Relatos cortos del héroe multiversal Perseo, contado desde la mente de Exístencia, el creador de la realidad y del ser. Ven y ve el abismo y la luz como nunca antes creíste poder verles, adéntrate en esta historia de tragedias, triunfo que saben a derrotar y a la valentia que tiene un alma eterna que viaja libre sin las cadenas de la existencia escrita sobre su ser.
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Epílogo.
Epílogo:
El silencio en la estación Ítaca no era el silencio de la paz, sino el de la ausencia absoluta. Situada en el punto PT-8158 más remoto del sector, donde la luz de las estrellas más cercanas era apenas un susurro plateado en la negrura del espacio vacío, la estación era un cilindro de metal y plomo que no emitía calor ni señales de radio. Era un sarcófago diseñado para el olvido, y Perseo era su único habitante.
Habían pasado dos años terrestres desde la caída de la Nautilos-Magna. Perseo caminaba por los pasillos de Ítaca con un paso lento y rítmico. Su cuerpo había cambiado. Su piel era ahora de un blanco traslúcido, y por sus venas corría un fluido que brillaba con una luz tenue y azulada. No comía, no dormía. Se alimentaba de la radiación residual de los reactores de la estación, un equilibrio precario que mantenía a la entidad Amine en un estado de hibernación constante dentro de su cuerpo.
Se detuvo ante el ventanal principal del observatorio. El vacío era total. No había sondas aquí, no había raíces, no había voces. Amine, en su infinita sabiduría biológica, no podía comprender un lugar donde no hubiera nada que asimilar. El vacío era el único veneno que la colmena no podía digerir.
Perseo sacó de su bolsillo un pequeño objeto. Era una medalla oxidada, el emblema de mando de su padre que había recuperado de los restos de su traje. El metal estaba gastado, pero el símbolo de la familia seguía siendo visible. Lo apretó entre sus dedos, sintiendo la dureza del acero contra su piel, que empezaba a volverse suave como el pétalo de una flor.
—Todavía estoy aquí, papá —susurró, y su voz resonó en la sala vacía como un eco de otro tiempo.
En las pantallas de la estación, los sensores de largo alcance mostraban el estado del universo conocido. La mancha roja de Amine se había extendido por docenas de sistemas estelares. La Tierra era ahora un recuerdo borroso en los mapas, una esfera de carne que latía en el centro de una red neuronal galáctica. La humanidad ya no existía como individuos, sino como una vasta consciencia colectiva que soñaba sueños de unidad y perfección.
Pero aquí, en Ítaca, Perseo mantenía la última chispa de la discordia humana. Su dolor, su soledad y su odio eran las únicas cosas que no habían sido asimiladas. Él era el fallo en el sistema, la nota discordante en la sinfonía de las estrellas.
A veces, sentía que la entidad dentro de él intentaba despertar. Sentía las raíces blancas estirándose hacia su cerebro, ofreciéndole de nuevo la visión de su familia, la calidez de su hogar, el fin de su exilio. Pero Perseo siempre respondía de la misma manera: abría las válvulas de refrigeración y dejaba que el frío del espacio exterior inundara la estación, congelando sus propios tejidos hasta que la entidad volvía a dormirse.
Era una guerra de desgaste que duraría décadas, tal vez siglos. Perseo sabía que no ganaría. Al final, las máquinas de Ítaca fallarían, el calor se agotaría y él se convertiría en un trozo de hielo a la deriva. Pero hasta ese día, él sería el Comandante de la Nada.
Se sentó en el suelo de metal frío, mirando hacia la oscuridad infinita. Colocó la medalla de su padre en una pequeña repisa, junto a un dibujo infantil que había hecho de la Nautilos-Magna cuando era niño. Eran los únicos tesoros de una especie muerta.
El joven cerró los ojos y, por un breve momento, se permitió recordar el olor del café en el puente de mando, el sonido de la risa de su hermana y el peso de la mano de su padre sobre su hombro. Eran recuerdos frágiles, que se desvanecían como el humo, pero eran suyos. Y en un universo que lo quería todo, tener algo que fuera solo tuyo era la mayor de las rebeliones.
Perseo respiró hondo, sintiendo el aire reciclado y seco en sus pulmones. El latido de su corazón era lento, pero firme. Un latido humano en el corazón de la nada. Y eso, por ahora, era suficiente.