un romance entre un mafioso y un femboy
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EL FANTASMA DEL PASADO
Dante pasó todo el día encerrado en su estudio, revisando viejos registros, intentando descubrir quién había dejado aquel sobre en su puerta. Revisó cámaras de la zona, preguntó a antiguos contactos que aún le debían favores, recorrió cada calle cercana buscando alguna pista, pero todo fue inútil. No había rastro. No había testigos. Era como si el mensaje hubiera aparecido de la nada.
No quería preocupar a Adrián. Durante meses se habían esforzado por construir una vida tranquila, y la sola idea de romper esa calma le dolía en el alma. Pero tampoco podía ocultárselo. Adrián merecía saber la verdad, especialmente porque ahora su seguridad también estaba en juego.
Al caer la tarde, Dante salió del estudio con el rostro serio y los hombros tensos. Se sentó frente a él en la mesa del comedor y empujó la fotografía hacia el centro.
—Tenemos que hablar —dijo finalmente, con voz grave.
Adrián dejó el libro que estaba leyendo y notó al instante la tensión en el aire.
—¿Qué ocurre? —preguntó, apoyando los codos sobre la mesa.
Dante señaló la imagen con el dedo, como si le costara tocarla.
—¿Reconoces a alguien además de mí?
Adrián inclinó la cabeza, observando detenidamente al hombre que aparecía junto a Dante en la fotografía. Tenía una sonrisa afable, ojos cálidos y una postura relajada, como si confiar en los demás fuera algo natural.
—¿Quién es el hombre que está contigo?
—Su nombre era Marcus —respondió Dante, y su voz se quebró apenas al pronunciar aquel nombre.
—¿Era? —repitió Adrián, notando el tiempo verbal.
—Porque oficialmente está muerto. Su cuerpo nunca fue encontrado, pero todos creen que lo mataron años atrás.
Adrián levantó la mirada, sintiendo que la historia apenas comenzaba.
—¿Oficialmente? —repitió, subrayando la palabra.
Dante asintió lentamente, mirando la fotografía como si esta pudiera contarle la verdad.
—Marcus era mi socio. Mi mejor amigo, antes de que yo tomara el control total de la organización. Crecimos juntos. Confíé en él con mi vida. Y él… me traicionó de la peor forma posible.
Adrián esperó en silencio, dejando que Dante encontrara las palabras.
—Traidor —continuó Dante—, intentó provocar una guerra entre todos los grupos poderosos de la ciudad para que se destruyeran entre sí. Cuando el humo se disipara, él planeaba quedarse con todo el poder. Cuando descubrí lo que estaba haciendo, desapareció. Nadie supo nada más de él. Hasta hoy.
—¿Y ahora crees que está vivo? —preguntó Adrián, sintiendo cómo la preocupación empezaba a crecerle en el pecho.
Dante señaló el mensaje escrito al reverso.
—Alguien sabe cosas que solo Marcus conocía. Lugares secretos, códigos, nombres de personas que ya no están… detalles que nunca le conté a nadie más. Esto no es una simple amenaza. Es una presentación.
Adrián se quedó pensativo, pasando una mano por su cabello.
—¿Qué quiere?
—No lo sé. Pero no me gusta nada esto. Cuanto más tiempo pasa, más peligroso se vuelve.
—Entonces habrá que descubrirlo —dijo Adrián con firmeza.
Dante negó con la cabeza, instintivamente.
—No. Quiero que te quedes fuera de esto.
Adrián frunció el ceño, reconociendo aquel tono.
—¿Otra vez?
—Esta vez es diferente, Adrián. Esos no son enemigos comunes. Conocen mis debilidades. Saben dónde doler.
—Siempre dices eso —respondió Adrián, levantándose de la silla—. Y siempre tratas de tomar decisiones por mí sin preguntarme qué quiero yo.
—Lo hago porque te quiero a salvo —dijo Dante, poniéndose de pie también.
—¿Y yo quiero que estés a salvo tú? ¿O eso no importa? —replicó Adrián, acercándose a él—. Si quieres que confíe en ti, tú también tienes que confiar en mí. No soy una carga, Dante. Soy tu compañero. Y los compañeros se enfrentan a los problemas juntos.
Dante lo miró a los ojos y supo que tenía razón. No podía aislarlo de todo. No podía protegerlo encerrándolo. Y sabía que intentarlo solo lo alejaría de él. Respiró profundamente y asintió, cediendo.
—De acuerdo. Pero prométeme que si las cosas se ponen muy mal, escaparás.
—Te lo prometo —dijo Adrián, aunque ambos sabían que probablemente no cumpliría esa promesa.
Comenzaron a investigar juntos desde aquella misma noche. Revisaron archivos viejos, mapas, registros y notas que Dante había guardado durante años. Poco a poco, las piezas empezaron a encajar, y lo que descubrieron los heló la sangre.
Durante las últimas semanas, varias personas relacionadas con la antigua organización de Dante habían desaparecido de la ciudad sin dejar rastro. Algunos eran aliados lejanos, otros eran simples empleados que no sabían demasiado. No parecía un ataque al azar. Era una limpieza sistemática.
Y en cada lugar donde alguien había desaparecido, encontraron lo mismo: un pequeño dibujo tallado en la pared, en la mesa o en una ventana. Un símbolo que aparecía una y otra vez, como una firma macabra.
Una rosa negra atravesada por una daga.
Cuando Dante lo vio claramente dibujado en una página de su vieja libreta, palideció.
—La Rosa Negra —susurró, como si pronunciar el nombre pudiera convocarlos.
Adrián lo miró atento.
—¿Qué es?
—Una organización que existía mucho antes que la mía. Se creía que habían sido destruidos hace décadas. Parecían leyendas, historias que se contaban para asustar a los nuevos. Pero siempre supuse que algo de verdad había en ellas.
—¿Y qué quieren ahora? —preguntó Adrián, sintiendo la tensión espesarse en la habitación.
Dante miró por la ventana, hacia la oscuridad de la noche.
—Controlarlo todo. No conformarse con una parte de la ciudad. Quieren el dominio absoluto. Y saben exactamente cómo conseguirlo: destruyendo a cualquiera que se interponga en su camino.
Adrián se acercó y tomó su mano con firmeza.
—Entonces tendrán que pasar por nosotros.
Dante lo miró, con una mezcla de terror y ternura en los ojos.
—No sabes cuánto me preocupa escucharte decir eso.
Adrián sonrió con suavidad, apretando sus dedos.
—Y tú no sabes cuánto me preocupa que vuelvas a intentar protegerme encerrándome. No te voy a dejar solo en esto, Dante. Lo enfrentaremos juntos. Como siempre debimos hacerlo.
Dante soltó una pequeña risa, aunque estaba lejos de sentirse tranquilo. Apretó la mano de Adrián, agradeciendo que estuviera ahí.
—Está bien. Juntos.
Pero en el fondo sabía que la situación sería mucho más peligrosa que antes. Porque esta vez no estaban enfrentándose a personas que simplemente querían su antiguo poder. Estaban enfrentándose a una organización que conocía cada secreto de su pasado, cada error que había cometido, cada persona que alguna vez le había importado. Y lo peor de todo era que, si Marcus estaba realmente vivo y al mando, conocía también sus puntos más débiles.
Esta no era solo una lucha por poder. Era una cacería. Y ellos ya estaban en la mira.