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UNA DAMISELA EN APUROS, EL REGRESO DE CASSIDY

UNA DAMISELA EN APUROS, EL REGRESO DE CASSIDY

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Batalla por el trono / Reencarnación / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:73k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Cassidy Boone ya murió dos veces. La primera, de una bala por la espalda en el Viejo Oeste. La segunda, de vieja y en paz, después de una vida que le costó sangre construir. Y justo cuando creía que por fin iba a descansar, un dios la agarra del cuello del alma y le encaja una tercera: *"Tengo una misión para ti."*

Despierta en el cuerpo de Aurora, princesa heredera e hija del ministro de guerra. Gorda, humillada y recién asesinada por su propio prometido y su hermanastra en una "caída del caballo" que de accidente no tuvo nada. Ahora carga con dos vidas de recuerdos, un cuerpo que odia, una madrastra que la quiere muerta y un castillo donde nadie se baña, todos apestan y el veneno se sirve con una sonrisa.

Aquí no hay revólveres ni abogados. Solo su cabeza, un libro de hierbas y unas ganas feroces de no morirse una tercera vez.

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CAPÍTULO 11: Al que estorba, se le manda lejos.

—Enséñamelo —dijo Cassidy.

—Hija…

—El documento, padre. Enséñamelo.

El duque tardó en sacarlo. Lo llevaba dentro del jubón, doblado en cuatro, como se lleva una mala noticia, y cuando lo dejó sobre la mesa del salón lo hizo despacio, con las dos manos, igual que se deja un cuerpo.

Cassidy lo desdobló.

Era un papel bueno. Grueso, caro, de esos que se guardan siglos. Estaba escrito con una letra impecable que ninguna de las dos personas interesadas había trazado, y al pie tenía el sello del rey hundido en cera roja, gordo y brillante, y las firmas de siete consejeros que no la habían visto nunca en su vida.

Ahí decía, en un lenguaje muy florido, que Su Majestad se dignaba honrar a la casa del ministro de guerra tomando por esposa a su hija Aurora, y que la casa aceptaba con humildad y gratitud.

Aceptaba. Ya. En pasado. Fíjate qué detalle. Ni siquiera se molestaron en dejar el verbo en futuro para guardar las apariencias.

Lo leyó dos veces. Después lo volvió a doblar en cuatro, en los mismos pliegues, con mucho cuidado.

—Padre. ¿Yo aparezco en algún lado de este papel?

—¿Cómo?

—Yo. Aurora. La que se casa. —Cassidy dejó el documento sobre la mesa—. Aparezco de nombre, sí. Pero ¿aparezco de persona? ¿Alguien me preguntó algo? ¿Alguien mandó a un escribano a esta casa a decirme "señorita, ¿usted qué opina?"?

El duque bajó la mirada.

—No, hija.

—Entonces esto no es un compromiso. —Cassidy se acomodó las manos en el regazo—. Esto es una factura de compraventa de ganado, con más adornos.

Y lo peor, Boone, es que en el Oeste una podía escupirle en la bota al hombre que la compraba y salir a los tiros. Y en la mansión una podía llamar a un abogado, a la prensa y a la junta directiva. Aquí no hay tiros, ni abogados, ni prensa. Aquí hay un papel con cera roja y siete señores que jamás me vieron la cara.

El duque golpeó la mesa con la palma abierta y la copa saltó.

—¡No! —Se levantó—. No está hecho. Todavía no está hecho. Un compromiso no es una boda. Y este país tiene leyes, y tiene consejo, y tiene Iglesia, y tiene costumbres que están escritas desde antes de que ese hombre naciera. —Le señaló el papel—. Yo he pasado treinta años aprendiéndome esas leyes de memoria para ganarle guerras a este reino. Ahora las voy a usar para pelear la mía.

Y Cassidy, que ya había hecho sus cuentas y sabía perfectamente cómo iba a terminar aquello, le sostuvo la mirada a su padre y decidió no quitarle eso.

—Está bien, padre —dijo—. Pelea.

Porque un hombre necesita pelear la batalla que ya perdió. Y porque mientras tú te desangras de frente, yo voy a tener las manos libres para trabajar por debajo. Perdóname, viejo. Ojalá algún día pueda contarte para qué me serviste.

El duque peleó como un ministro de guerra.

