Desde la noche en que presenció la muerte de su padre, Eleonore Montrose no ha vuelto a hablar. Su silencio, convertido en motivo de vergüenza para su familia, es usado por su madrastra, Lady Agatha, para someterla y ofrecerla en matrimonio a un hombre al que no conoce: Lord Edmund Blackwood, heredero de una antigua casa junto al mar.
Obligada a unirse a un extraño y exiliada en una mansión llena de ecos, Eleonore descubrirá que el silencio puede ser también un refugio… y que el amor, incluso en medio de la imposición, puede revelar verdades que todos preferirían mantener enterradas.
Pero cuando los recuerdos reprimidos regresen, su voz —la que creían perdida— podría ser tanto su salvación como su condena.
HISTORIA DE 25 CAPÍTULOS. GRACIAS POR LEER.
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CAPITULO 11
El carruaje avanzaba por caminos empapados de rocío, dejando tras de sí un hilo de vapor que se perdía entre los árboles. El amanecer apenas se atrevía a colarse entre las ramas, y el traqueteo de las ruedas sobre el barro llenaba el silencio con un ritmo irregular, casi hipnótico.
Eleonore se mantenía erguida, con las manos entrelazadas sobre el regazo. El movimiento del vehículo hacía que, de tanto en tanto, el brazo de Edmund rozara el suyo. Ese contacto breve —casi un accidente— bastaba para calmarla. Era su forma de decirle estoy aquí, sin palabras, sin miradas.
—Mi padre estará esperando —dijo Edmund sin apartar los ojos de la ventana—. Y no se contenta con visitas breves.
Eleonore escribió rápido, la pluma temblando un poco sobre la libreta: “¿Cree que me despreciará?”
—No —respondió él, después de leer—. Solo mide a todos con su propia vara.
Hizo una pausa, más larga que necesaria.
—Y su vara es cruel, incluso conmigo.
El carruaje redujo la marcha al internarse por un camino de grava. La mansión surgió entre los árboles, enorme y silenciosa, con ventanales que atrapaban la luz gris del atardecer como ojos vigilantes.
Los sirvientes los recibieron con una solemnidad que más parecía duelo que bienvenida. Ninguno alzó la vista. Cada paso de Eleonore resonó en el mármol como si el eco la siguiera, registrando su presencia indebida.
El duque aguardaba en lo alto de la escalera principal, erguido, inmóvil, como si el tiempo no se atreviera a avanzar sin su permiso.
—Edmund. —Su voz llenó el vestíbulo con una autoridad que helaba el aire—. Traes a tu esposa.
No hubo saludo ni sonrisa. Solo un reconocimiento gélido, casi judicial.
La mirada se posó en Eleonore como una sentencia dictada antes del juicio.
Ella apretó el cuaderno contra el pecho, como si pudiera protegerla. Edmund, en cambio, dio un paso al frente y tomó su mano. El gesto fue discreto, pero firme: una promesa muda.
“Confío en usted”, escribió ella con letra apretada.
Él la miró un instante, y asintió.
—Y yo en usted —susurró.
Durante el almuerzo, el tintineo de la vajilla fue el único sonido amable. La conversación era mínima; incluso el fuego en la chimenea parecía quemar con cautela.
Los hermanos de padre, menores que Edmund, llegaron tarde, riendo entre murmullos. La mesa, que hasta entonces parecía un tribunal, se volvió de pronto un circo.
—Así que ella es la futura duquesa —dijo uno, dejando la copa sobre el mantel con fingida elegancia—. No imaginé que el heredero de la casa elegiría una esposa muda.
Edmund levantó la vista.
—Cuida tus palabras.
El otro, más joven, rió con un brillo insolente.
—Vamos, hermano. Padre solo quiere un heredero. Y para eso no se necesita conversación, ¿verdad?
El duque no intervino. Observaba la escena con la calma del verdugo que espera su turno, afilando la mirada como si fuera una hoja.
Eleonore sintió el calor subirle al rostro. Quiso escribir algo, pero la pluma temblaba tanto que apenas podía sostenerla. Edmund colocó su mano sobre la de ella, deteniéndola.
—No vuelvas a hablar de ella —dijo con voz baja, contenida, pero tan tensa que el aire pareció detenerse—. O me obligarás a recordarte quién soy.
El silencio que siguió fue tan denso que nadie osó respirar.
Entonces el duque habló:
—Edmund, tu deber no ha cambiado. Haz lo necesario para mantener el nombre.
La frase cayó sobre la mesa como un peso invisible. Edmund no respondió; solo tomó la copa y la dejó intacta.
Eleonore escribió una sola palabra, temblando: “Perdón.”
Él negó con suavidad.
—No tiene nada que disculpar.
Más tarde, cuando el sol se apagaba tras los muros, Edmund la llevó hasta el jardín trasero. El aire olía a hierba mojada, a tierra limpia, a una libertad que parecía prohibida dentro de la casa.
Caminaron entre los setos que formaban un laberinto hasta llegar a un banco de piedra bajo un viejo tilo.
—Aquí nadie nos observa —dijo él, y por primera vez en el día, sonó humano.
Eleonore dejó el cuaderno a un lado. Edmund colocó su capa sobre sus hombros sin pedir permiso. Sus dedos se rozaron, y ese roce contenía más ternura que todas las palabras que la nobleza había olvidado usar.
“Es distinto aquí”, escribió ella, mirando las hojas que caían lentamente.
—Lo sé —respondió él—. Pero mientras estemos juntos, el resto del mundo puede esperar.
Un gorrión pasó volando sobre ellos, rompiendo el silencio con un breve canto. Eleonore levantó la vista hacia su esposo y no sintió miedo, era como que en su silencio pudiera ver al verdadero hombre, no al monstruo que los rumores llevan y traen.
Cuando el carruaje partió de regreso, el cielo se había vuelto violeta. A través de la ventana, la mansión se desdibujaba entre la niebla, lejana, casi irreal, como un mal sueño que el amanecer disiparía.
Sabía que la sociedad seguiría siendo cruel, que las lenguas seguirían juzgando su silencio. Pero junto a Edmund había hallado algo más fuerte que un título, más duradero que un juramento: refugio.
Me gusta que ellos se vayan conociendo y vayan fortaleciendo la relación, que triste sería que ellos estuvieran por obligación, cuando una pareja debe estar porque se ama, se complementa, se entiende, hay una complicidad que da esa sensualidad que sacas cuando te sientes en confianza.