Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.
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CAPÍTULO 10 Operación Rescate Pozole: Sombras, y un Glitch Mágico
El silencio de Villa Raíz a las tres de la mañana no era el silencio tranquilo de un pueblo dormido; era un silencio espeso, cargado de una estática que me ponía los vellos de los brazos de punta, justo encima del tatuaje del león que parecía querer rugir en la penumbra. Me encontraba descendiendo por las raíces exteriores del Gran Árbol, tratando de no hacer ruido, mientras mis botas de cuero nuevo —esas que se amoldaban a mi pie como si fueran parte de mi ADN— se enterraban en el musgo húmedo. Alejandro, el tipo de 33 años, alto, de piel morena clara y con más miedos que ahorros en el banco, estaba a punto de hacer la mayor estupidez de su vida.
—Si nos matan, flan, juro que regresaré como un espíritu solo para orinar en tus sueños —susurró Ringo, aferrado a mi hombro con sus garras afiladas. El mono no sonaba como un habitante de la delegación Cuauhtémoc; su tono era rústico, cargado de una seriedad salvaje que solo los seres de este mundo poseían. —Tu dispositivo de luz está vibrando de nuevo. Esa caja negra tiene más nervios que tú.
Saqué el celular. La pantalla, reparada por la magia de la tortuga mística, brillaba con una intensidad inusual. El cristal, que antes estaba estrellado, ahora parecía una gema pulida que reflejaba mis ojos preocupados. La notificación de "ERROR DE SISTEMA" seguía parpadeando en un rojo sangriento. "KAIA.EXE NO RESPONDE". Ese mensaje me quemaba más que la esfera de fuego que había aprendido a crear.
—No mames, Ringo, cállate —le respondí en un susurro violento, usando mi mejor léxico de supervivencia urbana—. Si Kaia está en problemas, no puedo quedarme aquí rascándome el ombligo. Ella fue por nosotros.
—Ella fue porque es su deber, piel suave. Tu deber es no morir antes de que aprenda a usar esa magia de fuego para asar carne —replicó el mono, ajustándose su pequeño chaleco rojo.
Caminamos hacia el límite sur del pueblo. El olor a pino y tierra mojada fue reemplazado gradualmente por un hedor a ozono y materia orgánica en descomposición. Era como si el aire se estuviera volviendo rancio. De repente, una figura emergió de entre los faroles flotantes que ya empezaban a parpadear por la interferencia de las sombras.
Era Briana. La elfa de cabello plateado y ojos violetas estaba envuelta en una capa de viaje gris. A pesar de la oscuridad, su belleza era insultante; el cabello le caía por los hombros como una cascada de mercurio y su vestido, aunque cubierto por la capa, dejaba adivinar el contorno de sus pechos generosos que tantas cachetadas me habían costado.
—Sabía que vendrías, Alejandro —dijo ella, y su voz sonó como una campana de plata en medio de un funeral. Su rostro denotaba una preocupación profunda, sus cejas finas estaban contraídas. —El Sabio cree que estás durmiendo, pero las ninfas del río dicen que el humano con marcas en la piel tiene el corazón demasiado inquieto para descansar.
—Briana, no puedo dejarla sola —dije, deteniéndome frente a ella. Mi altura —siendo un hombre alto— me permitía verla un poco desde arriba, notando el brillo de sus ojos violetas. —Esa alerta en mi teléfono... algo está muy mal.
—Lo está. El sur se ha vuelto un "glitch", como tú dirías —ella usó mi palabra con extrañeza—. La tierra está perdiendo su forma. Toma esto.
Me entregó un pequeño saco de cuero que olía a lavanda y especias fuertes.
—Es polen de luz solar. Si las sombras te rodean y tu chispa falla, lánzalo. Les recordará lo que es el sol por unos segundos. Y Alejandro... —ella se acercó, y por un momento sentí el calor de su cuerpo cerca del mío, un contraste dulce en medio del frío de la noche— regresa. No dejes que la Sombra borre tu nombre.
—Gracias, Briana. Prometo que la próxima vez que nos veamos, será para comer pan, pero sin accidentes —bromeé con un nudo en la garganta.
—¡Ya muévete, flan! —chilló Ringo—. ¡El romance no nos va a salvar de los comedores de almas!
Nos adentramos en los Huertos del Sur. A medida que avanzábamos, el paisaje empezó a verse... mal. No era solo oscuridad; era como si la realidad estuviera pixelada. Las hojas de los árboles se veían cuadradas en los bordes y el suelo bajo mis botas a veces se sentía sólido y otras veces como si estuviera caminando sobre estática de televisión antigua. El "virus" del Rey Sombra estaba haciendo un trabajo de borrado masivo.
