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Enamorarse De Un Maxwell

Enamorarse De Un Maxwell

Status: En proceso
Genre:Elección equivocada / Traiciones y engaños / Reencuentro / Matrimonio arreglado / Amor-odio / Romance de oficina
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alejandro Briñones

Haberle querido fue un error, pero seguía deseándole…

NovelToon tiene autorización de Alejandro Briñones para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 11

«Si surge algo, comunicádmelo».

Las última palabras de Nathan resonaron en el cerebro de Danel varios días. Sabía que su hermano se refería a posibles pistas sobre el espionaje, pero su mente tomaba otros derroteros.

Helena solo llevaba dos semanas en su casa, pero él ya estaba de mal humor. Sus hermanos habían sido muy generosos al no reprocharle el tiempo que llevaba sin trabajar. Habían compartido el peso de la responsabilidad y continuado dirigiendo la empresa, lo cual implicaba que estaban más ocupados de lo habitual.

Ahora le tocaba a Dan dedicarse a importantes problemas de la empresa y dejar que Nathan y Fabio volvieran a hace lo que mejor se les daba.

Por desgracia, eso implicaba que Dan debía utilizar el considerable talento de Helena. Ahora que vivían bajo el mismo techo, no estaba seguro de poder hacerlo. Aunque no sentía animosidad hacia ella por la forma en que había terminado la relación, sería un error estúpido, en muchos sentidos, dejar que los sentimientos personales interfirieran.

Helena era una empleada de la empresa, una empleada del máximo nivel. Daba igual que él siguiera reaccionando físicamente ante ella. Era terreno prohibido. Además, ella le había dejado muy claro hacía dos años que no era el hombre que quería en su vida de forma permanente.

No le echaba la culpa, ya que él era un canalla egoísta. Había puesto su deseo de enfrentarse a las pendientes nevadas por encima del bien de su familia y ahora debía atenerse a las consecuencias.

En esos momentos se había tomado unos minutos de descanso del claustrofóbico despacho, con el pretexto de estirarse. Helena había trabajado en silencio toda la mañana, sin prestarle prácticamente atención. Le daba igual. Lo único en que pensaba era en llevársela a la cama.

Después de una tanda de ejercicios en la máquina de remo, que lo dejó sudoroso pero aún inquieto, pasó a la prensa de piernas. Su movilidad aumentaba de día en día. Para una persona normal, la velocidad de su recuperación sería motivo de alegría. Sin embargo, a Dan no le satisfacía lo normal ni lo corriente. Llevaba años persiguiendo lo extraordinario: ser mejor, más fuerte y más rápido.

Si no era un esquiador que ganaba medallas, ¿quién era? La empresa no contaba. Dirigirla era lo que hacía no lo que era.

Por desgracia, los principios que se aplicaban a ser un deportista de élite no valían para las relaciones personales. No había conocido a su madre. Aunque estaba muy unido a sus hermanos, no tenía hermanas. Su padre había conducido la vida familiar de forma autoritaria y había arrancado cualquier atisbo de emoción a los hermanos a golpes de cinturón.

Dan había sufrido más de lo necesario porque era obstinado y no quería darle a su padre la satisfacción de verlo llorar. Tal vez estuviera incapacitado desde el principio para entender el sexo femenino. No tenía mucho que ofrecer a una mujer en cuanto a intimidad sentimental, por lo que sus relaciones solían ser breves y convenientes. No estaba educado para la intimidad que las mujeres deseaban.

Helena fue la primera que le hizo preguntarse si podía enamorarse. Y ya se veía el resultado.

Soltó una maldición cuando le cayo más sudor a los ojos. Aquello era una locura. Consentía que la presencia de Helena en la casa interfiriera en su recuperación. Ella estaba de paso. No había vuelta al pasado.

Se duchó y volvió al despacho solo porque se negaba a ser cobarde.

Helena lo saludó con una sonrisa.

–Tengo un montón de preguntas y no puedo seguir si no me las respondes.

¿Cómo podía estar siempre tan contenta?

¿Verdaderamente no se daba cuenta del deseo desesperado que lo consumía?

Diez minutos después, Dan se hallaba sentado a su lado examinando informes y datos para enviarlos a los distintos jefes de departamento.

Cada vez que se inclinaba para comprobar una cifra o contestar una pregunta, aspiraba el aroma de ella, que reconocía. Salivaba y su cuerpo se ponía en estado de alerta. Su forzoso celibato, unido a la llegada de aquella mujer extraordinaria a su monástica existencia, le excitaba y desesperaba.

¿Cómo iba a sobrevivir mes y medio sin abalanzarse sobre ella?

Helena, por el contrario, no parecía darse cuenta de su existencia. Se levantaba temprano y se iba a correr por el bosque. Después, él oía que se duchaba. Los recuerdos de su cuerpo húmedo lo atormentaban.

Cuando ella llegaba a desayunar, hablaban de trivialidades y después iban a trabajar. La mujer que, al principio de la relación, flirteaba y discutía con él, había desaparecido. Tal vez, al igual que él, hubiera decidido que el trabajo era más importante que retomar una antigua relación.

A comienzos de la tercera semana, Dan estaba harto. Si no salía pronto de aquella casa iba a morir de claustrofobia.

Al llegar al despacho, Helena estaba trabajando.

–Fabio ha llamado al teléfono fijo. Dice que no contestabas al móvil.

Dan se sintió culpable. No había hecho caso del móvil en toda la mañana.

–¿Era urgente?

–Creo que se preocupan por ti.

Él notó que se sonrojaba.

–No soy un niño. ¡Maldita sea! Estoy a cargo de la empresa.

–Ya lo sé, Dan, y ellos también. Pero has estado a punto de morir y has tenido que renunciar, al menos temporalmente, a algo que te encanta. Y, además, has perdido a tu padre.

Él frunció el ceño.

–No me dejan respirar. Te juro que no voy a hacer ninguna tontería, pero no consentiré que me asfixien.

–Muy bien. ¿No sería mejor que te diera un respiro? Puedo irme a casa y volver dentro de una semana.

La idea lo sobresaltó.

–De ningún modo. Tú no eres el problema. Pero he tenido una idea y espero que te parezca bien.

Ella lo miró con expresión cautelosa.

–¿Qué idea?

–Nathan tiene entradas para ver Hamilton en Nueva York este fin de semana con una de sus amigas. Ella está enferma y él dice que, con tan poco tiempo, no quiere buscar a otra que la sustituya. Fabio le había comentado que eres aficionada a la historia, por lo que han pensado que te gustaría ver el musical. Conmigo –añadió.

–No conozco Nueva York y es algo que siempre he querido hacer. ¿Cómo iríamos?

–Todavía no puedo pilotar nuestro avión, pero puedo contratar a un piloto para que nos lleve y nos traiga de vuelta. Tendríamos dos habitaciones de hotel, desde luego. Necesitarías un vestido elegante para las dos noches y ropa informal si decidimos dar un paseo por Central Park. También podemos ir de compras, si te apetece.

Ella lo miró fijamente durante unos segundos.

–¿Se trata de un ardid para seducirme, Dan?

–Por supuesto que no –contestó él, irritado–. De vez en cuando pienso en los demás. Quiero que te diviertas.

–Tranquilízate. Te agradezco el detalle, pero no eres tonto. Tienes que haberte dado cuenta de que te sigo deseando.

Él la miró boquiabierto…

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Celinda Piña
directo al grano Helena 🤣🤣
Celinda Piña
estamos frente a un macho alfa loquito 😱👦
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