Él es Leonardo "Leo" Santamaría, hijo de uno de los dueños del hospital más prestigioso del país. Un médico brillante, pero arrogante y mujeriego. Es conocido por sus noches de fiesta, su actitud despreocupada y su fama de ser un profesor insoportable. Para él, la vida es un juego en el que nunca ha tenido que luchar por nada… hasta que la conoce a ella.
Ella es Isabela "Isa" Moreno, una estudiante de medicina determinada a convertirse en doctora para asegurar un futuro para su hijo. A sus 24 años, ha aprendido a ser fuerte, a sobrevivir sin ayuda y a mantener su vida privada en secreto. La última persona con la que querría cruzarse es con un profesor prepotente como Leo, pero el destino tiene otros planes.
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capítulo 11
Han pasado cinco años desde todo lo que viví, y hoy me encuentro en un lugar completamente diferente. Soy cirujana en el Hospital MAYO CLINIC, uno de los hospitales más grandes y prestigiosos de Estados Unidos. Nunca imaginé que llegaría tan lejos, pero aquí estoy, y todo lo que he logrado es gracias a que decidí ser más fuerte, más exigente conmigo misma y nunca dejar de dar un paso más.
Al principio, todo parecía imposible. Había muchas veces en las que me sentía cansada, como si todo fuera demasiado, pero algo dentro de mí me decía que no podía rendirme. No quería seguir siendo la misma persona vulnerable que había sido antes. Me prometí a mí misma que iba a ser diferente, que iba a pelear por mis sueños y no dejar que las circunstancias me definieran.
Hoy, mirando hacia atrás, puedo ver todo lo que he aprendido. Me he convertido en alguien más segura, más decidida. Cada vez que enfrento un desafío, no pienso en lo difícil que es, sino en lo que puedo aprender de él. Me he dado cuenta de que no importa lo que haya pasado antes, lo que importa es lo que decido hacer ahora.
Ser cirujana no es fácil, pero me apasiona. Cada vez que ayudo a un paciente, siento que todo el esfuerzo ha valido la pena. Me esfuerzo al máximo porque quiero ser la mejor en lo que hago, y aunque a veces me siento cansada, nunca dejo de luchar por lo que quiero.
He aprendido que no necesito que nadie más valide mi esfuerzo. Soy capaz de lograr lo que me propongo, y eso es lo que me impulsa a seguir adelante cada día.
En el departamento de cirugía, estamos Owen, Carter, Emma y yo, somos los cirujanos principales, y nuestro jefe de cirugía es James. Hoy es un día importante porque ingresan nuevos residentes, y cada uno de nosotros tendrá que capacitar a cinco residentes. Es un desafío, pero también una gran responsabilidad.
Sé lo difícil que es ser residente, porque yo misma pasé por eso, y ahora me toca ayudar a otros a pasar por ese proceso. Estoy decidida a guiarlos bien, a enseñarles todo lo que sé, y a asegurarme de que aprendan lo que realmente importa en nuestra profesión: la precisión, la empatía y el trabajo en equipo.
Esa tarde, después de un largo día en el hospital, me dirigí a casa, con la cabeza llena de pensamientos y el corazón un poco más tranquilo. Mi hogar, que había sido un refugio para mis hijos y para mí, había mejorado tanto en estos años. Habíamos hecho muchas reformas, haciéndolo más acogedor, más cómodo. Era un lugar donde mis gemelos, Matías y Mariana, podían crecer sin las preocupaciones que yo tuve de niña.
Al llegar, los escuché reír y jugar en el salón. Matías y Mariana, con 12 años, seguían siendo tan adorables y listos como siempre. Mariana, con su sonrisa brillante, y Matías, un poco más serio, pero siempre tan dulce. Aunque, últimamente, Matías empezaba a parecerse mucho a su padre. A veces me sorprendía cómo ciertas costumbres o gestos parecían venir de él.
Un día, mientras nos sentábamos para cenar, recibí un mensaje de la madre del papa de mis hijso, mi suegra. Decía que quería conocer a sus nietos. Al principio, me sentí tensa. No quería que mis hijos tuvieran que enfrentarse a esa parte de su pasado, esa parte de su vida que preferiría olvidar. Pero, al mirar a Matías y Mariana, supe que no podía ser egoísta. Ellos merecían tener la oportunidad de conocer a sus abuelos, de decidir por sí mismos si querían tenerlos en sus vidas o no.
Les conté la verdad, sin rodeos. Matías, como siempre, fue más serio y más distante en su reacción. “¿Por qué? ¿Por qué no lo dijeron antes?”, preguntó, con algo de enojo, pero también con confusión. Mariana, por otro lado, se quedó en silencio, observando todo, con los ojos muy abiertos, como si estuviera tratando de comprender la situación.
Y desde ese día, las cosas empezaron a cambiar, no dejaban de preguntar por ellos, de visitarnos y de involucrarse más. Al principio, hubo momentos incómodos, momentos de tensión, pero poco a poco, las visitas se hicieron más frecuentes, las sonrisas más sinceras, y los lazos, aunque lentos, comenzaron a formarse.
Tres años habían pasado desde esa decisión, y aunque todo no era perfecto, mi familia había encontrado un equilibrio. Mis hijos, aunque todavía algo reservados, ahora se sentían cómodos con la idea de sus abuelos en sus vidas. Me sentí agradecida de haber tomado esa decisión, de haberles dado la oportunidad de conocer su historia completa.
Estimada escritora, ojo con los cambios de nombres y apellidos.