—¿Qué pedo con este lugar? —murmuré, encendiendo la linterna de mi celular. El haz de luz blanca cortó la negrura, revelando plantas que se desvanecían y volvían a aparecer. —Parece que estoy dentro de un videojuego bugeado de los noventa.
—El mundo se está desmoronando, piel suave —dijo Ringo, saltando al suelo y poniéndose en guardia. Sus pequeños puños estaban cerrados, listos para el boxeo—. Siento a los Titiriteros de Niebla cerca. Huelen a miedo y a rancio.
De pronto, el primer ataque llegó. De las sombras pixeladas emergieron tres figuras delgadas, hechas de un humo negro que goteaba oscuridad. Eran las Sombras. No tenían rostros, solo dos puntos blancos donde deberían estar los ojos, brillando con una malicia fría.
—¡A huevo, ya llegaron los invitados! —grité, sintiendo la adrenalina correr por mis venas, despertando al león en mi brazo derecho.
Abrí Spotify en un movimiento rápido. Necesitaba energía. Battery de Metallica empezó a atronar desde las bocinas mágicas del teléfono. El riff inicial llenó el bosque corrupto, y por un momento, la estática pareció retroceder ante el ruido humano.
—¡Tomen esto, sombras de cuarta! —Ringo se lanzó al ataque.
El mono era un espectáculo digno de Las Vegas. Esquivó un zarpazo de sombra con un movimiento de cintura que dejaría en ridículo a cualquier boxeador profesional. ¡Pif, paf! Ringo conectó un combo de jab y un gancho de izquierda directo a lo que parecía ser la mandíbula de la sombra. El humo negro se dispersó por el impacto.
—¡¿Eso es todo lo que tienes, error de la naturaleza?! —chilló Ringo, rematando con un uppercut que mandó a la sombra a volar contra un árbol pixelado—. ¡Soy el campeón de los pesos pluma del Gran Árbol!
Yo no me quedé atrás. Me concentré en ese calor que Bastian y el Sabio me habían enseñado a cultivar. Pensé en el mensaje de mi jefa, en el pozole, en la risa de Kaia. Sentí cómo el Maná fluía desde el aire, pasando por mi piel morena clara, hasta concentrarse en mis palmas.
—¡Fuego, carajo! —grité.
Una esfera de fuego azul, vibrante y ruidosa, brotó de mi mano derecha. La lancé contra la segunda sombra. El impacto no solo quemó, sino que pareció "reinstalar" la realidad en esa pequeña área. El humo negro se disolvió en un grito silencioso que vibró en mis huesos.
—¡A la madre, sí funcionó! —exclamé, sintiéndome como un admin borrando un comentario de odio.
Pero eran demasiadas. El terreno seguía cambiando. De repente, el suelo bajo mis pies desapareció y caí en una pendiente que me llevó directamente al corazón de los huertos. Ringo rodó a mi lado, soltando maldiciones en su lengua rústica.
Al final de la pendiente, el aire estaba tan frío que mi aliento se congelaba en el aire. Y ahí la vi.
Kaia estaba en el centro de un claro rodeado de estacas de madera negra. Su armadura estaba rota, revelando la piel tonificada de sus hombros y el sudor que brillaba en su cuello. Estaba de rodillas, sosteniendo su espada con ambas manos, usándola como un bastón para no caer. A su alrededor, una docena de Sombras mayores —más grandes y densas que las anteriores— cerraban el círculo.
Incluso herida y cansada, Kaia se veía majestuosa. El pantalón ajustado, ahora desgarrado, mostraba sus piernas musculosas que tanto me habían impresionado durante el entrenamiento. Sus pechos subían y bajaban con fuerza mientras buscaba aire. Sus ojos ámbar estaban fijos en la oscuridad, con una chispa de desafío que se negaba a apagarse.
—¡KAIA! —grité a todo pulmón.
Las sombras se giraron hacia mí al unísono. Kaia levantó la cabeza, y por un segundo, vi el alivio más puro en su mirada, seguido inmediatamente por el terror.
—¡Alejandro! ¡Vete de aquí! ¡Esto es una trampa del Rey Sombra! —gritó, su voz rasposa y cargada de dolor.
—¡Ni madres! —respondí, caminando hacia adelante mientras Metallica llegaba al clímax de la canción—. No vine desde la Narvarte para verte morir en un jardín pixelado.
—¡Prepárate, flan! —chilló Ringo, poniéndose a mi lado—. ¡Estos son los pesos pesados!
