NovelToon NovelToon
Marcas De La Infancia

Marcas De La Infancia

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Centrado emocionalmente / Romance
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Heimy Zuñiga

No todas las cicatrices se ven en la piel. Algunas habitan en la memoria, en las emociones y en los recuerdos que tratamos de callar. La historia de Liam es un testimonio vivo de esas cicatrices invisibles y de la valentía de ponerlas en palabras.

NovelToon tiene autorización de Heimy Zuñiga para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capítulo 21: El pasado nunca muere

Durante días intenté convencerme de que todo había vuelto a su lugar.

La universidad seguía funcionando con la misma precisión de siempre: horarios exactos, pasillos llenos de ruido controlado, profesores hablando de estructuras que soportan peso sin colapsar. En la cafetería, el sonido de las bandejas de plástico y las discusiones sobre los exámenes parciales creaban una estática social en la que era fácil esconderse. Yo hacía lo mismo que siempre hacía. Llegaba temprano. Me sentaba cerca de la salida. Tomaba apuntes con una letra impecable. Nadie podía notar la tensión bajo la superficie.

Hazel también cumplía su parte del acuerdo silencioso. No se acercaba. Su distancia era respetuosa, casi quirúrgica. A veces, al cruzar el campus, nuestras miradas se encontraban por un segundo entre la multitud de estudiantes, y ese breve contacto era más real que cualquier conversación de pasillo.

Me repetía que así era mejor. Que si mantenía el control el tiempo suficiente, el miedo volvería a su caja. Que Hazel regresaría a ser solo una variable externa bien delimitada.

Me equivoqué.

Fue una tarde cualquiera, en el supermercado de Abel. El lugar estaba lleno; era la hora punta y el aire vibraba con el murmullo de los clientes, el tintineo de los carritos de compra y el "pip" incesante de las cajas registradoras. El olor a detergente se mezclaba con el de las frutas maduras. Yo acomodaba cajas en el pasillo cuatro, concentrado en la simetría de los estantes, cuando algo en el aire cambió.

No fue un sonido. Fue una presencia.

Sentí cómo el frío me trepaba por la espalda antes de entender por qué. Mis dedos se quedaron suspendidos en el aire, sosteniendo un envase de vidrio. El corazón me golpeó una sola vez, fuerte, como una advertencia. Levanté la mirada.

Robert.

El mundo perdió profundidad. Una señora pasó por mi lado quejándose del precio de los tomates, pero su voz sonó lejana, como si un muro de cristal se hubiera interpuesto entre el resto del mundo y yo. El zumbido de los refrigeradores se transformó en un pitido agudo que me atravesó el cráneo. Mi cuerpo reaccionó antes que cualquier pensamiento: sudor frío y las piernas tensándose para huir.

Robert caminaba por el pasillo con una elegancia depredadora, fuera de lugar entre las ofertas de cereal y la gente común. Se detuvo frente a mí, bloqueando mi única salida hacia el almacén.

—Mira nada más… —dijo, observándome de arriba abajo con esa sonrisa torcida que nunca llegaba a sus ojos—. El sobrino creció. Aunque sigues escondiéndote en lugares que no te corresponden.

Mi mandíbula se tensó hasta doler. Sentí el peso de su mirada, la misma que años atrás me hacía querer desaparecer. Pero esta vez, bajo el terror, algo nuevo se encendió: rabia. Una rabia sorda y espesa.

—No me hables —respondí. Mi voz salió baja, firme, desconocida incluso para mí—. No somos nada. No aquí.

La sonrisa de Robert vaciló apenas un segundo. Lo suficiente para que yo viera que ya no era el niño indefenso de la mansión.

—Siempre tan dramático —murmuró, dando un paso hacia mi espacio personal—. Tu padre dice que te estás volviendo difícil, Liam. La familia es la familia, no importa cuántas cajas de supermercado cargues para intentar olvidarlo.

Extendió la mano, quizás para tocarme el hombro o simplemente para marcar territorio. Me puse rígido, esperando el impacto del contacto que me destruiría.

—No me toques —dije, con una frialdad que heló mis propios nervios.

Robert bajó la mano, soltando una risotada seca.

—Disfruta tu libertad mientras dure, muchacho. Las estructuras con fallas de origen siempre terminan volviendo a manos del arquitecto.

Robert se alejó con la parsimonia de quien sabe que ya ha hecho el daño necesario. Lo vi doblar la esquina del pasillo de limpieza, desapareciendo tras una hilera de detergentes de colores brillantes.

Yo me quedé allí, de pie en medio del pasillo cuatro.

Una madre me pidió permiso con su carrito para alcanzar una caja de galletas. Me aparté mecánicamente, pegándome a las estanterías de metal frío, sintiendo cómo el pulso me retumbaba en las sienes. Quise soltar la caja que tenía en las manos y salir corriendo por la puerta de emergencia, pero no pude. No era un Lennox en ese momento; era un empleado con un turno que terminaba a las diez de la noche.

Tuve que obligarme a seguir. Cada movimiento me costaba el doble de energía.

Pasé las siguientes tres horas arrastrando palés de madera y organizando el inventario de la bodega trasera. El ruido de la transpaleta chirriando contra el suelo de cemento y el eco de las voces de los otros reponedores bromeando sobre el partido de fútbol del domingo se sentían como interferencia estática. Abel pasó un par de veces cerca de mí; me miró con detenimiento, notando quizá la palidez de mi rostro o la rigidez de mis hombros, pero no dijo nada. Me dio el espacio que sabía que yo necesitaba para no estallar.

Subí y bajé escaleras. Cargué bultos pesados hasta que los músculos me ardieron, usando el dolor físico como un ancla para no dejar que mi mente regresara a la mansión, a las manos de Robert, a los años de silencio. Ayudé a un par de clientes a encontrar artículos que tenían delante de sus ojos, forzando una cortesía que me rasgaba la garganta. El supermercado seguía vivo, ruidoso y banal, mientras yo sentía que me estaba ahogando en aire seco.

Cuando el reloj marcó por fin las diez, marqué mi salida en la máquina del personal con los dedos todavía entumecidos.

—Buen trabajo, muchacho. Ve a descansar —me dijo Abel desde la oficina, sin levantar la vista de sus cuentas.

No respondí. Salí a la calle y caminé rápido, esquivando a la gente que salía de los bares cercanos. El frío de la noche me golpeó la cara, pero no fue suficiente para limpiar la sensación de suciedad que Robert había dejado en el ambiente.

Recién entonces, cuando el metal de mi propia llave giró en la cerradura, me permití colapsar.

Pensé en Hazel. En sus manos abiertas. En cómo, cuando ella me tocaba, el pánico no aparecía.

Me senté en la oscuridad, con la espalda contra la pared, aceptando una verdad incómoda: Robert seguía teniendo poder porque él representaba la rotura. Hazel, en cambio, representaba el intento de reparación. Y el miedo no era por el contacto en sí.

Era por el miedo a que, si Robert seguía apareciendo, terminaría por destruir la única zona limpia que me quedaba: ella.

1
señorita_cash
.
señorita_cash
que personal..
Yorjany González Rodríguez
bien sigue haci pero trata de que cuando termines un capitulo el siguiente lo continue desde donde se quedo /Slight/
Heimy Zuñiga: Jaja muchas gracias... lo tendré en cuenta de ahora en adelante 👏
total 1 replies
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play