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Susanne confió en quien no debía, lo entregó todo y descubrió muy tarde que un falso juramento puede llevarte al infierno.
Sin nada más que perder, que una vida que la axficia, tomará un camino de venganza lento y hasta humillante, pero si quiere ver a su enemigo caer de la cima al fango, ella tendrá que meterse hasta en su cama, con una nueva identidad y destruir lo que ese hombre atesora
Lo que Susanne no sabe es que en medio de su venganza, su corazón vuelva a amar y que eso pueda ser más peligroso que cumplir con su venganza.
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6. Un príncipe humano
Susanne no sabe cuánto ha recorrido, en algunas aldeas la ayudaron dándole orientaciones de cómo llegar al ducado de Salamanca, pero también ha tenido que huir de bandoleros que al verla sola querían aprovecharse a ella.
No sabe cuántas noches lleva sin dormir, tiene la piel quemada, el pelo enmarañado, la ropa sucia y un olor terrible, siente que ya no tiene fuerza para continuar, tal vez era mejor morir con sus abuelos y no sentir esa desolación que la consume.
Su cuerpo agotado cae al costado del camino, no tiene fuerzas ni aliento para ponerse de pie, se queda mirando el sol y pajarracos volando en el horizonte, supone que cuando muera, su cuerpo se convertirá en alimento para aves de carroña. Lágrimas corren por el costado de sus ojos.
- "Lo lamento, no pude cobrar venganza, no pude hacerlos pagar por su crimen", dijo Susanne con dificultad.
La jovencita creyó que su fin había llegado, y quedó tirada en la tierra hasta que perdió el conocimiento.
Un elegante carruaje pasaba por el camino, hasta que la voz de ¡Alto!, de uno de sus ocupantes hizo detener el paso.
Cuando los caballos detuvieron el paso, un hombre de cabello rubio, elegante e hidalgo bajó del carruaje, y se apresuró a acercarse a la joven tirada en el camino.
- "Traigan agua, aún respira", ordenó el caballero, después de revisar delicadamente a Susanne.
Los soldados obedecieron sin dudar. Aquel hombre no era otro que el príncipe Fernando Leopoldo Máximo, hijo menor del rey Jorge, soberano del reino de Lombardo.
- "Ferdinand no creo que ese sea el papel de un príncipe, debe ser una indigente sin familia, deja que algún soldado se encargue", dijo la joven que estaba dentro del carruaje desde la ventana del mismo.
- "Si proteger la vida de los súbditos del reino de mi padre, no es mi deber como príncipe, entonces de nada valdría mi existencia, cuando me casé contigo, me pareció eras muy afecta a la caridad, ¿qué es lo que está pasando contigo", replicó el príncipe Fernando, mientras mojaba la cabeza de Susanne y la hacía oler unas sales que llevaba consigo.
- "Lo siento, cariño, creo que el largo viaje ha alterado mi humor", expresó Lady Marieta, hija menor del duque de Restrepo, tratando de simular lo que no era; había hecho todo lo necesario para casarse con el príncipe, hasta fingir una bondad que no ha tenido.
- "Vamos, bebe un poco, niña", dijo Fernando con dulzura, mientras levantaba muy despacio la cabeza de Susanne para hacer que beba un poco de agua.
La joven tenía el cabello hasta pegado en el rostro, nadie que la conociera, podría reconocerla en ese estado.
Después de probar un poco de agua, Susanne abrió lentamente los ojos, cuando se encontró con unos ojos azules que la miraban con preocupación. Aunque ella se sobresaltó, ella estaba muy débil para intentar apartarse.
- "Tranquila, te llevaremos al pueblo más cercano, para que seas atendida", dijo Ferdinand, mientras la alzaba para subirle al carruaje.
- "¿La vas a llevar con nosotros", inquirió Marieta molesta sin poder evitarlo.
- "Es una pobre desdichada, el pueblo más pequeño no está muy lejos", replicó Fernando.
Marieta se apartó con un gesto de disgusto, arrugando la nariz. Había creído que casarse con un príncipe la elevaría por encima de todas, sería la envidia de sus amigas, que viviría rodeada de lujos y admiración. Sin embargo, su esposo distaba mucho de ser soberbio, ayudaba a cualquiera sin importar su condición, y aquella constante humanidad comenzaba a agotar su paciencia.
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