghái bajo la lluvia. Se sentía como si las cadenas del Sindicato Li se estuvieran apretando alrededor de su cuello, y lo peor de todo era que, por primera vez, no estaba segura de querer romperlas. Había salvado al monstruo, y en el proceso, había dejado atrás cualquier rastro de la mujer que solía ser.