Nanani fue plantada en el altar y causa de eso cayó en depresión su padre la obligará a tomar clases de arte marciales, Pero ella odia a su sensei o... eso cree
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Capitulo 14
Rita intentaba acercarse a Kai una y otra vez, sin éxito. Estaba convencida de que si perseveraba, si insistía lo suficiente, él terminaría cediendo. Después de todo, siempre lo había hecho.
—Sensei —dijo, acercándose con una sonrisa calculada mientras tomaba su mano—. ¿A dónde llevo los cojines de gimnasia?
Kai retiró la mano bruscamente. Su expresión era de hielo.
La traición no era algo que se pudiera perdonar fácilmente. Y Rita había hecho más que traicionarlo: lo había cambiado por su mejor amigo, lo había humillado, le había demostrado que no era suficiente.
—Déjalos donde siempre —respondió, sin mirarla.
—¡Sensei! —la voz de Nanami lo salvó de seguir soportándola—. Estoy cansada. ¿Cuánto falta?
Kai sonrió. Esa chica siempre aparecía cuando más la necesitaba.
—No seas floja —dijo, acercándose a ella y pellizcando sus mejillas con una ternura que contrastaba con sus palabras.
—¡Detente, me duele! —protestó Nanami, aunque en el fondo le gustaba esa confianza.
Kai se inclinó, su boca cerca de su oído. Su mano encontró su cintura, un gesto posesivo que hizo que Nanami contuviera el aliento.
—Hoy espérame en el jardín trasero —susurró.
Ella asintió, sintiendo el calor de su cuerpo tan cerca.
Rita observaba desde lejos. Sus manos se cerraron en puños, las uñas clavándose en las palmas.
No. No se lo iba a dejar a nadie. Iba a recuperarlo, costara lo que costara.
La tarde cayó sobre el jardín trasero como un manto de sombras y susurros.
Nanami esperaba apoyada contra un árbol, el corazón latiéndole con fuerza. No sabía qué iba a pasar, pero cada encuentro con Kai era una montaña rusa de emociones.
Unos brazos la rodearon por detrás.
—¿Me extrañaste? —la voz de Kai, cálida y profunda, contra su oído.
—Por supuesto —respondió ella, girándose para encontrarlo.
Se besaron sin prisa, sin pausa. Las manos de él recorrían su espalda, su cintura, sus caderas. La levantó en brazos, sosteniéndola como si pesara menos que el aire, mientras sus labios no se separaban.
No vieron a Rita.
Pero ella estaba allí. Mirando. Apretando los puños. Planeando.
—Sensei —dijo, apareciendo de entre las sombras con una expresión de fingida urgencia—. Lo están llamando. Es urgente.
Kai bajó a Nanami lentamente, frustrado.
—Voy ahora mismo.
Pero cuando se alejó, Rita se quedó mirando a Nanami. Ya no había máscara de cortesía. Solo rabia pura.
—Él es mío —escupió—. Y voy a luchar para recuperarlo.
Nanami la miró sin inmutarse.
—Bien. Buena suerte. Porque yo no peleo por hombres. Si él te elige, quédate con él.
Se dio la vuelta y se fue.
Rita se quedó sola, apretando los puños. Luego corrió detrás de Kai.
—¿Por qué mentiste? —le preguntó él en cuanto la vio.
—Porque me da celos verte con alguien más —admitió Rita, sin rodeos—. Sé que me equivoqué en el pasado, pero...
—¡Nada! —la interrumpió Kai, furioso—. Lo nuestro se acabó porque así lo quisiste. Déjame en paz.
—No puedo —susurró ella.
Y antes de que él pudiera reaccionar, lo besó.
Kai se quedó helado. Por un segundo, solo un segundo, su cuerpo respondió al recuerdo de lo que fueron. Pero luego la razón volvió, y la apartó con brusquedad.
—Tienes que detenerte —dijo, su voz temblando de ira—. No vas a conseguir nada, solo que presente una queja formal.
Se dio la vuelta y se fue, dejando a Rita sola en la oscuridad.
Otra vez.
En la mansión, Nanami estaba en su habitación, tirada en la cama, cuando Maya golpeó la puerta.
—Señorita, el señor Hanako está aquí.
Nanami salió disparada como un cohete. Bajó las escaleras casi volando y se lanzó a sus brazos.
—¡Hanako! ¡Por fin!
Él la sostuvo, riendo.
—Tranquila, que no me voy a ir.
—Entra a mi habitación —dijo ella, tirando de su mano—. Vamos a hablar.
Hanako entró, curioso. Su mirada recorrió la habitación, los posters, los libros, los pequeños detalles que hacían de ese espacio el refugio de Nanami. Hasta que algo en la mesita de luz llamó su atención.
Una foto.
Una foto de él. En una seción de fotos hace tiempo
—¡¿Qué haces con esto en tu habitación, pervertida?! —exclamó, sonrojándose hasta las orejas.
Nanami se rió.
—También tengo la que hicimos juntos para aquella revista. Mira, le puse purpurina al marco. ¿No está mono?
Hanako miró la otra foto. Ambos en la sesión de la revista, sonriendo, jóvenes, felices. Enmarcada con brillantina rosa.
Su cara era un tomate.
—Eres una pervertida, Nanami —dijo, entre avergonzado y divertido.
—¿Por qué? —ella se encogió de hombros, sin ninguna vergüenza—. Tienes muy buenos abdominales y sabes que me fascinan.
—¡Nanami!
Le tapó la boca con la mano, completamente abrumado. Pero debajo de la vergüenza, algo cálido se instalaba en su pecho.
Ella guardaba fotos de él. Las tenía en su mesita de luz. Las miraba cada noche.
Y él, que llevaba diez años amándola en silencio, no sabía si eso era una bendición o una tortura más.