En un mundo devastado por una pandemia que acabó con la civilización, Jimena, una enfermera que aún carga con el duelo por la pérdida de su pareja, sobrevive en soledad en la periferia de una ciudad en ruinas. Su existencia se limita a cuidar de un pequeño grupo de marginados: un anciano con una herida incurable, una mujer que ha perdido la razón por el dolor, y una niña salvaje que vive escondida.
Su monótona y silenciosa rutina se rompe cuando Iván, un joven mensajero, llega para pedir su ayuda. En ese momento conoce a Mateo, la persona que hará que todo en su mundo cambie.
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Capítulo 12
Las primeras horas de Jimena en el mercado fueron un torbellino, no había tiempo para pensar en lo que dejaba atrás, ni para preguntarse si había tomado la decisión correcta. Los niños estaban allí, delante de ella, con sus mejillas encendidas por la fiebre y sus respiraciones entrecortadas, y eso era lo único que importaba.
Dejó la mochila en un rincón de la enfermería improvisada y se arrodilló junto a Lucía, la más pequeña. La niña tenía los ojos cerrados, los labios agrietados, y su piel estaba caliente, seca, como si el fuego de la fiebre la estuviera consumiendo desde dentro. Jimena le tomó el pulso con dos dedos, contando los latidos en su cabeza. Rápido. Demasiado rápido. Ciento cuarenta pulsaciones por minuto, cuando lo normal para una niña de su edad debería ser menos de cien.
—Carmen, ¿verdad? —preguntó a la mujer pelirroja que la había recibido, mientras seguía auscultando a Lucía—. Necesito agua hervida, trapos limpios, y algo para hacer compresas frías. ¿Tienen alcohol?
—Sí, tenemos un poco, Mateo lo guarda en el almacén. Voy a buscarlo -respondió rápidamente.
—También necesito saber los nombres de todos los niños. Edades, cuándo empezaron los síntomas, si han tenido contacto con adultos enfermos. Todo lo que sepas, sé que empezó hace tres días, pero no pienso que todos empezaran a presentar síntomas al mismo tiempo.
Carmen asintió y salió corriendo. Jimena se quedó sola con los niños, escuchando su respiración entrecortada, sintiendo el calor de sus frentes bajo sus dedos. Era una escena que conocía demasiado bien la había vivido cientos de veces en los meses del colapso, cuando las camas del hospital se llenaban y vaciaban a un ritmo imposible de seguir. Cuando las listas de espera para los respiradores eran sentencias de muerte.
Lucía era la que estaba peor. Jimena le levantó la camiseta y apoyó la oreja en su pecho. Los estertores eran evidentes: líquido en los pulmones. Neumonía bilateral, probablemente. Necesitaba antibióticos y oxígeno, pero no tenía ninguna de las dos cosas en cantidad suficiente.
Se incorporó y pasó al siguiente niño. Ana, según le había dicho Carmen. Tendría unos siete años, el pelo castaño pegado a la frente por el sudor. Su respiración era menos trabajosa que la de Lucía, pero su fiebre era igual de alta. Jimena le auscultó el pecho, le revisó las conjuntivas, le tomó el pulso.
—¿Qué opinas?
La voz de Mateo sonó detrás de ella, más cerca de lo que esperaba. Jimena no se volvió; siguió auscultando a Ana, procesando la información.
—Neumonía —dijo, incorporándose—. Los dos pulmones afectados en la pequeña. En esta, solo el derecho, por ahora. Los antibióticos que traje pueden ayudar, pero necesitaré más. Si no baja la fiebre en las próximas horas…
No terminó la frase, no hacía falta.
Mateo se arrodilló a su lado, tan cerca que sus hombros casi se rozaban. Jimena sintió su presencia como un peso físico, una densidad en el aire que no había experimentado en años. Olía a humo, a jabón de sosa, a algo más que no supo identificar.
—Los otros niños —dijo él, señalando a los que yacían en las colchonetas cercanas—. ¿Están igual?
—No, Lucía es la más grave. Ana parece llevar mejor la infección. Los otros tres tienen fiebre alta, pero sus pulmones están más limpios, todavía hay tiempo.
—¿Y los adultos? Los que han estado en contacto con ellos.
—Si han empezado con tos, hay que aislarlos. Esta enfermedad se propaga por las gotículas respiratorias. Tos, estornudos, incluso hablar cerca puede contagiar.
Mateo asintió, con esa expresión que Jimena comenzaba a identificar como su “cara de líder”: seria, concentrada, evaluando opciones.
—Ya habilité una zona en el fondo del supermercado. La antigua cámara frigorífica. Es fría, pero aislada.
—¿Fría? —Jimena frunció el ceño—. ¿No sería mejor un lugar cálido para los enfermos?
—El frío ralentiza la propagación o eso he oído.
—Eso es un mito. El frío no mata los virus, solo hace que la gente se agrupe más y se contagie. Y para los que ya están enfermos, el frío puede empeorar la neumonía.
Mateo la miró, por un instante, su expresión se suavizó. Había algo en sus ojos, una chispa de ironía, quizás.
—Entonces dime qué necesitas, lo haré sin quejarme. Para eso te traje aquí.
—¿Me trajiste? —Jimena levantó una ceja—. Me hiciste venir porque tus niños estaban muriendo.
—Pero viniste, eso es lo que importa.