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Despertar en tu cuerpo

Despertar en tu cuerpo

Status: Terminada
Genre:Fantasía / Escuela / Comedia / Pareja destinada / Completas
Popularitas:13.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

Valentina Reyes tiene diecisiete anos, un promedio perfecto y un padre que camina con muletas. En Colonia Lomas del Paraiso, Guadalajara, la vida huele a paredes humedas y a los tamales que Don Tomas prepara antes del amanecer para vender en el tianguis. Valentina no se queja. Valentina sobrevive.

Santiago Montero Del Valle tiene diecisiete anos, un Porsche que no le importa y un padre que no sabe como hablarle. En la mansion de Puerta de Hierro, la vida huele a silencio. Santiago no pide ayuda. Santiago rompe cosas.

Una tarde en el Parque Metropolitano, un nino cae al lago. Los dos se lanzan al agua sin pensarlo. Cuando despiertan... estan en el cuerpo del otro.

Ella abre los ojos en una cama king size, rodeada de lujo y frialdad. El despierta en un cuarto diminuto donde un hombre cojo le dice "mija, ya esta el desayuno" con una sonrisa que nunca ha visto en su propia casa.

Valentina, atrapada en el cuerpo de Santiago, descubre que el dinero no compra lo que ella siempre tuvo: una familia que te abraza. Santiago, en el cuerpo de Valentina, descubre que en una casa donde gotea el techo puede existir mas amor del que jamas imagino.

Pero el intercambio tiene reglas que nadie les explico. Y mientras ella enfrenta a los enemigos corporativos de Grupo Montero y el descubre que las manos callosas de Don Tomas esconden un imperio en construccion, algo mucho mas peligroso que la magia empieza a crecer entre ellos.

Porque cuando vives la vida del otro... es imposible no enamorarte.

Una historia de risas, lagrimas, venganza dulce y un padre que le enseno al mundo que caminar distinto no significa caminar menos.

Yo se lo que es ser tu. Y aun asi, te elijo.

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Cap 02: El cambio

El agua estaba más fría de lo que Valentina esperaba.

Sus pies perdieron el fondo a los tres pasos. El niño se hundía y volvía a salir —los brazos golpeando la superficie sin fuerza, la playera de los Chivas inflada como un globo alrededor de su cuerpo pequeño. Valentina nadó hacia él. Desde el otro lado, una figura más grande cortaba el agua con brazadas largas.

Los dos llegaron al niño al mismo tiempo.

Valentina lo agarró del brazo izquierdo. El desconocido lo agarró del derecho. Sus manos se tocaron debajo del agua —los nudillos de él contra los dedos de ella— y en ese instante algo pasó.

No fue un rayo. No fue un golpe. Fue como si alguien hubiera conectado cada nervio de su cuerpo a una corriente que no venía de ningún lugar visible. Un relámpago blanco detrás de los ojos. El cuerpo entero se tensó, cada músculo contraído al mismo tiempo. Valentina abrió la boca pero no salió ningún sonido —solo agua.

Después, nada.

* * *

Voces. Sirenas a lo lejos. Alguien decía "Están respirando" y alguien más repetía "El niño está bien, el niño está bien." Valentina sintió que la arrastraban sobre pasto mojado. Intentó abrir los ojos pero los párpados pesaban toneladas. Una mano le revisó el pulso en el cuello. Olió a antiséptico y a tierra húmeda.

Después, otra vez nada.

* * *

Lo primero que Valentina registró fue el frío.

No el frío de la madrugada en Lomas del Paraíso, ese que se metía por las rendijas de la ventana y hacía temblar el vidrio. Este era un frío artificial, constante, que venía de arriba y olía a limpio. Aire acondicionado.

Abrió los ojos.

El techo era blanco. No había mancha de humedad. No había ventilador chirriante. Sobre su cabeza brillaba una lámpara empotrada que nunca había visto en su vida.

Se sentó de golpe. Las sábanas eran suaves —más suaves que cualquier tela que hubiera tocado— y la cama era enorme. Una cama king-size con cabecera de madera oscura. Junto a la cama, una mesa de noche con un reloj digital que marcaba las 7:14 a.m. y un vaso de agua que no se había servido ella.

