TEMPORADA 3 Y FINAL DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 11
Con esa promesa aún resonando en el aire…
Cassian se levantó.
Sin añadir nada más.
Se dirigió a la puerta.
La abrió…
y salió de la habitación.
La puerta se cerró suavemente tras él.
El silencio volvió.
Pero fuera…
en el pasillo…
sus pasos eran firmes.
Controlados.
Aunque su mente no lo estaba tanto.
Rowan Ashford…
El nombre cruzó sus pensamientos como una sombra persistente.
El mismo rey…
que recientemente se había convertido en emperador del Imperio Bestia.
Su mirada se endureció apenas.
Un destello oscuro atravesó sus ojos grises.
No era duda.
No era temor.
Era algo más.
Más profundo.
Más humano de lo que le gustaría admitir.
Celos.
No por su poder.
No por su título.
Sino por lo que representaba.
El pasado de Aelina.
Su mandíbula se tensó levemente.
Continuó caminando con esa elegancia imperturbable que nadie se atrevería a cuestionar.
Pero en su interior…
una idea se formaba con claridad.
Fría.
Determinada.
No permitiré…
Sus ojos brillaron con una intensidad peligrosa.
…que ningún otro hombre venga a reclamar lo que ahora es mío.
Sus pasos no se detuvieron.
Pero su presencia…
se volvió más pesada.
Más dominante.
Más peligrosa.
No permitiré que otro hombre me la arrebate.
El eco de sus propios pensamientos le resultó incómodo…
pero no lo negó.
Ni él…
ni sus otros maridos.
Una chispa de celos cruzó sus ojos.
Fugaz.
Pero intensa.
La idea de compartirla…
de que otros la reclamaran…
no le agradaba en lo más mínimo.
Exhaló lentamente.
Recuperando el control.
Como siempre hacía.
Como siempre debía hacer.
Su expresión volvió a ser la de siempre.
Fría.
Impecable.
Intocable.
Y sin embargo…
muy en el fondo…
había algo más.
Algo que no era simple posesión.
Sino deseo.
Uno mucho más complejo.
Más peligroso.
Más real.
Se detuvo un instante.
Apenas.
Lo suficiente para cerrar los ojos.
Y cuando los abrió…
ya no había duda.
Esta vez…
seré yo quien permanezca a su lado.
Sin importar a quién tenga que enfrentar.
.
.
.
Pasaron los días restantes antes de la boda.
Días que, poco a poco, se llenaron de una calma casi irreal.
Una tranquilidad que no encajaba del todo con un imperio vampírico…
y mucho menos con todo lo que había vivido hasta ahora.
En ese lapso, me probaba distintos vestidos de novia.
Telas finas.
Encajes delicados.
Corsés ajustados que resaltaban mi figura y caían con elegancia hasta el suelo.
Las doncellas iban y venían, ajustando detalles, midiendo, opinando en susurros.
A veces me quedaba observándome en el espejo.
En silencio.
Intentando asimilarlo.
—¿De verdad… voy a casarme otra vez…? —murmuraba para mí misma.
Pero no había tiempo para perderse demasiado en esos pensamientos.
Cassian siempre aparecía.
Puntual.
Impecable.
Y me llevaba con él.
Salíamos juntos.
A citas.
A paseos.
A recorrer la ciudad.
Restaurantes elegantes.
Tiendas exclusivas.
Calles iluminadas por faroles rojizos donde la noche nunca parecía terminar.
A su lado… todo era distinto.
Su presencia era dominante, sí…
pero conmigo…
había algo más.
Algo más suave.
Más cercano.
Más… humano.
Cada vez que salíamos, no olvidaba comprarles algo a mis hijos.
Juguetes.
Dulces.
Pequeños peluches.
Objetos curiosos que encontraba en los mercados.
Los guardaba cuidadosamente en mi anillo.
Siempre pensando en sus reacciones.
En sus sonrisas.
Los vampiros nos observaban desde la distancia.
Susurros que se extendían como el viento.
Miradas que nos seguían a cada paso.
Algunos con curiosidad.
Otros con abierta desaprobación.
Y muchos…
con celos.
Pero todos coincidían en algo.
Parecíamos una pareja completamente enamorada.
Como dos tórtolos inseparables.
Incluso cuando sabíamos…
que parte de todo eso… había comenzado como una estrategia.
Y aun así…
algo había cambiado.
Por las noches…
Cassian venía a mi habitación.
Pero no por lo que cualquiera imaginaría.
No al principio.
Sino para ver a los niños.
Yo los sacaba del anillo con cuidado, siempre usando el talismán para ocultar su olor.
Y entonces…
todo cambiaba.
El ambiente.
Su expresión.
Su forma de moverse.
Se sentaba en el suelo sin importar su estatus.
Jugaba con ellos.
Sin reservas.
Sin prejuicios.
Como si realmente fueran suyos.
Fenrael lo retaba a juegos de fuerza.
Intentaba demostrar que era “más fuerte”.
Cassian, con una leve sonrisa, se dejaba ganar algunas veces.
Naevira, en cambio…
lo arrastraba a juegos completamente distintos.
—¡Ahora tú eres el cliente! —le decía con autoridad.
Y así…
terminaban jugando a la cocinita.
Cassian…
el temido duque de sangre pura…
sentado en el suelo…
con un pequeño mandil atado torpemente.
Sosteniendo una tacita diminuta entre sus dedos largos.
—Esto está… aceptable —decía con total seriedad, probando una “sopa” inexistente.
La escena era tan absurda…
tan fuera de lugar…
que no podía evitar reír.
A veces tenía que cubrirme la boca para no interrumpir el momento.
Pero él…
nunca se quejaba.
Nunca se negaba.
Nunca mostraba molestia.
Solo los miraba…
con una suavidad que rara vez dejaba ver.
Como si, en esos momentos…
no fuera un duque.
No fuera un vampiro temido.
Solo…
un hombre.
Y en más de una ocasión…
me encontraba observándolo en silencio.
Preguntándome…
cuándo había empezado a verlo de esa manera.
Los días pasaban.
Las noches también.
Y sin darme cuenta…
esa rutina se volvió natural.
Cómoda.
Cálida.
Hogareña.
Algo que jamás imaginé sentir en un lugar como ese.
Todo…
se sentía en paz.
Perfecto.
Demasiado perfecto.
Y en el fondo…
muy en el fondo…
una pequeña parte de mí…
no podía evitar pensarlo.
Como si el destino…
siempre caprichoso…
estuviera esperando el momento exacto…
para romperlo todo.
.
.
.
Y así…
el día más esperado llegó...
el día que ambos esperábamos.
El día de la boda.
Desde el amanecer, el castillo del duque Cassian Bloodthorn estaba en completo movimiento.
Sirvientes iban y venían por los pasillos con una precisión impecable.
Vestido, joyas, arreglos florales…
Todo debía ser perfecto.
Sin errores.
Sin retrasos.
Sin imperfecciones.
Porque no era una boda cualquiera.
Era la boda del duque de sangre pura más importante del imperio vampírico.
Y de su hermosa prometida.
En mi habitación…
las doncellas me rodeaban como depredadores acechando a su presa.