Valentina fue criada como hija de la casa Vargas, hasta que una copa rota, una mentira y el silencio de todos la condenaron a tres años de servidumbre en la manada Oscura.
Allí lavó ropa con las manos abiertas por el hielo, limpió establos, cargó leña, durmió sobre paja y aprendió que nadie iba a ir por ella. Cuando el plazo termina, Rodrigo Vargas, el Alfa que alguna vez significó hogar, aparece para llevarla de regreso.
Pero la Valentina que vuelve no busca abrazos, explicaciones ni perdón.
En la casa que la entregó, Isabela ocupa su lugar, Don Alejandro intenta arreglar su futuro como si fuera un problema familiar, Elena llora demasiado tarde y Rodrigo empieza a entender que la culpa no repara nada.
Solo Abuela Consuelo sigue llamándola "mi niña".
Cuando las cicatrices salen a la luz y las mentiras comienzan a romperse, Valentina decide algo simple: nunca más volverá a vivir como una Omega que otros pueden vender, esconder o nombrar a su antojo.
Y mientras la verdad de Isabela se pudre bajo perfumes falsos, un Beta llamado Diego aparece con una bondad tranquila que Valentina ya no creía posible.
Pero en un mundo de Alfas, manadas y destinos marcados por la luna, sobrevivir no será suficiente.
Valentina tendrá que elegir si quedarse entre las ruinas de la familia que la enterró... o caminar hacia una vida donde nadie vuelva a apagar su nombre.
NovelToon tiene autorización de ReWorld para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 12
Capítulo 12
Diego volvió al patio de los establos con una excusa mala.
Valentina estaba cargando un saco de grano para los caballos de Consuelo. El mozo encargado había desaparecido, quizá enviado a servir a los invitados de Don Alejandro, y los animales golpeaban las puertas con impaciencia.
El saco era grande. No tanto como los de la manada Oscura, pero el camino hasta el establo tenía piedras sueltas y su tobillo no estaba de buen humor.
—Ese saco no va para allá —dijo Diego.
Valentina no se detuvo.
—Sí va.
—Quise decir que no debería ir sobre tu hombro.
—El saco no se queja.
—Tú tampoco. Ese es el problema.
Valentina giró la cabeza.
Diego estaba junto a la cerca, con una tablilla de cuentas en la mano. Parecía haber estado revisando algo del almacén, aunque Valentina dudó que los enviados de otra manada se perdieran por accidente entre barriles de avena y estiércol seco.
—¿Tiene asuntos aquí? —preguntó.
—Sí.
—¿Cuáles?
Diego miró la tablilla.
—Estoy comprobando cuántos sacos consume un caballo de la casa Vargas en comparación con uno de mi manada.
Valentina lo miró en silencio.
Él aguantó dos segundos.
—Es una excusa mala.
—Sí.
—Pero puedo llevar el saco.
—Yo también.
—No dije que no pudieras.
La frase, otra vez.
Valentina bajó el saco al suelo. No porque no pudiera. Porque por primera vez en mucho tiempo, alguien no había convertido su cansancio en prueba.
—Entonces, ¿por qué insiste?
Diego se acercó y tomó el saco por la cuerda.
—Porque puedo.
Lo dijo sin adornos. Sin lástima. Sin esperar gratitud.
Valentina se quedó quieta.
En la manada Oscura, la gente podía muchas cosas. Podían abrir una puerta, compartir pan, bajar un cubo, no golpear. Casi nadie lo hacía. Podía no significaba nada si no se elegía.
Diego cargó el saco sobre el hombro.
—¿Dónde?
—Tercer pesebre.
Caminaron juntos. Él dejó el grano en su sitio, abrió el saco y esperó a que Valentina repartiera las medidas. No tocó nada más.
—Conoces bien los establos —dijo.
—Sí.
—¿Te gustan los caballos?
Valentina llenó el primer pesebre.
—No les tengo culpa.
Diego aceptó la respuesta como si fuera completa.
Un caballo oscuro empujó el hocico contra su manga. Valentina le apartó la cabeza con suavidad automática. Diego lo notó.
—Ese sí te conoce.
—Conoce el grano.
—También distingue manos.
Valentina miró las suyas.
—Entonces tiene mal gusto.
Diego no se rió.
—No dije que buscara manos bonitas.
La frase no fue galante. Mejor. Valentina no habría sabido qué hacer con un halago.
Desde la entrada del establo, Carmen los observaba.
Valentina la vio primero. Carmen sonrió, dio media vuelta y se fue con la prisa tranquila de quien ya tiene algo que contar.
Diego siguió su mirada.
—¿Eso será problema?
—Todo aquí puede serlo.
—Entonces la próxima vez buscaré una excusa mejor.
Valentina cerró el saco vacío.
—O no busque excusas.
Diego la miró.
Ella se dio cuenta de lo que había dicho cuando ya estaba dicho.
—Quise decir que si tiene asuntos aquí, tenga asuntos aquí.
—Entendí.
Su voz no cambió, pero algo en sus ojos sí. No burla. No triunfo.
Respeto, quizá.
Valentina no se quedó para averiguarlo. Tomó el cubo vacío y salió del establo.
Detrás de ella, Diego dijo:
—Valentina.
Se detuvo.
—Gracias por decir que sí.
Ella no volteó.
—No dije sí.
—Casi.
Valentina siguió caminando.
La frase la acompañó hasta la habitación de Consuelo.
Pero me fascina la narrativa... Dura, blanco o negro, no hay floritorios en los romances., que casi no hay o no se perciben... cómo ese que "día a día crece" y no descubris si es un romance normal o personas que coinciden en tiempo y espacio.
Es rara y está muy buena