Quinn Akerman tenía una vida cuidadosamente planeada… hasta que el destino decidió estrellarla contra el suelo a diez mil metros de altura. La muerte de sus padres en un accidente de avión no solo la dejó con un duelo imposible de procesar, sino también con una empresa familiar al borde de la quiebra y una hermanita pequeña, Lily, luchando contra la leucemia.
Acorralada por deudas, abogados y médicos que no aceptan promesas como forma de pago, Quinn se ve obligada a aceptar un acuerdo tan frío como cruel: casarse con uno de los gemelos Benedetti, herederos de un imperio empresarial que alguna vez fue socio de su padre.
El problema no es el matrimonio. El problema es que se casa con el gemelo equivocado.
Eitan Benedetti es serio, mordaz, aparentemente incapaz de sentir algo que no sea control. Eiden Benedetti, en cambio, es carismático, provocador y peligrosamente encantador. Dos rostros idénticos, dos almas opuestas… y una verdad que amenaza con destruirlos a todos.
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Capítulo 11
Quinn
La duda que sentía no llegó como un grito, sino que llegó como una fuerte astilla dentro de mi pecho.
Pequeña. Insistente. Imposible de ignorar una vez que se clava bajo la piel.
Salí del cuarto de Lily con esa sensación rara en el pecho, como si algo se hubiera movido del lugar que estaba sin pedirme permiso. El pasillo estaba silencioso, demasiado blanco, demasiado limpio para el caos que llevaba dentro. Caminé despacio, dejando que mis pasos marcaran un ritmo que mi mente no lograba seguir.
Aunque no te lo demuestre yo sé que te quiere.
La voz de Lily se repetía en mi cabeza con una claridad cruel.
Me apoyé contra una pared y cerré los ojos. No quería pensar. No quería revisar recuerdos como si fueran pruebas en un juicio invisible. Pero la mente es traicionera cuando ya ha probado la duda.
Eitan no era como yo había imaginado.
No como el hombre con el que creí casarme.
Recordé el día de la boda. La forma en que me miró cuando caminé hacia el altar. No fue ternura. Tampoco orgullo. Fue… cálculo. Atención plena. Como si estuviera midiendo cada uno de mis pasos, cada gesto.
En ese momento lo atribuí como una persona seria y fría, que jamás podría llegar a sentir algo por alguien más, que no sea por sí mismo.
Ahora, no estaba tan segura.
Seguí caminando y, sin darme cuenta, terminé frente a la habitación de Eitan. La puerta estaba entreabierta. Dudé. No quería entrar. No quería enfrentar lo que mi intuición empezaba a susurrar.
Pero ya era tarde para huir.
Eitan dormía. O eso parecía. Su rostro estaba pálido, tenso incluso en el descanso. Las ojeras bajo sus ojos eran profundas. No había rastro del hombre inquebrantable que solía ser. Solo alguien que le había devuelto las ganas de vivir a mi pequeña Lily.
Me acerqué despacio.
Prometió que vendría cuando despertara.
Lily no había dicho “el señor Benedetti”. Había dicho su nombre.
Como si se hubieran conocido de toda la vida.
Me senté en la silla junto a la cama, sin tocarlo. Solo observándolo. Buscando… ¿qué exactamente? ¿Una señal? ¿Una mentira mal colocada?
Recordé nuestras conversaciones. Las discusiones. Esa manera suya de llevarme la contraria a todo lo que le digo como si fuera parte de su naturaleza. Recordé cómo siempre parecía saber cuándo presionar y cuándo retirarse. Cómo nunca me preguntó si estaba bien… pero siempre aparecía cuando no lo estaba.
Demasiada coincidencia.
Pensé en Eiden. En su sonrisa abierta. En su encanto fácil. En lo mucho que hablaba, lo poco que observaba. Y luego pensé en Eitan. En su silencio. En su frialdad. En su terquedad. En su manera de escuchar incluso cuando parecía ausente.
No encajaban.
Y sin embargo, yo había aceptado todo sin cuestionar.
Porque necesitaba creer que al menos una cosa en mi vida estaba bajo control.
—Quinn…
Su voz me sobresaltó.
—Lo siento —dije en automático—. No quise despertarte.
Eitan abrió los ojos lentamente.
—No dormía —respondió—. Solo estaba… quieto.
Asentí. No supe qué decir. El silencio se instaló entre nosotros, incómodo pero cargado de atención.
—Lily despertó —dije al fin.
Sus ojos se iluminaron apenas.
—¿Está bien?
—Sí —respondí—. Preguntó por ti.
No dijo nada. Pero algo tan fugaz pasó en su mirada. Algo que confirmó sin querer lo que mi intuición ya sospechaba.
—Te conoce mejor de lo que yo pensaba —añadí.
Eitan apretó la mandíbula.
—Es una niña observadora.
—Demasiado —murmuré.
Me levanté de la silla y caminé hasta la ventana. Necesitaba distancia. Aire.
—Hay cosas que no entiendo —dije, sin mirarlo—. Detalles. Gestos. Silencios.
—Siempre los hay —respondió con cautela.
—No —negué—. No de este tipo.
Me giré hacia él.
—Dime algo, Eitan —mi voz tembló apenas—. ¿Desde cuándo te importa tanto lo que me pase?
El silencio fue largo.
—Desde antes de lo que te imaginas —respondió finalmente.
Sentí un escalofrío.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que puedo darte ahora.
Lo miré fijamente, buscando algo que se me escapaba.
—Hay momentos —continué— en los que siento que tú sabes cosas de mí que yo nunca te conté.
—Te observé —dijo—. No es un crimen.
—No —admití—. Pero tampoco es normal.
Me acerqué un paso.
—A veces siento que… —tragué saliva— que no estoy donde creo estar.
Eitan me sostuvo la mirada. No retrocedió. No avanzó.
—Quinn —dijo con suavidad—. No te hagas daño buscando respuestas antes de tiempo.
—¿Antes de tiempo para quién? —pregunté.
No respondió.
Ese silencio fue peor que cualquier confesión.
Di un paso atrás, el corazón golpeándome con fuerza.
—Necesito pensar —dije—. Necesito ordenar todo esto.
Si no lo hacía me iba a volver loca.
—Tómate el tiempo que necesites. No es como que pueda moverme de aquí —respondió con una sonrisa ladeada.
Asentí, aunque no sabía si eso me tranquilizaba o me aterraba más.
Salí de la habitación con una nueva certeza, tan incómoda y peligrosa:
Había grietas en esta historia.
Y si empezaban a romperse…
Tal vez no iba a gustarme lo que encontraría debajo.