Una brillante Doctora reencarna en el cuerpo de una delicada aristócrata. Para evitar un matrimonio forzado y seguir su pasión, decide estudiar medicina, desatando el escándalo.
Su padre la envía a prueba al Hospital Central bajo las órdenes del doctor más estricto del imperio. Él cree que es una noble caprichosa y la manda al peor pabellón para que renuncie.
Pero ella no le teme a la sangre, domina técnicas del futuro y está lista para demostrar que nadie maneja el bisturí mejor que ella.
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Capítulo 2
Después de arreglarse y tomar varias respiraciones profundas, Elara finalmente salió de la habitación. El amplio pasillo de la mansión se extendía frente a ella, iluminado por la suave luz matutina que se filtraba a través de las enormes ventanas. Los cuadros, las alfombras y la elegante decoración le recordaban constantemente que ya no se encontraba en un pequeño apartamento cerca del hospital ni en una agotadora guardia nocturna.
Ahora era Elara Crowe.
Descendió las escaleras con paso tranquilo, aunque por dentro una ligera tensión se instalaba en su pecho. Aquella sería la primera vez que vería a la familia de la verdadera Elara, y aunque conocía algunos detalles gracias a la novela, seguía sintiéndose como una impostora.
Al llegar al comedor, tres personas levantaron la vista hacia ella.
—Querida, qué bueno que hayas bajado a desayunar —dijo una mujer de cabello oscuro y rizado que le sonreía con evidente alivio.
Elara la reconoció inmediatamente.
La duquesa Clarissa Crowe.
Era una mujer hermosa y elegante. Sus largos rizos oscuros y sus delicadas facciones hacían evidente de dónde había heredado Elara su apariencia. Verla era como contemplar una versión más madura de ella misma.
A su lado se encontraba el duque Vincent Crowe, un hombre de cabellos rubios y mirada amable que le dedicó una cálida sonrisa apenas la vio acercarse.
—Nos preocupaste anoche.
Y junto a ellos estaba Damien, su hermano mayor. Había heredado por completo la apariencia de su padre: cabello rubio, ojos claros y una expresión relajada que lo hacía parecer bastante accesible.
—Buenos días, pequeña —saludó con una sonrisa.
Elara sintió cómo parte de la tensión abandonaba sus hombros.
Aquella familia parecía mucho más cálida de lo que había imaginado.
Tomó asiento mientras los sirvientes comenzaban a servir el desayuno. Durante varios minutos se limitó a escuchar las conversaciones, respondiendo con cuidado y observando a cada uno de ellos. Sorprendentemente, la situación estaba resultando más sencilla de lo que esperaba.
Cuando el desayuno estaba llegando a su fin, los ojos de la duquesa Clarissa brillaron de entusiasmo.
—Por cierto, querida, Celestine ya ha regresado a la capital. Mañana iremos a visitarla.
Elara recordó inmediatamente aquel nombre.
La madre del protagonista.
—¿No estás feliz de que tu prometido haya vuelto? —preguntó Clarissa con una sonrisa.
Elara levantó la vista de la taza que sostenía entre las manos. Por un instante, recordó todo lo que sabía de la novela y no pudo evitar pensar que aquella situación era bastante conveniente.
—Claro que sí —respondió con tranquilidad—. Después de todo, más que mi prometido, siempre lo he considerado como un hermano.
El silencio que siguió duró apenas unos segundos.
Vincent soltó una pequeña risa.
—Es verdad. Ustedes crecieron juntos. Han pasado media vida jugando en esta casa y en la residencia de los Winters.
Damien asintió.
—Prácticamente son hermanos.
Elara sonrió levemente.
—Exactamente.
Por dentro, no pudo evitar sentirse aliviada.
Afortunadamente, ni la Elara original ni el protagonista parecían albergar sentimientos románticos el uno por el otro. Si la historia seguía el curso que ella recordaba, el compromiso acabaría rompiéndose de mutuo acuerdo.
Y sinceramente, aquello le parecía perfecto.
Lo último que necesitaba después de reencarnar era involucrarse en un triángulo amoroso.
