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CREI AMAR A MI ESPOSA

CREI AMAR A MI ESPOSA

Status: En proceso
Genre:Sustituto/a / Novia sustituta / Traiciones y engaños
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

Gabriela y Gonzalo apenas llevan poco de casados, pero su matrimonio se verá amenizado cuando Gabriela decide la tontería de intercambiarse con su hermana gemela, quien no es precisamente buena y que, además, está en prisión. ¿Podrá su matrimonio sobrevivir? ¿Podrá Gonzalo darse cuenta de quién está frente a él?

NovelToon tiene autorización de Mel G. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA CARETA DE ARLET.

...GABRIELA:...

Volvíamos del baño cuando vi a Brandon intentando controlar a Arlet.

Tenía las mejillas encendidas, los ojos brillosos, increíblemente ebria. No entendía en qué momento había pasado; cuando entré al baño, estaba bien. Mis padres trataban de ayudar a Brandon, pero era evidente que ya no podían contenerla.

—¡Ya basta, Arlet! —le susurraba Brandon, tenso—. Te estás pasando.

—¡Suéltame! —respondió ella, zafándose con un movimiento exagerado.

Arlet giró la cabeza hacia nosotras.

Y me vio.

—¡Hermanita! —gritó, alzando su copa medio vacía—. Te felicito por tu compromiso.

Sonreí.

Está bien… ¿quién no ha estado ebrio alguna vez en su vida?

—Gracias, Arlet…

No me dejó terminar.

—Disfrútalo —dijo, ladeando la cabeza—… mientras no te ponga el cuerno.

Sentí el golpe antes de procesar las palabras. Mi sonrisa murió ahí mismo, sin hacer ruido.

¿Qué carajo?

Gonzalo se tensó a mi lado.

—¡Ya llévensela! Está borracha —dijo Vania, harta.

Arlet soltó una carcajada amarga.

—¿Borracha? Pues entonces que lo sepan todos —alzó la voz—. Gonzalo te pondrá el cuerno… igual que Lauro se lo puso a Cora.

El silencio cayó de golpe.

Sentí cómo Gonzalo me rodeaba con el brazo, firme, protector, como si su cuerpo pudiera blindarme de lo que estaba a punto de pasar.

Vi a Cora tensarse. Vi a Lauro endurecerse. Nadie respiraba.

—¿Qué dijiste? —la voz de mi tía tronó, cortando el aire.

Arlet sonrió, torcida.

—Que Lauro le fue infiel a mi prima.

Los rostros se giraron al mismo tiempo. Yo no podía dejar de mirar a Cora. Estaba inmóvil. Como si le hubieran arrancado el suelo bajo los pies.

—¿Es cierto? —preguntó mi tío, con el rostro desencajado.

Lauro respiró hondo.

—Sí. Es cierto.

¿Qué?

¿Por qué mi hermana estaba haciendo eso?

¿Y cómo lo sabía?

El murmullo estalló. No era ruido: era juicio.

—¡Eres un desgraciado!

—¡¿Cómo permites esto, Cora?!

—¡Qué vergüenza para la familia!

Las palabras caían sobre ella como piedras. Yo quería gritar que pararan. Que nadie tenía derecho a meterse así.

—No la juzguen a ella —intentó Lauro—. La culpa es mía.

Nadie lo escuchó.

Arlet se soltó de Brandon y avanzó, tambaleante.

—Yo no miento —dijo—. Yo estuve con él. Y Cora lo sabe, porque le mandé el video… ¿o ya lo olvidaste, prima?

La sorpresa cayó sobre todos.

Sentí náuseas. Vi cómo los puños de Cora se cerraban.

Yo estaba incrédula. No podía creer lo que mi hermana estaba confesando. No así. No frente a todos.

—Y además —continuó Arlet—, me puso una demanda. Dice que la acoso. Que estoy obsesionada.

Entonces ocurrió.

El sonido seco de una bofetada me sobresaltó incluso entre los brazos de Gonzalo. Cortó el aire.

Arlet cayó contra Brandon. Todos quedamos helados. Mi madre, con el rostro desencajado, la había cruzado la cara.

—¡Esto es inaceptable! —le gritó.

Nunca había visto a mi madre así. Nunca con Arlet.

—¡Nos has avergonzado! —añadió mi padre.

Sentí una lágrima bajar sin permiso. No por Arlet. Me dolía mi hermana… y también Cora.

Lauro fue expulsado. Cora quiso seguirlo. La detuvieron.

Entonces habló.

—No soy la víctima que ustedes creen —dijo, con la voz temblorosa pero firme—. Estoy con él porque es mi elección. Porque lo amo.

¿De verdad se puede amar a alguien después de eso?

Nadie respondió.

Me aferré a Gonzalo, que se mantuvo al margen, firme, neutral… sosteniéndome.

Ahora entendía lo que mi prima quiso decirme en el baño.

Por qué tenía ese concepto de mi hermana.

Y por primera vez, me dolió aceptar que quizá… no estaba equivocada.

...****************...

Gonzalo manejaba con la vista fija al frente y yo iba completamente en silencio. El momento había sido profundamente desagradable.

Él no preguntó nada, no decía nada, y en parte se lo agradecí.

