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Posesión Asfixiante

Posesión Asfixiante

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Atracción entre enemigos / Completas
Popularitas:9.5k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Solís lo perdió todo a los quince años: sus padres, su herencia, su futuro. Cinco años después, sobrevive en Ciudad de México diseñando vestidos con las técnicas textiles que su madre le enseñó — hasta la noche en que un hombre de ojos claros y guantes blancos la salva de una muerte segura.

Héctor Elizondo no salva a nadie sin razón. Como patriarca de la familia más poderosa de México, controla todo: mercados, hombres, destinos. Ahora quiere controlarla a ella.

Valentina no es fácil de domar. Pero entre jaulas doradas y diamantes de sesenta millones de dólares, entre la guerra con su propio hermano y los secretos que ella esconde, Héctor descubre algo que no esperaba: que la mujer a la que capturó es la única capaz de destruirlo.

¿O de salvarlo?

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Capítulo 2

Jaula dorada

El hombre de los guantes blancos estaba de pie en el umbral del pasillo interior, con los lentes dorados reflejando la primera luz de la mañana.

Valentina no gritó.

El miedo le cerró la garganta de una forma más útil: la obligó a mirar rápido. Distancia hasta la puerta, cuatro pasos. Cerradura electrónica a su derecha. Una lámpara pesada sobre la mesa de mármol. Él no traía arma visible, pero eso no significaba nada. Los hombres como él no necesitaban cargar pistolas cuando podían llenar una calle con ellas.

—¿Dónde estoy? —preguntó.

—A salvo.

La respuesta la hizo soltar una risa seca.

—Eso no fue lo que pregunté.

El hombre avanzó un paso. Ella tomó la lámpara con ambas manos y la levantó como si pudiera romperle el cráneo, aunque el peso casi le arrancó los brazos.

Él miró la lámpara. Después miró sus pies descalzos.

—Si intentas golpearme con eso, te vas a lastimar la muñeca.

—Acérquese y averiguamos.

Por primera vez, algo parecido a interés le tocó la boca. No fue una sonrisa. Era peor. Parecía la reacción de alguien que había encontrado una pieza rara en medio de basura y estaba decidiendo cuánto valía.

—Lomas de Chapultepec —dijo—. Estás en mi departamento.

Valentina tardó un segundo en procesarlo.

Lomas.

No una casa cualquiera. No un hotel. Lomas de Chapultepec, donde la ciudad cambiaba de idioma sin salir de México; donde las banquetas eran limpias, los muros tenían cámaras y los nombres de las familias pesaban más que las placas de los coches.

Miró alrededor con más cuidado. La habitación no era solo grande. Era silenciosa de una forma cara. Los muros color piedra, la madera oscura, el cristal de piso a techo al fondo del pasillo, todo parecía elegido por alguien que jamás había tenido que preguntar el precio de nada. A través de la sala abierta vio una franja del Bosque de Chapultepec todavía envuelto en neblina.

Su taller cabía tres veces ahí.

—Quiero irme.

—No.

Una sola palabra.

Valentina apretó la lámpara.

—No puede retenerme aquí.

—Puedo.

—Eso es secuestro.

—Es protección.

—Es secuestro con muebles caros.

Ahora sí, la comisura de él se movió apenas.

—Tienes carácter.

—Y usted tiene una puerta cerrada. Abra.

—No.

Valentina sintió el impulso salvaje de arrojarle la lámpara aunque fallara. Antes de hacerlo, una mujer apareció detrás de él con una charola entre las manos. Era mayor, de cabello recogido y expresión suave, vestida con uniforme impecable. Al ver la escena, no pareció sorprendida. Solo suspiró con discreción.

—Señorita, por favor baje eso antes de que se corte —dijo con cuidado—. Traje café, pan dulce y algo para el golpe.

La normalidad de la frase la enfureció más.

—No quiero café. Quiero mi ropa, mi teléfono y salir de aquí.

—Su ropa está limpia, señorita. Su teléfono se dañó anoche, pero ya están viendo eso.

—¿Quiénes?

La mujer miró al hombre de los guantes antes de contestar.

—El equipo del señor Elizondo.

El apellido cayó en la habitación con un peso distinto.