Cassidy lo vio, esa semana, convertir su propia casa en un cuartel de papel. Mandó traer a dos escribanos del pueblo y a un tercero de la capital, un viejo miope que había servido en la cancillería y que llegó con tres baúles de códigos y precedentes. Sacaron de los archivos rollos que llevaban cuarenta años sin abrirse. Encendían velas al anochecer y las apagaban al amanecer.

Ella les llevaba vino y comida, se sentaba en un rincón con cara de hija preocupada, y escuchaba todo.

Aprendió tres cosas.

La primera, que su padre tenía razón en que había armas. La costumbre del reino decía que una casa noble golpeada por un escándalo público debía guardar seis meses de recato antes de concertar matrimonios; y el escándalo de Leonor, que había salpicado a la familia entera, tenía apenas unas semanas. El duque podía pedir el aplazamiento.

La segunda, que había una vieja disposición sobre la edad y el consentimiento: una hija única heredera no podía ser dada en matrimonio contra la voluntad expresa del padre mientras el padre viviera y no estuviera declarado incapaz. El duque podía negarse. Formalmente. Por escrito.

Y la tercera, la que más le sirvió a Cassidy, fue la que aprendió mirando la cara del escribano viejo mientras redactaba.

—¿Va a firmar esto, mi señor? —preguntó el hombre, tres veces, sin levantar la vista del pliego.

—Voy a firmarlo.

—Con su nombre completo y sus títulos.

—Con mi nombre completo y mis títulos.

Y a la tercera, el viejo dejó la pluma, se quitó los anteojos y se frotó los ojos con dos dedos.

—Mi señor, yo redacto lo que usted me ordene y me callo lo que piense, que para eso me pagan. Pero llevo cuarenta años escribiendo papeles en este reino y le voy a decir una sola cosa. —Levantó la vista—. He visto caer a hombres más grandes que usted por documentos más pequeños que este.

El duque no contestó.

Cassidy, desde su rincón, se guardó la frase entera.

Ahí está el aviso, viejo. Y no lo vas a oír, porque los hombres como tú confunden la ley con un escudo, cuando la ley es apenas un papel y el escudo lo tiene el que manda a los hombres armados. Bueno. Si tú no lo vas a oír, lo oigo yo por los dos.

Y esa misma noche, mientras su padre seguía dictando cláusulas, Cassidy empezó a mover sus propias fichas.

Empezó por la única cosa que en tres vidas nunca le había fallado: el dinero pequeño.

No el grande, que se ve y se cuenta y deja rastro. El chico. El de la despensa, el de las telas, el de las velas, el de las cocinas. Le pidió a Ismenia la lista de proveedores de la casa y se pasó dos días revisando cuentas con la excusa de que una futura reina debe aprender a administrar. Encontró lo que siempre se encuentra: robos menores, cuentas infladas, un mayordomo que se llevaba su parte.

No lo denunció. Lo llamó, le enseñó los números, y le dijo que a partir de ese día seguiría llevándose exactamente lo mismo, pero que a cambio ella quería saber todo lo que entrara y saliera de esa casa, incluidas las personas.

El hombre salió del cuarto con la cara descompuesta y la lealtad comprada.

Regla número uno de dos vidas: el que roba poco es el mejor informante del mundo, porque tiene mucho que perder y poco que confesar.

Después vino la parte incómoda.

—Necesito que salgas mañana al pueblo —le dijo a Adriano, en el pasillo, sin bajar la voz, porque los que susurran son los que llaman la atención—. A comprar cuero para monturas.

—No necesitamos cuero.

—Necesitamos cuero. —Cassidy le sostuvo la mirada—. Y de paso te tomas algo en la cantina.

Adriano entendió al segundo.

—¿Qué mensaje?

—Los tres primos guapos. Que se preparen. Que en cualquier momento voy a necesitar mover cosas rápido y lejos, y que dejen de golpear caravanas en el camino del norte durante un mes.

—¿Por qué un mes?

—Porque si mi padre pierde esta pelea, lo van a mandar a un frente. Y no quiero que mis socios estén asaltando el mismo camino por donde va a viajar el hombre que me hizo. —Cassidy se dio la vuelta—. Sería incómodo para todos.

Adriano se quedó un momento mirándola.

