Mariza, una mujer con una extraña profesión, y que no cree en el amor, se convierte en la falsa prometida de William, un empresario dispuesto a engañar a su familia con tal de no casarse.
Por cosas del destino, sus vidas logran cruzarse y William al saber que ella es una estafadora profesional, la contrata para así poder evitar el matrimonio.
Lo que ninguno de los dos se espero es que esa decisión los llevaría a unir sus vidas para siempre.
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capítulo 13
Luego de mi almuerzo con Santiago, mi hermano se disculpó conmigo para ir a hacer unas llamadas, y yo, aprovechando ese momento, llamé a William. Debía ponerlo al tanto de toda esta situación. En cuanto le conté lo que sucedía, aceptó que ambos fuéramos a su empresa. Cuando colgué, vi cómo Fran y Daisy se acercaban a mí y dijeron:
—Mari...
Miré a Daisy con el ceño fruncido, y Fran agregó:
—Nena, no nos culpes. No solo tú le tienes miedo a tu hermano.
—Sí, Mari. Su cara lo decía todo, quería hablar contigo a solas.
—Gracias por el apoyo brindado, con ustedes, ¿para qué quiero enemigos?
—No seas así. Mejor cuéntanos, ¿qué te dijo?
—Sí, ¿te regañó?
—Por supuesto que me regañó. Está furioso. Conozco muy bien a mi hermano, y no solo está enojado, está dolido. Chicos, creo que no voy a poder seguir con esto. Tenían que haber visto su mirada...
—No, Mariza, ya es tarde para arrepentirse. Ahora lo único que resta es seguir con nuestro acuerdo.
—Fran tiene razón. Ya no puedes retractarte. Además, son solo doce días. Luego le dices que todo se acabó y listo.
—Chicos, este es el peor trabajo que hemos tomado. No debimos involucrar mi verdadera identidad. Santiago quiere conocer a la familia de William. Esto se está volviendo muy serio, muy rápido, y tengo miedo de que se convierta en una bola de nieve que después no podamos parar.
—Tranquila. Si te llegan a llevar al altar, nosotros te esperaremos afuera con un auto de escape e identidad nueva.
—Fran, no bromees. Esto es serio. Nunca le había mentido tanto a mi hermano. Me siento mal... no creo poder con esto.
Antes de que pudiera decir nada más, Santiago volvió junto a nosotros y, saludando amablemente como siempre, esperó a que el mesero regresara para pagar la cuenta y así por fin marcharnos de allí.
Media hora después, llegamos a la empresa de William. Luego de que él bajara a recibirnos, nos dirigimos a su oficina. En el ascensor, el ambiente parecía tenso. Nadie decía nada. Como me sentía incómoda, empecé a hablar del color de las paredes.
—¿Qué color es este? —William me miró sin entender mi pregunta, y mi hermano solo se dedicó a observarme en silencio—. Es como una mezcla entre bordo y violeta, ¿verdad?
Santiago por fin sonrió y contestó:
—Hermana, no tienes que ponerte nerviosa. Tranquila, no planeo arruinar su relación...
Sonreí, más que nerviosa por sus palabras, y contesté:
—¿Nerviosa, yo? Para nada, Santi. Solo estoy admirando el color del ascensor. Es bonito.
William, al verme así, sonrió. Tal parecía que frente a mi hermano no podía ser esa mujer fuerte y dominante que él conoció. Frente a Santiago, volvía a ser una niña que sabía que el regaño aún no había terminado.
Pronto las puertas del ascensor se abrieron, y mientras William nos guiaba hacia su oficina, dije:
—Perdón por esto, pero las cosas se salieron un poquito de control.
—Tranquila, luego me lo explicas.
Cuando los tres ingresamos, William pidió cafés para todos, y pronto la voz de mi hermano se hizo escuchar.
—Lamento llegar así de sorpresa, señor Friedman, pero cuando mi hermana me contó de su relación, no podía irme de Londres sin conocerlo.
William pensó un momento antes de responder:
—Me alegra que haya podido hacer espacio en su agenda. Lamento no haberme presentado antes, pero...
—Ya Mariza me dijo sus motivos. Así como también me contó que le pidió matrimonio.
William me miró, y yo rápidamente bajé la mirada. No sabía qué hacer en esa situación. Nunca antes había estado en un problema como este.
—Sí... bueno. No tengo que decirle los motivos por los cuales decidí que ella era la mujer con la que quería pasar el resto de mi vida, porque seguramente no hay nadie más en este mundo que la conozca mejor que usted.
—De hecho, en eso no se equivoca. Y sé perfectamente que esto no es más que otra de sus mentiras. Así que, ahora que ambos están frente a mí, me van a decir qué se traen entre manos, o saldré de esta oficina y buscaré a su familia para decirles que todo esto es mentira.
