Él es cristal: frío, poderoso e inquebrantable. Ella es la luz que amenaza con romperlo.
Alistair Vance, un CEO implacable que lo toma todo por la fuerza, encuentra su obsesión en la dulce Evie Morales. Pero cuando una traición cruel destruye su confianza, ella desaparece, dejando al hombre más poderoso del mundo de rodillas.
Él está dispuesto a quemar el mundo para encontrarla. Ella solo quiere olvidar que alguna vez lo amó.
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La anatomía de un corazón roto
San Pedro del Mar era un lugar donde el tiempo parecía disolverse en el salitre y el viento, pero para Evie, cada segundo era una aguja clavada en el centro de su pecho. Desde la penumbra de la lavandería industrial, observaba la silueta de Alistair sentada en la acera. Verlo allí, con su imponente figura reducida por la derrota, no le trajo consuelo. Solo aumentó la náusea que la acompañaba desde aquella fatídica mañana en que su teléfono escupió el veneno de Sloane.
Mientras Alistair buscaba su rastro en las calles, Evie se hundía en el rincón más oscuro del almacén, abrazando sus rodillas y permitiendo que, por primera vez en tres meses, el recuerdo de la traición la golpeara con toda su fuerza.
La herida de la confianza
Evie cerró los ojos y, de inmediato, la fotografía regresó a su mente con una nitidez torturadora. Recordó el brillo de la piel de Alistair bajo la luz del hotel, la misma piel que ella había besado creyendo que era su lugar seguro. En ese momento, lo que sintió no fue solo rabia; fue una humillación devastadora. Se sintió usada, como si fuera simplemente un interludio pintoresco en la vida de un hombre que, al final del día, pertenecía a la frialdad del cristal y a la sofisticación cruel de mujeres como Sloane.
La confianza, ese delicado puente que Alistair había construido piedra a piedra con promesas y susurros nocturnos, se había desplomado, dejando a Evie cayendo al vacío. Se sentía estúpida por haber creído que sus curvas voluptuosas y su alegría terna eran suficientes para retener a un hombre que lo tenía todo. "Fui su juguete", se repetía a sí misma, y el pensamiento le desgarraba la garganta. Cada palabra de amor que él le había dicho ahora sonaba como una burla, una táctica de seducción de un depredador que disfruta viendo a su presa entregarse por completo antes de devorarla.
El deseo de la inexistencia
El dolor era tan físico, tan visceral, que Evie sentía que su corazón no latía, sino que se convulsionaba. Había momentos, especialmente en el silencio de las madrugadas en su pequeña cabaña, en los que el peso de la traición era tan insoportable que deseaba, con una intensidad aterradora, simplemente dejar de ser. No quería morir, pero quería dejar de sentir. Deseaba arrancarse el amor por Alistair de las entrañas, como quien extirpa un tumor que se alimenta de su propia vida.
—¿Por qué no puedo odiarlo? —susurraba en la oscuridad, con las lágrimas empapando su almohada—. ¿Por qué este amor no se muere de una vez?
Se odiaba a sí misma por seguir reconociendo el aroma de él en sus propios recuerdos, por sentir que su cuerpo aún respondía a la idea de su tacto. Ese amor, que antes era su luz, ahora era una cadena ardiente que la quemaba por dentro. Sentirse traicionada por la única persona a la que le habías entregado tu vulnerabilidad absoluta era una forma de muerte en vida. Evie Morales, la chica que encontraba belleza en cada rayo de sol, ahora prefería la oscuridad total, porque en la luz solo veía las sombras de lo que Alistair le había arrebatado: su fe en el ser humano.
La huida entre las sombras
Afuera, Alistair se puso en pie. Evie lo vio a través de la rendija, notando cómo su mandíbula se tensaba y cómo sus ojos negros escaneaban el edificio con una intuición que la hacía temblar. Él estaba cerca, demasiado cerca. El instinto de posesión de Alistair era una fuerza magnética, y ella sentía que si él entraba y la miraba a los ojos, su resolución se desmoronaría ante la necesidad de su abrazo, a pesar de la traición.
Y eso era lo que más le aterraba.
—No puedo dejar que me encuentre —se dijo, con la voz rota por el pánico—. Si me toca, olvidaré lo que me hizo, y eso sería mi fin.
Aprovechando que Alistair se alejaba unos metros para hablar con un pescador local, Evie tomó su mochila. No podía salir por la puerta principal. Se escabulló por el muelle de carga trasero, deslizándose entre las sábanas blancas que colgaban a secar, las cuales parecían sudarios bajo el sol de la tarde. Corrió por los callejones estrechos de San Pedro del Mar, con el corazón martilleando en sus oídos, sintiendo que cada sombra era Alistair intentando reclamarla.
Llegó a la pequeña estación de tren en las afueras del pueblo. Compró un billete para el trayecto más largo hacia el interior del país, hacia las zonas rurales donde no había hoteles de lujo ni imperios de cristal. Mientras el tren se alejaba, Evie vio por la ventanilla el coche negro de Alistair estacionado frente a la lavandería. Vio su figura alta y solitaria recortada contra el mar, buscando algo que ya no estaba allí.
Una pista en el vacío
Sin embargo, en su prisa por escapar, Evie cometió un error. En la lavandería, sobre la mesa donde solía doblar la ropa, olvidó un pequeño cuaderno de bocetos. No contenía planos ni diseños arquitectónicos. Estaba lleno de retratos de él. Cientos de dibujos de Alistair durmiendo, Alistair sonriendo, Alistair concentrado. En la última página, manchada por una lágrima seca, Evie había escrito una sola frase:
> "Me enseñaste a ver la luz, solo para dejarme ciega en la oscuridad. No me busques, Alistair. Ya no queda nada de la chica que amaste."
Cuando Alistair finalmente entró en la lavandería media hora después, guiado por ese instinto infalible que le decía que ella estaba allí, solo encontró el cuaderno. Al leer esas palabras, se dejó caer en un banco de madera, apretando el papel contra su pecho. Su rugido de dolor fue tan profundo que los trabajadores del lugar se quedaron paralizados.
Él sabía que ella acababa de irse. Sabía que estaba herida de una forma que el dinero no podía sanar. Pero también sabía algo más: ella todavía lo amaba lo suficiente como para dibujarlo, incluso en su huida.
—No voy a rendirme, Evie —juró Alistair, con sus ojos negros brillando con una determinación que rayaba en la locura—. Voy a encontrarte, aunque tenga que quemar este mundo y construir uno nuevo donde solo existas tú.
Evie, en el tren, cerró los ojos y se abrazó a sí misma, sintiendo el frío de la ausencia de Alistair. Estaba a salvo, estaba lejos, pero estaba más rota que nunca. El viaje hacia la nada acababa de empezar, y el eco de su corazón partido era lo único que la acompañaba en el traqueteo de las vías.