Valentina lo había escuchado en noticias, columnas de negocios, chismes de ricos que llegaban hasta las clientas que regateaban en su taller. Familia Elizondo. Bancos, constructoras, puertos, medios, hospitales, fundaciones. Un imperio tan grande que la gente hablaba de ellos como si fueran clima: algo que estaba ahí, por encima de todos.

—Héctor Elizondo —dijo ella, y el nombre le supo a problema.

—Héctor Elizondo Montemayor —corrigió él.

No lo dijo por vanidad. Lo dijo como se firma una sentencia.

La mujer dejó la charola sobre la mesa. Valentina notó que había té de manzanilla, café de olla, un plato con conchas miniatura y una pomada medicinal. También vio su bolsa de telas al fondo, seca y abierta, con los retazos extendidos sobre una silla para que terminaran de airearse.

El detalle la desarmó por un segundo.

—Me llamo Consuelo —dijo la mujer—. Si necesita algo, puede pedírmelo.

—Necesito salir.

Consuelo bajó la vista.

—Eso no está en mis manos.

—Entonces no me sirve.

La dureza salió antes de que Valentina pudiera frenarla. Consuelo no se ofendió. Solo le acercó un vaso de agua y se retiró cuando Héctor levantó dos dedos.

La puerta del pasillo se abrió de nuevo y entró Rodrigo, el hombre joven de la noche anterior. Ya no llevaba la pistola a la vista, pero Valentina no necesitaba verla para recordarla. Traía una carpeta negra bajo el brazo y su bolsa de tela en la otra mano.

—Señor —dijo.

—Déjala.

Rodrigo dejó la bolsa en una silla, con la llave del taller dentro de una pequeña bolsa transparente.

—Los tres hombres ya están identificados. Dos trabajaron para empresas fachada vinculadas a Raúl Solís. El tercero tenía antecedentes por cobro violento. Ninguno va a hablar hasta que llegue el licenciado.

Valentina olvidó la lámpara.

—¿Qué dijo?

Rodrigo calló.

Héctor no.

—Raúl Solís te mandó seguir.

—Eso no lo sabe.

—Sí lo sé.

—Usted no sabe nada de mí.

Héctor extendió la mano, y Rodrigo le entregó la carpeta.

El gesto fue tan simple que a Valentina le revolvió el estómago. Como si su vida estuviera ahí, impresa, perforada y ordenada por fecha.

Héctor abrió el expediente.

—Valentina Solís Herrera. Veinte años. Nacida en Oaxaca de Juárez. Padres: Manuel Solís y Amalia Herrera. Fallecidos cuando tú tenías dieciséis años.

—Cállese.

Él pasó una hoja.

—La versión oficial fue accidente carretero. No lo fue.

El mármol bajo los pies de Valentina dejó de sentirse frío.

—Le dije que se callara.

—Tu tío Raúl tomó control de las propiedades familiares antes del funeral. La casona en Oaxaca, dos terrenos, una cuenta de inversión que desapareció en tres transferencias. Después te mandó a la Ciudad de México con una cantidad ridícula y una mentira sobre deudas.

La lámpara se le resbaló de las manos y cayó sobre la alfombra con un golpe sordo.

Durante años, Valentina había armado esa historia con pedazos sueltos. Firmas que no reconocía. Papeles que Raúl no le dejaba leer. Vecinos que bajaban la voz cuando ella preguntaba. Pero escucharlo así, dicho por un desconocido en un departamento imposible, le abrió una herida que había aprendido a tapar con trabajo.

—¿Por qué tiene eso?

—Porque lo necesitaba.

—¿Para qué?

Héctor cerró la carpeta.

—Para encontrarte antes que ellos.

—¿Ellos quiénes?

—Los que creen que sigues siendo una pieza pequeña en un pleito viejo.

Valentina tragó saliva. Sintió la sangre golpeándole en las sienes.

—No soy pieza de nadie.

—Anoche casi te suben a una camioneta sin placas.

—Y usted me subió a una camioneta blindada. ¿Quiere que le aplauda la diferencia?

Rodrigo bajó la mirada, como si acabara de descubrir un punto interesante en el piso. Héctor no se movió.

—La diferencia es que conmigo sigues viva.

—La diferencia es que usted tiene mejor traje.

El silencio se tensó.