Valentina giró la cabeza. La habitación era del tamaño de la sala, la cocina y su cuarto juntos. Un ventanal de piso a techo daba a un jardín con alberca. Había un escritorio, una pantalla de computadora, un sillón de cuero y una puerta entreabierta que daba a un baño con piso de mármol.

Esto no era su casa.

Se levantó. Sus piernas se sentían raras —más largas, más pesadas. Caminó hacia el baño y se paró frente al espejo de cuerpo entero.

Un chico alto le devolvió la mirada.

Cabello oscuro revuelto. Mandíbula cuadrada. Ojos irritados por falta de sueño. Hombros anchos bajo una playera negra que ella no recordaba haberse puesto.

Valentina se tocó la cara. El chico del espejo se tocó la cara al mismo tiempo.

Se tocó el cabello. Corto. Su cabello largo no estaba.

Bajó la vista. Pecho plano. Manos grandes. Pies descalzos sobre mármol frío.

El grito que salió de su garganta fue grave, ronco, y retumbó contra los azulejos del baño como la voz de un extraño.

* * *

Santiago abrió los ojos porque algo le picaba la nariz.

Un mosquito. Lo espantó con la mano —una mano que era demasiado pequeña— y se quedó mirando el techo.

Mancha de humedad. Ventilador que chirriaba. Calor pegajoso que se adhería a la piel como una segunda capa.

Se sentó en la cama. Era estrecha, individual, con un colchón que se hundía en el centro. Las sábanas olían a suavizante barato y a jabón de lavadero. Por la ventana sin cortinas entraba una luz amarilla y polvorienta.

Tres golpes en la puerta.

—Mija, ya está el desayuno. No vayas a llegar tarde a misa.

La voz era de un hombre. Amable, rasposa, con una calidez que no le pertenecía a nadie que Santiago conociera.

Mija.

Se levantó. El piso estaba tibio —no la duela fría de su cuarto, sino mosaico gastado que absorbía el calor de la mañana. Caminó hasta un espejo pequeño colgado en la pared con un clavo.

Una chica lo miraba desde el otro lado.

Delgada. Piel clara. Cabello largo y oscuro que le caía por los hombros. Ojos grandes, serios, que no eran los suyos.

Santiago se tocó la cara. Suave. Sin la barba incipiente que se afeitaba cada tercer día.

Se tocó el cabello. Largo. Le llegaba casi a la cintura.

Bajó la vista.

Su espalda golpeó la pared con tanta fuerza que el espejo tembló en su clavo.

—¿Mija? ¿Te caíste? —La voz del otro lado de la puerta, preocupada.

Santiago quiso contestar pero lo que salió de su boca fue un sonido agudo, delgado, que no se parecía en nada a su propia voz. Se tapó la boca con las dos manos. Manos pequeñas. Dedos finos. Uñas sin esmalte, cortas y limpias.

—Estoy bien —logró decir. La voz de una chica.

Los pasos del otro lado se alejaron, desiguales, acompañados de un clic metálico que resonaba contra el piso del pasillo.

* * *

Valentina encontró el teléfono en la mesa de noche. No era el suyo —era un modelo que ella solo había visto en los anuncios del camión. Lo desbloqueó —no tenía contraseña— y marcó su propio número de memoria.

Cuatro timbrazos. Cinco. Seis.

—¿Bueno? —La voz que contestó era la suya. Su propia voz. Pero el tono era áspero, tenso, como si alguien estuviera usando sus cuerdas vocales sin saber cómo.

—¿Quién eres? —preguntó Valentina. Escuchó la voz del chico del espejo salir de su garganta y sintió un vuelco en el estómago.

Silencio.

—¿Quién eres tú? —dijo su propia voz desde el otro lado.

—Soy Valentina. Valentina Reyes. Estoy en una casa que no es mía, en un cuerpo que no es mío, y necesito que me expliques qué está pasando.

Otro silencio. Más largo.

—Santiago. Me llamo Santiago Montero. Estoy en tu casa. En tu cuerpo. Viendo tu cara en un espejo con una grieta.

—No tiene grieta.

