*PRÓLOGO*
*Sonya Smith*
El “lo siento” de Noa sonó a disparo antes que el disparo.
Sonya no bajó el arma. No por él. Por Lucía, que estaba detrás, llorando como si no fuera ella quien había puesto el veneno en su café esa mañana. Amigas. Amantes. Traidores.
“Eran los mejores diez años de mi vida,” dijo Noa. Tenía el dedo en el gatillo. No le temblaba. A Sonya siempre le gustó eso de él.
“Fueron,” corrigió ella.
El estruendo reventó la habitación. Dolió menos de lo que pensó. El suelo estaba frío. El techo, blanco. Lucía se arrodilló y le sostuvo la mano mientras se iba. Qué detalle.
Sonya Smith, 30 años, la mujer que desarmó carteles y tumbó gobiernos, murió en el piso de su cocina por confiar en dos personas.
Lo último que pensó no fue en venganza. Fue en silencio.
Por fin, silencio.
Y luego, luz.
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*CAPÍTULO 11* *La Corona y el Cuchillo*
La noche antes de la trampa, el Emperador vino sin corona.
Sin carruaje. Sin guardias. Sin aviso.
Solo el golpe en la ventana. Uno. Seco. Como un disparo.
Sonya Smith nunca dormía la noche antes de una ejecución. Estaba afilando el cuchillo de fruta cuando lo oyó. Mira, hecha un ovillo en el sillón de su cuarto, se incorporó de golpe con su propio cuchillo ya en la mano. _Buena chica. Ya aprendió a no preguntar._
Abrió la ventana.
Cassian Ashford Thorne estaba en el alféizar. Sin capa. Sin armadura. Vestido de negro, como la noche. Como ella. El viento le revolvía el cabello y le pegaba la camisa al pecho. Parecía menos emperador y más el fantasma de todos los hombres que había matado para llegar al trono.
“Me invitas a pasar,” dijo. No era pregunta. “O entro igual.”
Elira se hizo a un lado.
Entró sin ruido. Sus botas no dejaron barro. Sus manos no tocaron nada. Pero sus ojos lo tocaron todo. Las treinta y nueve muescas. La cuarenta recién hecha. Los libros contables abiertos en el escritorio. El mapa del jardín con marcas rojas donde caerían Darian y su sombra.
Mira se puso de pie. No se arrodilló. No bajó la cabeza. Se paró entre Cassian y Elira, con el cuchillo bajo, apuntando a su muslo. No al corazón. _Vas a vivir para gritar_, decía la postura.
Cassian la miró. Una esquina de su boca se levantó. Aprobación.
“Tu perro muerde,” le dijo a Elira. “Bien.”
“Ella no es perro,” dijo Elira. Cerró la ventana. “Es mi mano izquierda. Y corta mejor que la derecha.”
Silencio. El cuervo de metal no estaba. El de la ventana sí, mirando desde el árbol de afuera. Testigo.
Cassian caminó hasta el escritorio. Tocó los libros de Darian. Pasó un dedo por las firmas de Roderick.
“Andrew escribió la carta,” dijo. No preguntó. Lo sabía. “Viene mañana. Darian. Probablemente con Laurent. El asesino que usa para trabajos limpios. Dos metros. Cicatriz en el cuello. Mata con cuerda de piano. Le gusta ver cómo se ponen los ojos.”
Elira no se sorprendió. _Claro que lo sabe. Es su trabajo saberlo._
“Y tú,” Cassian se giró. Sus ojos grises la recorrieron entera. El camisón simple. Las manos con costras. El cuchillo en su mano. “¿Vas a matarlo tú? ¿O vas a mandar a tu mano izquierda mientras miras desde la ventana como las duquesas que te precedieron?”
_Ahí está_, pensó Sonya. _La prueba. No quiere una aliada. Quiere un monstruo. Quiere saber si me mancho las manos o si solo doy órdenes._
Mira tensó el cuchillo. “Mi señora no tiene que...”
“Calla,” dijo Elira. Suave. Mira obedeció al instante.
Caminó hasta Cassian. Se paró a un paso. Olía a lluvia y a hierro. Olía a peligro. Olía a _casa_.
“Darian Montclair me puso la mano encima,” dijo. Su voz era baja. La de Sonya. La de la muesca treinta y nueve. “Me llamó suya. Mandó cartas prometiendo mi accidente. Compró a mi padre. Usó a mi hermana. Mató a la hermana de Mira.”
Levantó el cuchillo de fruta. Pequeño. Ridículo contra un emperador. Perfecto contra una garganta.
