Morí sin haber amado…
y desperté en un mundo donde el destino se divide en Alfas, Deltas, Omegas y Enigmas.
Reencarnado como un omega en una era antigua llena de magia y alquimia, Arion finge amnesia para sobrevivir.
Todo cambia cuando conoce a Eryndor, un poderoso Enigma capaz de escuchar los pensamientos más profundos del omega… incluso los recuerdos de una vida pasada.
Un amor prohibido.
Un destino que desafía las leyes.
Una familia nacida contra todo pronóstico
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Capítulo 13: El deseo que no sabe esconderse
Arion comenzó a notar algo inquietante… y al mismo tiempo inevitable.
Su cuerpo reaccionaba antes que su mente. No importaba cuánto se concentrara en aprender las normas del palacio, o en memorizar los nombres de las hierbas alquímicas, bastaba con que Eryndor entrara en la misma estancia para que algo dentro de él se tensara, se agitara y se llenara de expectación. Era como si su cuerpo lo reconociera antes que él, y no pudiera negarlo.
Aquella tarde, Eryndor lo acompañó a la biblioteca antigua. El lugar estaba impregnado de polvo antiguo y aromas a pergamino envejecido. Las estanterías se elevaban hasta el techo, y por los ventanales entraba una luz dorada que bañaba los rincones, creando sombras largas y suaves. Arion se sentó a una mesa baja, desplegando pergaminos, intentando concentrarse en las fórmulas alquímicas, pero su atención se dispersaba constantemente hacia la presencia silenciosa del Enigma.
—Respiras distinto —comentó Eryndor desde el otro lado de la mesa, su voz grave y tranquila cortando el silencio.
Arion levantó la vista, sorprendido. Sus ojos se encontraron, y por un instante el mundo pareció encogerse a esa distancia mínima.
—¿Eso… también lo notas? —preguntó el omega, con un hilo de voz, casi temblando.
—Sí —respondió Eryndor con naturalidad—. Cuando estás nervioso… y cuando no lo estás.
Un calor lento subió por el cuello de Arion hasta sus mejillas, un fuego suave que lo hizo bajar la mirada.
—Eso es… incómodo —murmuró.
—No tiene por qué serlo —replicó Eryndor—. El deseo no es algo que deba ocultarse. Solo comprenderse.
Arion bajó más la cabeza, apretando los dedos sobre el pergamino como si eso pudiera anclarlo a la tierra. Su respiración se volvió irregular, y su corazón latía con fuerza en el pecho, aunque ahora no era miedo. Era algo distinto, un temblor interno que le pedía atención.
—En mi vida pasada —susurró—, siempre me dijeron que debía ser correcta, prudente, tranquila. Que sentir demasiado era… un problema.
Eryndor se levantó silenciosamente y rodeó la mesa. Se detuvo a su lado, y Arion pudo sentir la presencia cálida del Enigma incluso sin contacto. La sombra de Eryndor se mezclaba con la luz dorada que entraba por los ventanales, creando un aura protectora y tranquilizadora.
—Aquí —dijo Eryndor—, sentir es parte de existir. Negarlo es lo que enferma.
Arion tragó saliva. La cercanía hacía que su piel se volviera más sensible, como si cada pequeño gesto del Enigma, el simple movimiento de su brazo o la inclinación de su cuerpo, se amplificara dentro de él. Su respiración se sincronizó de manera involuntaria con la de Eryndor, lenta y profunda.
—A veces —confesó con la voz apenas audible—, siento un impulso extraño. No es solo emoción… es físico. Y no sé qué hacer con eso.
Eryndor lo miró con atención profunda, sin juicio, sin apuro. Los ojos dorados parecían sostenerlo, protegerlo, incluso cuando no podía sostenerse a sí mismo.
—No tienes que hacer nada —dijo—. Solo escucharlo. Entenderlo. El deseo no exige acción inmediata.
El omega cerró los ojos un momento, respirando despacio, permitiéndose sentir sin huir, sin reprenderse. El calor seguía ahí, más definido que antes, un hilo cálido que recorría su torso y brazos, conectándolo a la sensación de Eryndor. Por primera vez, podía sentir y no sentir miedo al mismo tiempo.
—Cuando estoy contigo… —susurró— se vuelve más fuerte.
Eryndor no se apartó. Su proximidad no era presión; era guía, comprensión, un refugio silencioso.
—Porque el vínculo está creciendo —explicó—. Y porque tú ya no te estás negando.
Arion abrió los ojos lentamente. Sus miradas se encontraron, y por un instante el tiempo pareció suspenderse. Todo lo demás desapareció: las estanterías, la luz dorada, los pergaminos. Solo existían él, Eryndor y el calor que los unía.
—No quiero perder esto —admitió—. Aunque aún no lo entienda.
Eryndor extendió la mano, apoyando suavemente dos dedos bajo el mentón de Arion, levantándole el rostro con infinita delicadeza. Cada movimiento era preciso, cuidadoso, sin apresurar nada, pero llenando el espacio de confianza y tensión contenida.
—No lo perderás —aseguró—. Yo no iré más rápido de lo que puedas seguir.
El omega asintió, con un rubor profundo, y una emoción que le apretaba el pecho. El deseo seguía ahí, latiendo, pero ahora sabía algo crucial: no era vergonzoso. No era algo que debía esconder ni reprimir. Era parte de su aprendizaje, de su despertar.
Arion permitió que su hombro rozara apenas el brazo del Enigma. Fue un contacto mínimo, sutil, pero suficiente para que su cuerpo respondiera con un suspiro involuntario. No era urgencia, ni peligro, solo una confirmación de que estaba vivo y conectado, descubriendo un lenguaje que no se había atrevido a conocer antes.
El viento movió las páginas de los pergaminos y las hojas que entraban por los ventanales. La luz dorada bañaba sus rostros y el brillo de los ojos de Eryndor se intensificaba. Arion comprendió algo profundo: el deseo no era algo que necesitara acción inmediata, solo entendimiento y aceptación. Y con Eryndor cerca, ese aprendizaje no le parecía tan aterrador.
Era un descubrimiento silencioso, palabra por palabra, respiración por respiración, contacto por contacto. Un deseo que no sabía esconderse, pero que tampoco pedía correr. Solo pedía ser escuchado, reconocido… y acompañado.