Valentina supo que había ido demasiado lejos cuando Rodrigo enderezó los hombros. Pero Héctor, en lugar de enojarse, se quitó un guante con calma. Dedo por dedo. La acción fue lenta, íntima y absurda en medio de la amenaza.

Su mano desnuda tenía cicatrices antiguas sobre los nudillos.

—Escúchame bien, Valentina —dijo.

Que usara su nombre sin permiso le erizó la piel.

—No vas a volver a tu taller. No vas a tomar un taxi. No vas a contestar llamadas de tu tío. No vas a abrir esa puerta. Durante los próximos días, tu mundo empieza y termina aquí.

—¿Porque usted lo dice?

—Sí.

Valentina respiró hondo. Si lloraba, perdía. Si suplicaba, perdía. Así que levantó la barbilla.

—Entonces llame a la policía. A un abogado. A quien quiera. Hágalo legal.

Héctor dejó el guante sobre la mesa.

—La mitad de la policía que podría atender tu denuncia le debe favores a mi familia. La otra mitad no querría meterse con Raúl si supiera quién está detrás de él. Y un abogado ya viene en camino, pero no para sacarte de aquí.

La habitación se hizo demasiado grande.

Valentina miró a Rodrigo, buscando una grieta humana. Él no parecía cruel. Eso era lo peor. Parecía convencido.

—¿Usted también cree que esto está bien? —le preguntó.

Rodrigo tardó un segundo.

—Creo que anoche habríamos llegado tarde si el señor no hubiera dado la orden.

No era respuesta. Era lealtad.

Valentina volvió a mirar a Héctor.

—¿Qué quiere de mí?

Él no contestó de inmediato. Caminó hacia la sala, y ella lo siguió por puro instinto, negándose a quedarse encerrada en una esquina. El ventanal ocupaba toda la pared. Abajo, la ciudad despertaba sin saber que ella estaba atrapada sobre ella, en una jaula tan perfecta que nadie oiría los barrotes.

Sobre la mesa de centro había otro objeto: una fotografía vieja de sus padres frente a la casona de Oaxaca.

Valentina se quedó sin aire.

—¿De dónde sacó eso?

—De un archivo que Raúl no destruyó a tiempo.

Ella tomó la foto con manos temblorosas. La esquina estaba doblada igual que la copia que guardaba en el taller, pero esta era más nítida. Su madre sonreía con un vestido bordado de flores azules. Su padre tenía una mano en el hombro de ella. La casa detrás no estaba en ruinas. Era suya. Había sido suya.

—No tiene derecho —susurró.

—No —dijo Héctor—. Pero tengo poder.

Valentina levantó la vista.

Ahí estuvo la verdad completa. No en las camionetas, ni en el penthouse, ni en los hombres armados. Estaba en la forma en que él decía poder sin adornarlo, sin pedir disculpas, como si fuera una herramienta más sobre la mesa.

—Quiero irme —repitió, aunque ya sabía la respuesta.

—No.

—Quiero mi vida.

—Tu vida está llena de gente que quiere quitártela.

—¿Y usted qué está haciendo?

Héctor se acercó lo suficiente para que ella viera sus ojos detrás de los lentes. Claros. Fríos. Fijos en ella con una intensidad que no era simple interés.

—Decidiendo quién puede tocarla.

Valentina sintió una mezcla de rabia y miedo tan fuerte que casi le dio risa.

—No me toque.

Él levantó la mano desnuda, pero se detuvo antes de rozarle la mejilla herida. Durante un segundo, pareció pelear contra algo dentro de sí. Luego bajó la mano.

—Todavía no entiendes lo que está pasando.

—Entiendo suficiente.

—No. Solo entiendes que estás encerrada.

—¿Y debería entender algo más?

Héctor tomó la carpeta y la dejó junto a la fotografía.

—Que afuera de esta puerta hay personas que te quieren muerta, usada o rota. Aquí, mientras yo lo decida, nadie va a tocarte.

Valentina sostuvo la foto contra el pecho.

—¿Quién eres tú?

La pregunta salió distinta. No pedía un nombre. Pedía la forma de la amenaza.

Héctor la miró como si por fin hubiera hecho la pregunta correcta.

—Soy el hombre que va a decidir cómo termina tu historia.

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