“Así que no, Cassian Ashford Thorne,” dijo. Pronunció su nombre completo. Sin título. Sin miedo. “No voy a mandar a nadie. La muesca treinta y nueve lleva mi nombre. Y la cuarenta también.”
Se lo puso en la mano. A él. Cerró sus dedos sobre la empuñadura.
“Pero tú no viniste a preguntar si mato,” siguió. Su mano no temblaba sobre la de él. “Viniste a preguntar si _puedo_. Si cuando tenga a Darian de rodillas, sangrando, suplicando, le corto el cuello yo o si me pongo a llorar como la niña que todos creen que soy.”
Cassian no miró el cuchillo. La miró a ella. A sus ojos. Buscando la mentira. Buscando la grieta.
Sonya Smith le devolvió la mirada. Treinta y ocho muescas. Noa. Lucía. La bala. Moscú. Todo ahí, en el gris de sus ojos.
“Demostrá,” dijo Cassian al fin. Su voz era un filo. “Ahora. Aquí. No con Darian. Conmigo.”
Le devolvió el cuchillo. Pero no se lo dio. Le puso la punta en su propia garganta. Justo sobre la vena que latía. Un milímetro de presión y el Emperador se desangraba en su cuarto.
“Treinta y nueve muescas,” susurró. “Haz la cuarenta. Si puedes matar a un emperador por poner en duda tu voluntad, entonces podrás matar a un conde por ponerle la mano encima a lo tuyo. Si no... entonces eres solo otra duquesita jugando a la guerra. Y te saco de mi tablero antes de que me hagas perder.”
El tiempo se paró.
Mira contuvo el aliento. El cuervo afuera no graznó.
Elira miró la garganta de Cassian. La vena. La piel. Un corte. Solo uno. Y el hombre más poderoso del imperio moría en su cuarto. Y ella con él, porque sus guardias tirarían la puerta en tres segundos.
_Prueba. Amenaza. Trampa. Todo a la vez._
Sonya Smith sonrió. Por primera vez, la sonrisa fue real. Fue suya.
Bajó el cuchillo. Despacio. Sin quitarle los ojos de encima.
“No,” dijo.
Lo giró en su mano. Y se hizo un corte en la palma. Limpio. Profundo. La sangre brotó, roja y caliente, y cayó al suelo de madera. Una gota. Dos. Tres.
“La cuarenta no es para ti,” dijo, mostrándole la mano sangrante. “No me amenazas. No me pruebas. No me usas. Hicimos un trato. Mi cuchillo defiende tu trono. No lo apunta. Y Darian Montclair no es un emperador. Es una rata. Y a las ratas las mato yo. No por ti. Por mí.”
Apretó el puño. La sangre corrió entre sus dedos. “Así que si quieres saber si puedo matar, Majestad... ven mañana. Y mira.”
Le plantó la mano ensangrentada en el pecho. Sobre el corazón. Manchó la camisa negra de rojo. Marcándolo. Reclamándolo.
“Pero no vuelvas a ponerme un cuchillo en la garganta,” susurró. “La próxima vez, no lo bajo.”
Silencio.
Cassian la miró. La mano en su pecho. La sangre. Los ojos.
Y por tercera vez, hizo algo que ningún emperador hace.
Se rió.
Baja. Ronca. Real. No la risa de la corte. La risa de un soldado que acaba de encontrar a otro soldado en un campo de cadáveres.
Tomó su mano ensangrentada. No con asco. Con cuidado. Se quitó el guante con los dientes. Y vendó la herida con un pedazo de su propia camisa. Nudo de soldado. Firme. Que no se suelta.
“Trato,” dijo contra su piel. Su aliento caliente sobre la sangre. “No te vuelvo a probar. No porque me des miedo. Porque ya vi.”
Se levantó. Fue a la ventana. Antes de salir, se giró.
“Mañana,” dijo. “Estaré en el jardín. No para ayudarte. No para detenerte. Para ver qué hace un dragón cuando le quitan las cadenas. Y para asegurarme de que nadie más lo ve.”
Saltó. Desapareció en la noche. Sin ruido. Sin rastro.
Solo quedó la sangre en el suelo. Y la venda en su mano. Y el olor a hierro en el aire.
Mira por fin respiró. “Mi señora... yo...”
“Prepara agua caliente,” dijo Elira. Miró su mano vendada. “Y dile a Andrew que Darian viene solo. Si trae a alguien más... ese es tuyo.”
Mira asintió. Esta vez, sus ojos no tenían miedo.
Tenían hambre.
Afuera, el cuervo graznó. Cinco veces.
No sonaba a marcha.
Sonaba a festín.
Quién se atraviese primero y por qué... Montclair o el trono.🤨😈😏😈🙎♀️