Fui yo la primera en romper el silencio.

—Nunca había visto esta faceta de mi hermana.

Él me miró apenas, de reojo, sin apartar la atención del camino.

—Las personas estamos hechas de distintas partes —respondió—. De actos, de conductas, de momentos distintos a lo largo de la vida.

Por un instante pensé que me daría una respuesta profesional, distante. No lo hizo.

—Las personas cometemos errores —continuó—. Y hay que entender el contexto, las circunstancias. No estoy diciendo que lo que hizo tu hermana esté bien, pero tal vez hay más detrás de lo que se vio hoy.

Guardé silencio.

—Si tu relación con ella ha sido buena —añadió—, aunque eso no borra lo que pasó ni lo justifica, sí puede cambiar la manera en que lo mires. Tal vez deberías hablar con ella. No ahora, pero en algún momento.

Lo miré durante unos segundos.

Entonces él volvió a mirarme de reojo, como si supiera exactamente lo que estaba pasando por mi cabeza.

—No sé si quiero hablar con ella —admití al fin.

Gonzalo asintió despacio.

—Eso ya es bastante honesto —dijo—. A veces el silencio también es una forma de cuidarse.

Apoyé la frente contra el vidrio de la ventana. Las luces de la calle pasaban una tras otra, borrosas.

—Me duele —confesé—. Siempre he tenido riñas con Cora, pero lo que hizo…

Gonzalo soltó el volante con una mano solo un segundo, lo suficiente para apoyar la suya sobre la mía.

—Entiendo que te sientas decepcionada de tu hermana —dijo—. Pero no cargues con rencores que no son tuyos.

Guardé silencio.

—Tal vez tengas razón —murmuré.

Su mano se quedó sobre la mía.

—Tranquila.

...****************...

A la mañana siguiente nos levantamos temprano para poder recoger a Zoe en el aeropuerto. Cuando le dije que me casaría en dos meses, su grito a través del teléfono casi me revienta el tímpano.

Pero al salir de la habitación me encontré con mi hermana. Tenía un fuerte dolor de cabeza; la borrachera de la noche anterior aún le pasaba factura.

Le pedí un momento a Gonzalo. Dijo que me esperaría abajo.

Entré a la habitación de Arlet sin tocar.

—Ya sé que me equivoqué —dijo sin verme, apenas sintió mi presencia.

—¿Eres consciente de lo que hiciste? —pregunté.

—Sí. Soy consciente. Y también sé que fue irresponsable decir algo así frente a todos.

—Llegaste demasiado lejos.

—No te atrevas a juzgarme, Gabriela. ¿Ya se te olvidó lo que pasó el día que te fuiste?

—No te atrevas a comparar eso con esto —respondí de inmediato—. Yo no hice nada. Y además, yo era una adolescente. Tú eres una adulta, Arlet.

Todo lo que me dijiste sobre que estabas ayudándola a despegar su carrera era mentira.

—No. No lo era.

Me miró y luego tomó un analgésico.

—Lo hiciste porque no te cae bien, ¿no es así?

Me miró molesta. Caminó hacia mí. No le bajé la mirada.

—No me cae bien, pero no lo hice por eso.

—Entonces, ¿por qué?

—Porque me enamoré.

—¿Qué?

— Tu no lo sabes, pero él y yo nos conocimos primero. Y ella se interpuso.

La miré incrédula.

—Ya sé que no me crees. Siempre te llevaste mejor con ella que conmigo. La prefieres.

—Eso no es cierto —respondí de inmediato.

Lo era. Pero no porque dejara de lado a mi hermana. Simplemente, Cora y yo, cuando éramos niñas, compartíamos gustos, y conforme crecimos también compartimos problemas. Eso hacía que nos entendiéramos.

—Él me sedujo —continuó—. Me dijo que la dejaría. Y yo le creí, como una tonta. Me he sentido culpable desde entonces… y por eso quise ayudarla.

—¿Y la demanda? —pregunté.

Se tensó.

—Tal vez por un tiempo estuve detrás de él —admitió—, pero eso quedó en el pasado.

— ¿Y el video?

Cerró los ojos con lágrimas. — Yo quería que ella lo dejara, pero eso tampoco pasó.

Me miró esperando que le creyera.

Pero se decepcionó.

—Si no me crees, ¿qué haces aquí, eh? Lo último que necesito es que mi hermana, a la que he visto cuando mucho dos veces en diez años, venga a darme sermones de moral.

Se giró molesta y se dejó caer en la cama, tomándose la cabeza.

Bajé la guardia y me acerqué a ella, sentándome a su lado.

—Entiendo que te equivocaste. Lo importante también es que estás arrepentida y que no busques a ese hombre de nuevo —mi tono fue más suave—. Tú mereces a alguien que te ame libremente. Mírate, eres famosa, cantas divino y eres una mujer extraordinaria; cualquiera estaría feliz de tenerte. Además, eres hermosa.

Ella se rió.

—Me parezco a ti…

—Por eso —le dije.

Nos abrazamos.

—Espero que te sientas mejor cuando vuelva, porque iremos a buscar mi vestido.

—No te preocupes, aunque sienta que la cabeza se me parte en dos, te voy a acompañar.

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