Levanté el rostro en ese momento y, al mirar a Santiago de frente, vi que su mirada estaba completamente furiosa. Él sabía que le había mentido y me había traído frente a William para que, juntos, le dijéramos la verdad. Su repentina afirmación me dejó tan perpleja que no pude formular una respuesta. Tanto así, que antes de que pudiera decir nada, William contestó firme y sin dudar:
—Pues puede salir y hablar con mi familia si quiere, pero le aseguro que mis intenciones con su hermana son verdaderas. Yo voy a casarme con ella, con o sin su aprobación.
Al oír eso, mis ojos se dirigieron hacia William. Fue entonces cuando tuve que intervenir, ya que ambos parecían estar a punto de matarse.
—Santiago, William, es suficiente. —Al ver que mi hermano estaba por hablar nuevamente, me adelanté—. ¿Por qué piensas que te miento? Te he dicho la verdad...
—Mariza, te conozco perfectamente. Tú nunca consideraste el matrimonio como una posibilidad. Podría haberte creído que estaban conociéndose, hasta que habían empezado una relación. Pero ¿casarse? Eso nunca estuvo en tus planes. Tú no crees en el matrimonio.
Miré a William y, al ver cómo me miraba, contesté:
—Tienes razón. Nunca creí en el matrimonio. De hecho, no sé si creo en él aún. Veo tantas parejas convertirse en enemigos después de casarse, que no estoy segura de querer eso para mí.
—¿Y entonces? ¿Por qué haces esto?
—Porque no todo en la vida es blanco o negro. Nuestros padres se amaron mucho y estuvieron veinticinco años casados...
—¿Estás comparando tu relación con el matrimonio de nuestros padres?
—Estoy diciendo que no sabré qué me depara el destino si no lo intento. Tú mismo lo dijiste: nunca estuve en una relación seria. Esta es la primera vez que quiero intentarlo de verdad.
William, al oír mis palabras, me miró fijamente y agregó:
—Para ser sincero, yo tampoco quería casarme. Pero en cuanto la conocí, eso cambió. Ella es una mujer muy especial...
—No tiene que decirme las cualidades de mi hermana porque las sé. —Santiago lo miró y agregó—: Lo que no sé es por qué hasta ahora decidió contármelo. Tal vez ya lo sepa, pero nuestra relación es muy estrecha, y si en verdad estuviera tan feliz y decidida a comprometerse con usted, no habría dejado que me enterara por medio de una revista. O tal vez me estoy engañando al creer que ella me considera tanto como yo la considero.
Al oír eso, lo miré a los ojos y respondí:
—Por supuesto que me importa mucho lo que tú opines, Santi. Mi intención no fue herirte. Todo lo contrario, quería estar segura de mis sentimientos antes de contarte lo que estaba pasando.
Vi cómo mi hermano aflojaba su postura y entonces agregó:
—Está bien... Voy a creer en lo que dices y me quedaré unos días aquí para quedarme más tranquilo. Mariza me contó que su familia también quiere conocerme, y si su compromiso hacia mi hermana es tan real como dice, no creo que esto le incomode, ¿verdad?
William por fin bajó la guardia también y contestó:
—Para nada. Mi madre estará muy contenta. Ella quería conocerlo también. —Pronto miró su reloj y agregó—: De hecho, estaba esperando a que mi padre y mi abuelo terminaran unos asuntos para así poder presentarles a mi prometida.
Miré a Santiago y dije:
—Hermano, ¿quieres esperarme aquí? Me gustaría presentarme con ellos primero, y luego haremos las presentaciones correspondientes. No quiero ofender a la señora Sarah...
—Tranquila. De hecho, tengo asuntos que atender. Solo vine a hablar con el señor Friedman. Quería estar seguro de que esto no era uno de tus montajes. No puedes culparme por dudar de ti. Por favor discúlpeme si lo hice sentir incómodo.
William asintió con una sonrisa, y luego de que mi hermano se despidiera de ambos, se marchó.
William, quien hasta ese momento se había mantenido sereno, en cuanto Santiago se fue, dijo:
—Ahora sí... explícame, ¿qué fue lo que acaba de suceder?
Sin más, me desplomé en el sillón donde estaba sentada y agregué:
—Déjame que recupere el aliento y te cuento todo...
William no dijo nada más. Tomó asiento frente a mí y esperó pacientemente a que recobrara la compostura. Nunca en mi vida había pasado por una situación así, y algo me decía que esto era solo la punta del iceberg.
y si no, por favor no pongan finalizada a la obra cuando no lo está 🤨
, no podías ser tan wey, como vas y besas a esa cucaracha mal habida