Hace tres siglos, la joven reina Isolda fue traicionada la noche antes de firmar un tratado que habría salvado su reino.
En su última hora, una mujer misteriosa le prometió: “Tendrás otra oportunidad, pero no en este tiempo.”
En el 2025, Tomás Vidal, es un arquitecto urbano y orgulloso escéptico de todo lo sobrenatural, encuentra en la restauración de un antiguo palacio europeo a una mujer desorientada, vestida como si acabara de salir de una pintura. Dice ser reina. No recuerda cómo llegó allí.
Entre intentos por adaptarse a un mundo sin carruajes, sin criadas y con “pantallas mágicas”, Isolda se convierte en un fenómeno viral.
Tomás intenta protegerla de la prensa y de sí misma, pero acaba descubriendo que lo imposible tiene su propia lógica y que está empezando a enamorarse de alguien que, literalmente, no pertenece a su tiempo.
Mientras tanto, los fragmentos de la traición que la condenó comienzan a resurgir.
¿Sobrevivirán al pasado o al presente?
HISTORIA DE 25 CAPÍTULOS. GRACIA
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CAPÍTULO 12
Richard Idolen llegó puntual, con el aire de quien ha vivido más en bibliotecas que en fiestas.
Traje gris, modales impecables, una sonrisa discreta que parecía esconder demasiadas preguntas.
Tomás lo esperaba frente al castillo, acompañado de Isolda, que había insistido en ir “para supervisar la autenticidad arquitectónica de la fachada”.
—Señor Idolen —saludó Tomás—, un honor tenerlo aquí.
—El honor es mío —respondió el visitante, estrechándole la mano—. He seguido su trabajo con gran interés.
Luego giró hacia ella.
—Y usted debe ser… Isla Doren.
Isolda asintió, inclinando la cabeza con aquella elegancia que hacía parecer que llevaba una corona invisible.
—A su servicio, mi señor.
El hombre titubeó apenas un segundo.
Sus ojos, azules y atentos, recorrieron su rostro como si buscaran confirmar una sospecha.
—Perdón si suena extraño —dijo al fin—, pero… usted se parece muchísimo a una antepasada de mi familia.
Tomás tragó saliva. —¿Una antepasada?
—Sí. Lady Isolda de Idolen. Vivió hace más de tres siglos. Hay retratos suyos en los archivos de la fundación.
El silencio cayó como un velo.
Isolda sostuvo la mirada del hombre con serenidad, aunque su corazón galopaba en el pecho.
—Debe de ser una coincidencia —respondió con voz suave—. Los rostros viajan más fácilmente que las almas.
Richard sonrió, pero no del todo convencido.
—Quizá. Aunque sería una coincidencia extraordinaria.
Durante el recorrido, Isolda no necesitó guía.
Sabía dónde habían estado los tapices, cómo caía el sol por las ventanas del ala norte, dónde la piedra tenía grietas que el tiempo aún no había borrado.
Tomás lo notó, maravillado y confundido a la vez.
—Parece que ya hubieras estado aquí —murmuró.
—Quizá en un sueño —dijo ella, sin mirarlo.
Richard se detuvo frente a un gran retrato cubierto por una tela.
—Esto —dijo, retirándola—, fue restaurado hace años.
El rostro que emergió del polvo tenía su misma mirada.
La misma postura, la misma expresión.
Solo que en el lienzo, aquella mujer llevaba una corona de oro pálido.
Tomás se quedó sin aire.
Richard habló, casi en un susurro:
—Lady Isolda de Idolen. Mi tata tatara tatarabuela. Fue traicionada durante una rebelión y… desapareció sin dejar rastro.
Isolda sintió un frío en la nuca.
El cuadro parecía mirarla a ella, no al revés.
—Una mujer valiente —dijo Isola—. Y olvidada.
—No por todos —replicó Richard, mirándola fijamente—. Algunos hemos esperado siglos por verla de nuevo.
Tomás carraspeó, incómodo.
—Bueno… creo que será un excelente punto para la restauración.
Richard sonrió.
—Claro. Hablaremos del proyecto. Pero me encantaría tener una sesión fotográfica aquí, con la señorita Doren. Junto al retrato. Sería… simbólico.
Isolda bajó la mirada.
—Si lo desea.
Esa tarde, ya de regreso en el departamento, Isolda se quedó en silencio.
Tomás intentó distraerla preparando café, pero ella seguía mirando por la ventana.
—¿Estás bien? —preguntó al fin.
—He visto mi tumba —dijo, sin dramatismo—. Solo que el cuerpo aún camina.
Tomás se acercó.
—No era tu tumba. Era un retrato.
—Para los que quedan atrás, es lo mismo.
Se volvió hacia él.
—¿Qué pensarías si te dijera que no soy solo una coincidencia?
—Pensaría que eso ya lo sabía —respondió él, con voz baja.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Lo sabías?
—Desde el primer día. Desde que hablaste como si hubieras dictado leyes, no aprendido palabras. Desde que caminas como si el suelo te debiera respeto.
Isolda soltó una pequeña risa nerviosa. —Eres un poeta peligroso.
—No, solo un hombre que ya no sabe si vive en su siglo o en el tuyo.
El silencio volvió, pero esta vez no pesó: vibró.
Él dio un paso, luego otro.
Ella no retrocedió.
—Tomás… —susurró.
—Sí.
Y el tiempo, que tantas veces los había separado, se rindió por completo.
Él la besó con la suavidad de quien teme despertar a un sueño, y ella le respondió como quien recuerda una promesa olvidada.
Fue un beso cálido, lento, sin urgencia.
Como si el universo entero los estuviera observando y decidiera callar.
Cuando se separaron, Isolda apoyó la frente en su pecho.
—Si el destino me trajo aquí, creo que acabo de comprender por qué.
—¿Por el castillo? —preguntó él, sonriendo.
—No. Por ti.
Tomás la abrazó con fuerza.
—Entonces que el destino no se atreva a quitártelo.
Ella sonrió.
—Que ni lo intente.
Esa noche, mientras dormían, el retrato de Lady Idolen en el castillo se agrietó sutilmente, justo en el borde de la boca.
Y aunque nadie lo notó, parecía que la pintura sonreía.