Si el joven estaba destinado a enamorarse de la protagonista de la novela, podía hacerlo tranquilamente.
Ella tenía otros problemas mucho más importantes.
Después del desayuno, Elara decidió recorrer un poco la mansión. Permanecer sentada en aquella enorme habitación solo hacía que sus pensamientos regresaran una y otra vez al mismo punto: había muerto, había reencarnado y ahora se encontraba viviendo la vida de una joven aristócrata.
Necesitaba despejar la mente.
Los amplios pasillos de la residencia Crowe estaban decorados con pinturas, jarrones y delicados arreglos florales. Varias doncellas y sirvientes se movían con discreción, ocupándose de sus tareas mientras inclinaban la cabeza respetuosamente al verla pasar.
Todavía resultaba extraño que todos la llamaran "señorita".
Mientras caminaba distraída, un fuerte estruendo la hizo detenerse.
¡Crash!
Una bandeja cayó al suelo y la vajilla se hizo añicos sobre el mármol.
Una joven doncella se arrodilló de inmediato, visiblemente pálida.
—¡L-lo siento! ¡Lo siento mucho! ¡Por favor, perdóname!
Sus manos temblaban mientras intentaba recoger los pedazos de porcelana con desesperación. Sin embargo, en su nerviosismo no se dio cuenta de uno de los fragmentos afilados.
—¡Ah!
La muchacha retiró la mano rápidamente.
Un fino corte apareció en uno de sus dedos y pequeñas gotas de sangre comenzaron a caer sobre el suelo.
Elara reaccionó antes de siquiera pensarlo.
Sus pies se movieron por pura costumbre.
—No la toques.
La doncella levantó la vista sobresaltada al verla acercarse.
—S-señorita, yo...
—Primero levántate.
La joven obedeció inmediatamente, aunque sus ojos seguían llenos de nerviosismo. Parecía más preocupada por el castigo que por la herida.
—Perdóneme, señorita. Lo limpiaré enseguida.
Elara soltó un pequeño suspiro.
Años de trabajo en hospitales le habían enseñado a reconocer ese miedo: el miedo a cometer un error.
Sacó el pañuelo que llevaba consigo y tomó con cuidado la mano de la muchacha.
La doncella se quedó completamente inmóvil.
—Presione aquí —indicó mientras envolvía suavemente el dedo herido—. Mantén la herida limpia y cubierta. Si entra suciedad, podría infectarse.
La joven la observó con los ojos abiertos.
Probablemente nadie se había tomado la molestia de explicarle algo tan sencillo.
—G-gracias, señorita.
Elara le dedicó una pequeña sonrisa.
—Ten más cuidado la próxima vez.
La doncella asintió varias veces antes de inclinar la cabeza con gratitud.
Cuando todo estuvo recogido y la muchacha regresó a sus tareas, Elara continuó caminando por el jardín, aunque ahora sus pensamientos eran mucho más claros.
Miró sus propias manos.
Aquellas manos ya no eran las de Isabel Mendoza.
Ya no tenían pequeñas cicatrices ni las marcas dejadas por años de trabajo en los quirófanos.
Pero los conocimientos seguían allí.
Los recuerdos seguían allí.
Y, sobre todo, el deseo de ayudar a los demás seguía intacto.
Se detuvo bajo la sombra de un árbol y dejó escapar una lenta respiración.
Ahora lo tenía claro.
No importaba en qué mundo se encontrara.
No importaba que hubiera perdido su antigua vida.
No importaba que ya no fuera la doctora Isabel Mendoza.
Ella quería volver a salvar personas.
Quería volver a escuchar el latido de un paciente recuperándose, volver a sostener unas manos temblorosas y volver a luchar contra la muerte.
Eso era lo que había amado toda su vida.
Y no pensaba renunciar a ello.
Sus labios se curvaron levemente.
—Encontraré la manera.
Porque si el destino le había dado una segunda oportunidad, ella pensaba aprovecharla.
Y esta vez, volvería a convertirse en doctora.
...⁜...
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que alguien me explique 🤔🤔🤔