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Todo Menos Amigos

Todo Menos Amigos

Status: Terminada
Genre:Yaoi / Escuela / Amor-odio / Completas
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: CrisCastillo

Noah Sullivan lleva años preparándose para obtener la beca internacional más prestigiosa de la universidad. Cada examen, cada trabajo y cada sacrificio han tenido un único objetivo: ganar.

Todo parece ir según lo planeado hasta que aparece Leo Moreau.

Popular, talentoso y desesperadamente encantador, Leo se convierte en el único rival capaz de disputarle la beca. Desde el primer encuentro, la tensión entre ambos es inmediata. Cada clase se transforma en una competencia y cada conversación en un desafío.

Cuando el director del programa anuncia que los dos candidatos finales deberán colaborar en un proyecto conjunto para demostrar sus capacidades de liderazgo, Noah siente que es una condena.

Sin embargo, cuanto más tiempo pasan juntos, más difícil resulta ignorar lo que hay detrás de las máscaras que ambos han construido.

NovelToon tiene autorización de CrisCastillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

16

El lunes amaneció con una luz implacable, demasiado brillante, demasiado real. Noah se despertó en el sofá de Leo, con el dolor en el cuello de una posición incómoda pero con una claridad en el corazón que no había sentido nunca. El apartamento olía a café y a Leo, una combinación que Noah encontraba extrañamente reconfortante.

Leo ya estaba despierto, de pie junto a la ventana, mirando el campus que despertaba. Llevaba puesto el jersey del equipo de hockey, y por un momento, Noah vio al rival, al competidor. Pero luego Leo se giró y le sonrió, y solo vio al hombre con el que había pasado la noche, el hombre whose secrets he now shared.

—Café —dijo Leo, señalando una taza sobre la mesa—. Pensé que lo necesitarías. Es tu combustible para la batalla, ¿verdad?

Noah se rio, tomando la taza. —Hoy no es una batalla, Leo. O al menos, no debería serlo.

—Pero lo es, ¿verdad? —dijo Leo, su tono más serio—. Para ti. Para mí. Para el comité. No podemos escapar de eso.

No asintió, sorbiendo su café. El silencio era pesado, cargado con todo lo que no se necesitaba decir. Sabían a lo que se enfrentaban. Sabían que, en unas pocas horas, uno de ellos recibiría la noticia que cambiaría sus vidas, y el otro, la noticia que no lo haría. Y la belleza del fin de semana, la magia del festival, la verdad del amanecer, no cambiaría ese hecho.

—¿Qué harás si...? —empezó Noah, pero no pudo terminar la pregunta.

—Si no la gano —completó Leo, su voz tranquila—. Me sentiré como una mierda durante unos días. Me pregunté qué podría haber hecho diferente. Luego me daré cuenta de que hice todo lo que pude. Y que encontré algo mucho más importante que una beca en Cambridge. Encontré a un físico arrogante con un corazón de oro.

Noah sonrió, pero sus ojos estaban llenos de una emoción que no podía nombrar. —Y yo, si no la gano, me encerraré en mi laboratorio y trataré de encontrar una falla en sus modelos de decisión, en sus criterios, en su lógica. Y luego me daré cuenta de que la lógica no es todo. Y que encontré a un jugador de hockey idealista que me enseñó a sentir.

Se quedaron mirándose, el amor y el miedo mezclándose en sus ojos. Habían construido algo hermoso, frágil, y ahora estaban a punto de ponerlo a prueba.

—No importa lo que pase, Noah —dijo Leo, acercándose y tomándole la mano—. No me rendiré. A esto. A nosotros. No lo permitas.

—No lo haré —prometió Noah, y en ese momento, lo creyó de todo corazón—. No me rendiré.

El camino hacia la oficina del Dr. Henderson fue el más largo de sus vidas. El campus, que el viernes había vibrado con energía, ahora parecía sereno, casi sobrio. Los estudiantes se movían con su propósito habitual, ajenos a la tormenta que se estaba gestando en los corazones de dos de ellos.

Se detuvieron frente al edificio de administración, un edificio de ladrillos que siempre había parecido a Noah como un símbolo de orden y estructura, pero que ahora se sentía como un juez implacable.

—Bueno —dijo Leo, su voz ligeramente tensa—. Esta es.

Noah asintió, su corazón latiendo con una fuerza que casi le dolía. —Leo...

—Sí —dijo él, mirándolo con una intensidad que lo desarmó por completo—. Cualquier cosa que pase, te quiero, Noah Sullivan. Desde el momento en que te vi en el laboratorio, sintiéndote superior a todos, hasta el momento en que te vi dormir en mi sofá, con una expresión de paz que quería capturar para siempre. Te quiero. Con tu lógica y tu orden, con tu miedo y tu coraje. Te quiero.

La declaración, tan directa, tan sin rodeos, golpeó a Noah con la fuerza de una revelación. Todas sus defensas, todas sus estrategias, todas sus paredes, se derrumbaron en ese instante, dejándolo expuesto, vulnerable, y completamente, irremediablemente enamorado.