—Ya das por perdida la pelea de tu padre.

—La di por perdida el día que vi la cera roja.

Lo del papel del duque llegó al palacio un martes.

Cassidy no estuvo ahí; no la dejaron. Se enteró de todo por su padre esa misma noche, y del resto, con los años, por los que sí estuvieron. Pero lo que le contaron fue suficiente para que se le quedara grabado como si lo hubiera visto.

El duque presentó su escrito ante el consejo, de pie, con los tres escribanos detrás y los códigos abiertos sobre la mesa. Habló casi una hora. Alegó el luto de la casa por el escándalo, con la costumbre en la mano. Alegó la juventud de su hija y su fragilidad tras dos atentados. Alegó su derecho de padre y de heredera única. Y al final —y esto fue lo que Cassidy no le perdonó nunca al mundo— alegó a su madre.

Dijo que su primera esposa, madre de Aurora, había muerto pidiéndole una sola cosa: que a esa niña no la casaran nunca con quien no la quisiera.

Y contaron los que estuvieron ahí que el salón se quedó en un silencio raro, porque a los hombres de ese consejo, que habían firmado condenas a muerte sin pestañear, la mención de una mujer muerta les removió algo viejo.

El rey escuchó todo.

Esa fue la parte que a Cassidy le heló la sangre cuando su padre se la contó.

No lo interrumpió ni una vez. No frunció el ceño. No apretó la mandíbula. Estuvo la hora entera con la barbilla apoyada en la mano, asintiendo despacio en los momentos justos, como quien escucha a un amigo contarle una desgracia familiar.

Y cuando el duque terminó, exhausto, con la voz ronca, el rey se tomó su tiempo. Se sirvió agua. Bebió. Dejó la copa.

—Es un escrito excelente —dijo—. De los mejores que he oído en este salón. Se nota el trabajo, mi buen amigo. Se nota que le pusiste noches.

El duque no supo qué contestar.

—Y tienes razón en todo. —El rey levantó una mano—. En la costumbre del luto, en el derecho del padre, en la ley de la heredera. En todo. —Sonrió apenas—. Que quede constancia en actas de que el ministro de guerra tiene la ley de su parte.

Silencio.

—El consejo estudiará el asunto con el detenimiento que merece —dijo el rey, poniéndose de pie—. Gracias por tu servicio, como siempre.

Y se fue.

Sin una palabra alta. Sin una amenaza. Sin negarle nada.

El duque volvió a casa esa noche confundido, con una esperanza pequeña y estúpida en el pecho, y le contó a su hija que el rey no se había enfadado, que había reconocido que la ley lo amparaba, que quizás, quizás, había una posibilidad.

Cassidy lo escuchó hasta el final. Le sirvió vino. Le puso una mano en el hombro.

Y por dentro, se le cerró el estómago.

Ay, padre. Padre mío. Tú acabas de ver a un hombre poderoso reconocer que tenías la razón, y te fuiste a dormir tranquilo. Yo llevo dos vidas tratando con esta clase de gente, y te voy a decir lo que vi yo en tu cuento.

Un hombre que se enfurece, discute. Un hombre que discute, todavía te considera un rival. Y un rival, aunque sea un rival que odias, es alguien a quien todavía le reconoces la existencia.

Ese hombre no discutió. Ese hombre te dio la razón, te agradeció el servicio y se levantó de la mesa. ¿Sabes lo que eso significa? Que ya no estabas discutiendo con él. Que mientras tú hablabas de tu esposa muerta con la voz rota, él ya no estaba oyendo tus argumentos: estaba decidiendo qué hacer contigo.

Los avisos empezaron a los dos días, y fueron tan discretos que solo los vio quien los estaba buscando.

Cassidy los vio.

Primero, el escribano viejo de la cancillería, el miope de los tres baúles, se despidió de la casa a toda prisa alegando una enfermedad de su hermana en otra provincia. Se fue en un carro, de madrugada, sin cobrar lo que le faltaba. Cassidy mandó a preguntar por él tres semanas después: nadie en la cancillería lo había vuelto a ver, y nadie parecía tener ganas de hablar del asunto.