El combate final del capítulo comenzó con una explosión de violencia. Me lancé hacia adelante, usando la linterna de mi celular como un foco de luz sagrada que hacía retroceder a las Sombras. Ringo saltó sobre la cabeza de una de ellas, usándola de trampolín para conectar una patada voladora en la cara de otra.
—¡Tomen de su propia medicina, errores de sistema! —Ringo estaba en su elemento. Sus movimientos eran una danza de boxeo rústico, sucio y efectivo. Usaba sus uñas, sus dientes y sus puños cerrados con una velocidad que yo apenas podía seguir.
Yo llegué hasta Kaia. Me puse frente a ella, cubriéndola con mi cuerpo.
—Dame la mano, Kaia —le dije, extendiendo mi brazo izquierdo, el del reloj de arena—. Siente mi Maná. El Sabio dijo que somos un sistema. ¡Conéctate!
Kaia me miró con duda, pero agarró mi antebrazo. Su toque fue como un rayo de energía pura. La conexión fue instantánea. Sentí su fuerza, su disciplina y su dolor; ella sintió mi miedo, mis recuerdos de la CDMX y mi absurda determinación de comer pozole.
Una onda de choque de luz azul y dorada explotó desde nosotros, barriendo a las sombras cercanas como si fueran hojas secas. El "glitch" del ambiente pareció estabilizarse por un momento.
—Nada mal para un humano que se queja de las sentadillas —susurró Kaia, levantándose con dificultad, apoyándose en mi hombro. Su cercanía era abrumadora; podía oler el metal de su espada y el aroma a bosque que siempre la acompañaba. Sus atributos físicos, tan evidentes incluso en el caos, me recordaron por qué estaba peleando.
—Todavía no cantemos victoria —dije, viendo cómo la oscuridad volvía a cerrarse sobre nosotros, más densa y furiosa—. El jefe final todavía no sale.
De la profundidad de los huertos, una voz fría y metálica resonó, como si miles de vidrios se rompieran al mismo tiempo.
—El Escritor ha venido a entregarme su pluma... qué generoso.
Una sombra gigantesca, con la forma de un caballero con armadura de cristal negro, emergió del suelo. Era un General del Rey Sombra.
Saqué mi celular. La pantalla estaba hirviendo. El libro en mi mochila empezó a vibrar con una fuerza que casi me tira.
—Pues fíjate que mi pluma es de fuente de energía infinita, pendejo —le grité al General, aunque mis piernas temblaban como gelatina—. ¡Y todavía me quedan muchos capítulos por escribir!
Puse la canción Muñeca de Trapo a todo volumen. No por la letra, sino por la emoción que me conectaba con Kaia. El ambiente cambió. La melancolía se volvió un arma.
—¡Dale, Alejandro! —gritó Kaia, levantando su espada que ahora brillaba con una luz azulada compartida por mi magia—. ¡Terminemos con esta basura!
—¡A huevo! —respondí.
Nos lanzamos al ataque. Ringo iba a la cabeza, gritando insultos que harían sonrojar a un demonio. Yo disparaba ráfagas de fuego azul mientras Kaia cortaba la oscuridad con tajos de luz.
Al final del combate, logramos disipar al General, pero el esfuerzo nos dejó agotados. El sector sur seguía inestable, pero Kaia estaba a salvo. Nos sentamos en el suelo pixelado, jadeando, mientras el sol de las dos lunas empezaba a asomarse tímidamente por el horizonte.
—Viniste por mí —dijo Kaia, mirándome con una intensidad que me hizo olvidar el dolor de las costillas—. De verdad viniste.
—Te dije que no te iba a dejar sola —respondí, sacando mi celular para ver si seguía vivo.
En la pantalla, apareció una nueva notificación. No era un error. Era una línea de texto que se escribía sola en el libro digital:
"Capítulo 10: El día que el Chilango aprendió que el hogar no es un lugar, sino la gente por la que decides no morir."
Ringo se acercó y se sentó entre nosotros, exhausto.
—Si vuelven a hacer eso de la conexión mística, avísenme. Me dio comezón en la cola.
Kaia se rió, esa risa ronca y humana que me encantaba. Se recostó en mi hombro y, por un momento, en medio de la tierra salvaje y las sombras, me sentí más en casa que nunca en la Narvarte.
—Oye, Alejandro... —dijo Kaia antes de quedarse dormida—. ¿Ese pozole de tu madre... de verdad es tan bueno?
—Es el final de la historia, Kaia —susurré, cerrando los ojos—. Es el final de la historia.