—Yo también te quiero, Leo Moreau —dijo Noah, su voz temblando—. Desde que te vi en la pista de hielo, moviéndote con una gracia que no entendía, hasta el momento en que me enseñaste que el caos puede ser hermoso. Te quiero. Con tu pasión y tu caos, con tu sonrisa y tu fuerza. Te quiero.

Se quedaron allí, en medio del campus, con el sol de la mañana brillando sobre ellos, y en ese momento, nada más importaba. No la beca, no la competencia, no el futuro. Solo el ahora. Solo ellos.

—Vamos a entrar —dijo Noah finalmente, tomando una profunda inhalación—. Juntos.

—Juntos —repitió Leo, y juntos, subieron los escalones y entraron en el edificio.

La oficina del Dr. Henderson era exactamente como Noah la recordaba: ordenada, profesional, impersonal. El Dr. Henderson los recibió con una sonrisa neutral, indicándoles que se sentaran.

—Sullivan, Moreau —dijo, sentándose detrás de su escritorio—. Quiero que sepan que esta ha sido una de las decisiones más difíciles que he tenido que tomar en mi carrera. Ambos son candidatos excepcionales, con expedientes impresionantes y cualidades notables.

Noah y Leo se quedaron en silencio, sus manos entrelazadas bajo el escritorio, un ancla en medio de la incertidumbre.

—El festival fue un factor importante, como se imaginarán —continuó el Dr. Henderson—. Demostraron una capacidad de liderazgo y colaboración que es, sencillamente, extraordinaria. Pero la beca Richardson no solo se basa en un proyecto. Se basa en el potencial, en la visión, en la capacidad de impactar el mundo de una manera significativa.

El Dr. Henderson hizo una pausa, y Noah sintió cómo se detenía el tiempo. Cada segundo era una eternidad, cada latido de su corazón un tambor de guerra.

—Ha sido una decisión unánime del comité —dijo finalmente el Dr. Henderson—. Y aunque es inusual, en este caso, creemos que es la única decisión correcta.

Abrió un sobre y sacó dos cartas. Una para Noah, una para Leo.

Noah miró la carta con su nombre, su mano temblando ligeramente. Esta era la variable que había estado tratando de controlar durante años. Este era el resultado de todos sus sacrificios, de todas sus noches sin dormir, de toda su vida.

—La beca Richardson —dijo el Dr. Henderson, su voz seria—. Este año, se concede a... ambos.

El silencio que siguió a su declaración fue ensordecedor. Noah miró a Leo, sus ojos llenos de incredulidad. Leo lo miró a él, su expresión un espejo de la suya.

—¿Ambos? —repitió Leo, su voz apenas un susurro—. ¿Cómo...?

—El comité decidió que, por primera vez en la historia de la beca, su colaboración, su capacidad para crear algo más grande que ellos mismos, merecía ser reconocida —dijo el Dr. Henderson, una sonrisa genuina extendiéndose por su rostro—. No pudimos separaros. Porque juntos, sois más que la suma de vuestras partes. Sois el futuro que la beca Richardson busca apoyar.

Noah sintió una oleada de emociones: alivio, alegría, sorpresa, y una profunda, abrumadora gratitud. Miró a Leo, y vio las lágrimas en sus ojos, lágrimas que reflejaban las suyas.

—No hay un ganador y un perdedor —dijo el Dr. Henderson—. Hay dos ganadores. Como debería ser.

Se levantaron, mechanicalmente, y tomaron las cartas. El papel pesaba en la mano de Noah, no como un premio, sino como un testamento. Un testamento de su viaje, de su rivalidad, de su amor.

—Felicidades, chicos —dijo el Dr. Henderson, extendiéndoles la mano—. Se lo han ganado. Juntos.

Mientras salían de la oficina, bajo la luz del mediodía, Noah y Leo se quedaron en silencio, procesando, asimilando.

—Bueno —dijo Leo finalmente, su voz llena de una emoción contenida—. Supongo que ahora tendremos que aprender a compartir Cambridge.

Noah se rio, un sonido libre y feliz, que resonó en el pasillo vacío. —Supongo que sí. Prepárate, Moreau. Voy a mantener tus ecuaciones bajo control.

—Y yo, Sullivan —dijo Leo, tomándole la mano y besándole los nudillos—. Voy a enseñarte a bailar en la lluvia. Y a patinar sobre hielo. Y a amar el caos.

Mientras caminaban fuera del edificio, hacia el futuro que ahora compartían, Noah se dio cuenta de que la beca Richardson ya no era el premio. El premio era esto. La mano de Leo en la suya, la sonrisa en sus labios, la promesa de un millar de amaneces juntos. El premio era el viaje, no el destino. Y su viaje, acababa de comenzar.

1
Fany Torres
bellísima historia me encantó felicito a la autora siga asi
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