Segundo, uno de los siete consejeros que había asentido con simpatía durante el discurso del duque perdió, por un asunto de límites de tierras que llevaba veinte años dormido en un archivo, dos de sus mejores propiedades. El pleito se resolvió en once días. Cassidy, que ya había aprendido cómo funcionaba la justicia de ese reino, sabía perfectamente que ahí los pleitos duraban generaciones.

Y tercero, el más elegante de todos: al primo del duque, un hombre insignificante que administraba un puerto pequeño y que había firmado como testigo del escrito, le llegó una carta de felicitación del palacio. Lo ascendían. Lo trasladaban a un cargo mucho mejor, con más renta y más honores.

En una isla.

A once días de navegación.

—Es un ascenso —dijo el duque, releyendo la carta con el ceño fruncido—. Es un ascenso claro. Deberíamos alegrarnos.

—Sí, padre —dijo Cassidy, mirando el fuego—. Deberíamos.

Que lo entienda o no lo entienda ya no importa. Yo sí lo entendí, y era a mí a quien se lo estaban explicando. Este hombre no grita, no amenaza y no castiga de frente. Este hombre te felicita, te asciende y te borra del mapa. Y va tachando, uno por uno, a todos los que firmaron a tu favor, empezando por los chicos, para que cuando le toque el turno al grande nadie se atreva a levantar la mano.

Estoy jugando contra alguien que juega mejor que yo, Boone. Y hay que decirlo en voz alta al menos una vez, aunque sea aquí adentro, porque negarlo es la mejor manera de que te maten.

Esa semana Cassidy dejó de dormir bien, y aprovechó las noches.

Bajó a la biblioteca de madrugada, con Adriano de sombra, y empezó a copiar cosas. No historias. Mapas. Rutas comerciales, caminos, puertos, distancias entre ciudades, nombres de casas nobles y de qué reino venía cada esposa de cada señor. Se armó, en pliegos sueltos que después escondía dentro del cofre de su madre, un plano político del continente entero.

—¿Para qué quieres saber quién le vendió lana a quién hace diez años? —le preguntó Adriano una de esas noches, sosteniéndole la vela.

—Porque una guerra la gana el que sabe de dónde le llega la comida al enemigo. —Cassidy siguió copiando sin levantar la cabeza—. Y porque en cuanto se lleven a mi padre, yo me quedo sola en este tablero, y no pienso quedarme sola y además ciega.

Adriano se quedó callado un momento.

—Nunca dices "si". Siempre dices "cuando".

—Porque no es "si". —Cassidy sopló la tinta para secarla—. Es cuestión de días.

Fueron cuatro.

Llegó un jueves, a media mañana, con el sol alto y el patio lleno de gente colgando ropa y cargando leña, que es como llegan siempre las peores noticias: en un día cualquiera.

Un jinete con los colores del palacio. Un tubo de cuero lacrado. Un mensajero que ni siquiera desmontó, porque los que traen órdenes reales no se quedan a esperar respuesta: las órdenes reales no se responden.

Se lo entregaron al duque en el salón.

Cassidy estaba ahí. Adriano estaba ahí, dos pasos detrás de ella, junto a la puerta. Ismenia estaba ahí, con una jarra en las manos que se le quedó a medio camino.

El duque rompió el lacre.

Leyó.

Y Cassidy, que llevaba tres vidas aprendiendo a leer caras, vio pasar por la de su padre, en un orden clarísimo, tres cosas: primero la incomprensión, después el entendimiento, y por último algo que no le había visto nunca a ese hombre y que no le quiso ver nunca más.

Derrota.

—¿Padre?

El duque no contestó enseguida. Dejó el papel sobre la mesa, se apoyó en el respaldo de una silla con las dos manos, y se quedó mirando el suelo, respirando.

—Padre.

—Me mandan al sur —dijo, y la voz le salió hueca—. A la frontera de los pasos. —Tragó—. El consejo ha determinado que la situación en aquel frente es delicada y que requiere, para bien del imperio, la presencia del mejor hombre del reino. —Soltó una risa corta y horrible—. El mejor hombre del reino. Eso dice. Lo escribieron ahí, para que se me quede bonito.

Cassidy tomó el papel.

Era otra vez la letra impecable. Era otra vez la cera roja. Y estaba lleno, de arriba abajo, de elogios: el honor de la corona, la confianza del rey, la insustituible experiencia del ministro. Ni una sola palabra dura. Ni una reprimenda. Ni la más mínima mención al escrito que había presentado en el consejo cinco días antes.

