"Ella no tiene nada; él lo tiene todo. Pero un secreto de nueve meses cambiará las reglas del juego."
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Capítulo 11: Máscaras y Traiciones
POV: ELENA
El vestido verde esmeralda pesaba como una armadura de cristal. Mis manos sudaban mientras Lucía, que había sido invitada por mi madre como mi "dama de compañía" oficial para darme seguridad, me ajustaba los pendientes de diamantes.
—Estás hermosa, Elena. Parece una verdadera princesa —susurró Lucía, pero su rostro reflejaba preocupación—. Pero Sebastián... no ha venido a buscarte. Ha llegado solo a la gala.
—Lo sé —respondí, sintiendo un nudo de hierro en el estómago—. Apenas me ha hablado hoy. Sus mensajes son fríos, como si le doliera pronunciar mi nombre.
Cuando entramos al salón del Gran Hotel, el silencio se extendió como una mancha de aceite. Cientos de ojos se clavaron en mí. "La hija perdida de los Monteclaro", susurraban. Al fondo, vi a Sebastián. Estaba impecable, bebiendo whisky solo, con una mirada tan gélida que me hizo retroceder un paso.
POV: SEBASTIÁN
Cada vez que miraba a Elena, la imagen de las fotos que Victoria me envió se superponía a su rostro. Mi mejor amigo. Mi sangre hervía. Verla entrar con ese vestido, luciendo la fortuna de los Monteclaro, me hacía sentir como el mayor de los estúpidos. ¿Fui solo un peldaño en su escalera al poder?
—Míralos, Sebastián —susurró Victoria, apareciendo a mi lado con un vestido rojo sangre—. Julián no deja de mirarla desde el balcón. Qué conveniente que él sea el anestesiólogo de tus cirugías... compartiendo tanto dentro y fuera del hospital.
En ese momento, vi a Julián acercarse a Elena. Ella parecía mareada, se tambaleó y él la tomó por los hombros para sostenerla. Para cualquier ojo era un gesto de auxilio, pero para mí, cegado por el veneno de mi madre, era la confirmación de su intimidad.
Caminé hacia ellos, apartando a los invitados.
—Parece que no pierden el tiempo —solté, mi voz cargada de un desprecio que hizo que la música pareciera detenerse.
—Sebastián, Elena se siente mal, el olor de las flores le ha dado náuseas... —empezó a explicar Julián.
—¡Cállate, Julián! —le grité—. ¿Es por eso que la sostenías con tanta confianza en aquel hotel? ¿O vas a decirme que también allí le daban náuseas las flores?
POV: ELENA
El mundo se detuvo. Las náuseas que sentía se transformaron en un vacío absoluto. Sebastián me miraba con odio. Un odio puro que nunca pensé ver en él.
—¿De qué estás hablando? —pregunté, mi voz apenas un hilo—. Sebastián, me estás asustando.
—Lo que me asusta es tu capacidad para mentir, Elena. O debería decir... ¿Condesa? —se acercó a mi oído, pero su tono fue lo suficientemente alto para que los que estaban cerca lo oyeran—. No vuelvas a usar a mi hijo como escudo para tus ambiciones. Porque después de ver las fotos de Julián y tú, dudo mucho que esa criatura tenga una sola gota de sangre Alarcón.
El dolor fue físico. Sentí como si me hubieran arrancado el corazón sin anestesia. El murmullo de los invitados subió de volumen. Victoria sonreía detrás de él. Mi "familia" de crianza me había golpeado, pero esto... el hombre que amaba me estaba destruyendo frente a toda la ciudad.
Sentí una punzada aguda en el vientre. El dolor del alma se trasladó a mi cuerpo. Me llevé las manos al estómago y cerré los ojos, sintiendo que las piernas me fallaban.
—¡Basta! —una voz de mando cortó el aire.
POV: LA CONDESA ELVIRA
Vi a mi hija tambalearse y a Sebastián Alarcón parado frente a ella como un verdugo. No me importó el protocolo, ni las joyas, ni la corona invisible que llevaba. Crucé el salón y empujé a Sebastián con una fuerza que no sabía que tenía.
—¡Fuera de mi vista, Alarcón! —rugí. Mi mirada se cruzó con la de su madre, Beatriz, que observaba desde lejos. Le prometí con los ojos que esto no quedaría así.
Tomé a Elena en mis brazos antes de que tocara el suelo. Estaba helada y sollozaba sin sonido. La humillación era demasiado para ella.
—¡Nos vamos! —ordené a mis guardias.
Saqué a Elena del salón, ignorando los flashes de los fotógrafos. En la limusina, la estreché contra mi pecho. Ella se aferró a mi estola de piel, llorando como la niña pequeña que nunca pude consolar en veinticinco años.
—Él no me cree, mamá... —decía entre sollozos—. Dice que el bebé no es suyo.
—Shhh, tranquila, mi vida —le acaricié el cabello, besando su frente—. Escúchame bien, Elena. Un Alarcón no merece tus lágrimas. Ellos, son de hielo, pero nosotras somos de fuego. No dejes que su duda te mate. Mañana mismo pediremos una prueba prenatal, pero no para él. Para ti. Para que cuando nazca ese niño, el apellido Alarcón sea un privilegio que tú decidas si le otorgas o no.
—Me duele el vientre, mamá...
—Lo sé, cariño. Es el estrés. No voy a dejar que te pase nada. Ni a ti, ni a mi nieto.
Miré por la ventana hacia las luces del hotel. La guerra ya no era por un hospital o un apellido. Era por la dignidad de mi hija. Si Sebastián quería dudar, lo dejaría solo en su palacio de cristal, mientras yo reconstruía a la mujer que él acababa de intentar romper.
POV: SEBASTIÁN
Me quedé parado en medio del salón, con la copa vacía en la mano. Victoria se acercó y me puso una mano en el hombro.
—Has hecho lo correcto, Sebastián. La verdad duele, pero es mejor así.
Miré la puerta por donde Elvira se había llevado a Elena. Una parte de mí sentía un triunfo amargo, pero otra... otra se sentía vacía. Miré a Julián, que estaba lívido de rabia.
—Eres un imbécil, Sebastián —dijo Julián, antes de darme la espalda y marcharse—. Has destruido a la única persona que te amaba por lo que eres, no por tu apellido. Y cuando te des cuenta de tu error, será demasiado tarde.
La duda, que antes era un veneno, ahora se sentía como una condena. ¿Y si me había equivocado? Pero las fotos... las fotos no mentían. ¿O sí?