Solo, al final, en una línea seca metida entre dos florituras:

Partirá de inmediato. Por el tiempo que el servicio del imperio requiera.

De inmediato. Por el tiempo que requiera.

Sin fecha de vuelta.

Cassidy bajó el papel muy despacio.

Ahí está. Sin un grito. Sin una amenaza. Sin una acusación que se pueda apelar, discutir o llevar a un tribunal. Me lo condecoró y me lo desapareció en la misma frase. Y lo peor, lo verdaderamente perfecto, es que si mi padre se niega a ir, es traición. Un ministro de guerra que desobedece una orden de frente pierde la cabeza esa misma semana, y con toda la ley de su parte.

Jaque, Boone. Con una sonrisa y una carta de felicitación.

El duque levantó la cabeza y buscó a su hija con los ojos. Y ella vio, en esa mirada, todo lo que un hombre así no sabe decir.

—Aurora…

—Lo sé, padre.

—Yo tenía la ley. —Le tembló la voz de pura rabia—. La tenía. Ellos mismos lo dijeron en actas. La tenía.

—La tenías —dijo Cassidy, y se acercó y le puso la mano en el brazo—. Tenías toda la ley del mundo. Solo te faltaba el ejército.

El duque cerró los ojos.

Y en el silencio de aquel salón, mientras un padre entendía por fin, cinco días tarde, con quién había estado jugando, Cassidy miró por encima de su hombro y encontró los ojos de Adriano al otro lado del cuarto.

Ninguno de los dos dijo nada. No hacía falta.

Los dos estaban pensando lo mismo, y era esto: que a partir del amanecer, la única cosa viva que se interponía entre esa muchacha y el rey más peligroso del continente iba a ser un guardia con nombre falso.

1
Isabel Kdna
😂😂 Cassidy me encanta
FairyNerak
Maravillosa!!!
Isabel Kdna
claro 👏👏👏 estaría super...
Isabel Kdna
🤭🤭👏👏👏
Maru Lectora
😂😂🤣🤣🤣🤣
Monica L.C . 🇻🇪 🇦🇷
otra excelente historia, felicidades autora 🎁💝🤗 más apoyo y likes ,,super buena
Guadalupe Flores
Listisima para la siguiente cassidy. Solo me falta mi soda que ya viene en camino. Y listoooo. Comenzamos
Guadalupe Flores
Solo tengo una duda se va quedar con las concubina las va dejar en el castillo o. Les va resarcir. Y falta saber quien la quiso matar en el castillo
Guadalupe Flores
😭 Fuerte capitulo. Cassidy y las hierbas que leíste tanto. Piensa mujer. Tienes el conocimiento y con la ayuda del Dios que te trajo va vivir.
Sandra Chana
Me encantó. Felicitaciones autora.
Guadalupe Flores
Otra vez error. Muerto el perro se acabó la Rabia.dale cuello
Guadalupe Flores
Y la prueba en la sabana?
Guadalupe Flores
Maldicion es de madrugada y no puedo dejar de leer. Mañana voy a parecer mapache
Guadalupe Flores
De México y sin duda Cassidi se gana toda la novela. He leído un centenar de novelas donde muchas veces gusta más el personaje antagonico secundario etc. Pero a cassidi no la tumba nadie
Guadalupe Flores
Esto está de infartooo
Guadalupe Flores
Inguesuuu. Este misterio está buenísimo. Y si le das lo mismo al Rey para que se vaya apagando 🤣🤣
Guadalupe Flores
Ese. Rey se cree listo pero Cassidi es más que se case y en la noche de bodas le de matarili. Y ella queda como la reina viuda he que tal. Luego después del luto se case con el guapo mayor🤣🤣
Guadalupe Flores
Y el Óscar a la mejor actuación es paraaaa. Cassidyyyy😂😂
Guadalupe Flores
Siii me encanta que hagas una zaga con cassidi. 😂
eljardindeadri
escritora una novela muy bonita de principio a fin. pero al,principio según con Daniel tuvo tres hijos y al final sali que no, y ella se llamaba Aurora por que los hermanos le decían cassydy. me hubiera gustado una historia por casa hermano, pero bueno vamos por la siguiente historia
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