—Tiene una. Abajo a la derecha.

—Eso no importa. ¿Qué nos pasó?

—No lo sé.

—¿Cómo que no sabes?

—¿Tú sabes?

Valentina cerró los ojos. El niño en el agua. Las manos tocándose bajo la superficie. La descarga. La oscuridad.

—Fue en el lago —dijo—. Cuando agarramos al niño. Nuestras manos se tocaron y algo pasó.

—¿El niño está bien?

—No lo sé. Creo que sí. Escuché voces que decían que estaba bien.

Respiraron. Los dos. Con pulmones que no les pertenecían.

—Necesitamos vernos —dijo Valentina.

—De acuerdo.

—Pero no podemos salir así. Si tu familia me ve—

—Mi familia no me ve ni cuando actúo normal.

Lo dijo sin lástima. Como quien dice que afuera hace calor.

Valentina no supo qué responder a eso.

—Tu papá quiere que baje a desayunar —dijo Santiago después de un momento—. ¿Qué hago?

—Baja. Come lo que te dé. Dile "gracias, papá" y no hagas nada raro.

—¿Y si me pregunta algo?

—Di que te duele la cabeza. Siempre funciona.

Santiago colgó.

* * *

El pasillo era estrecho, con paredes de concreto pintadas de verde claro y un foco pelón en el techo. Olía a frijoles y a café de olla.

En la cocina, un hombre bajito estaba de espaldas frente a la estufa. Tenía una pierna más corta que la otra y una prótesis metálica que hacía clic contra el mosaico cada vez que se movía. Cabello canoso, escaso. Manos morenas y callosas.

Don Tomás se dio vuelta y sonrió.

—Ahí está mi muchacha. Ven, siéntate. Hoy el atole quedó bueno.

Sobre la mesa de plástico había un solo plato: una telera abierta, untada con frijoles negros. Al lado, un vaso de atole humeante. Santiago se sentó y miró el plato. Luego miró la estufa. No había otro plato servido.

Don Tomás se sirvió un vaso de atole. Solo atole. Nada más.

—¿Usted no va a comer? —La frase le salió en usted sin pensarlo. La voz de Valentina suavizó las palabras de un modo que él no controló.

Don Tomás agitó la mano.

—Ya comí, mija. Me levanté tempranito.

El plato junto al fregadero estaba limpio y seco. No había sido usado esa mañana.

Don Tomás se sentó frente a él con su vaso de atole y lo miró con una expresión que Santiago no reconoció. No era la mirada evaluadora de Fernando antes de una junta. No era el silencio eficiente de Andrés detrás de su tablet. Era algo sin nombre. Algo que no pedía nada a cambio.

—Cuídate mucho, mija. —Extendió la mano sobre la mesa y le acarició el cabello—. Te quiero.

Lo dijo así. Como si fuera lo más normal del mundo. Sin preámbulo, sin que nadie se lo pidiera, como si lo dijera todos los días.

Santiago tomó la telera. Le dio un mordisco. Los frijoles estaban calientes y sabrosos —simples, sin adornos— y la telera crujió entre sus dientes. Don Tomás lo miró comer con una media sonrisa y se tomó su atole a sorbos lentos.

Don Tomás se levantó, lavó su vaso, se puso una gorra desteñida y tomó su bastón.

—Me voy al tianguis. Tu mamá fue a misa temprano. Si necesitas algo, me marcas.

El clic de la prótesis se alejó por el pasillo. Santiago escuchó la puerta cerrarse. Luego los pasos desiguales bajando la escalera —un escalón, clic, otro escalón, clic— cada vez más débiles, hasta que solo quedó el chirrido del ventilador.

Afuera, un gallo cantó. Y más lejos, el pregón de un vendedor ambulante: "¡Tamaaales oaxaqueños, tamales calientitos!"

Santiago se quedó sentado a la mesa de plástico con media telera en la mano.

Esto no era un sueño. No era una pesadilla. Era la vida de alguien —una vida donde el padre se quedaba sin desayunar para que su hija comiera, y se iba a trabajar con una pierna que no funcionaba, y decía "te quiero" como quien dice "buenos días."

Le dio otro mordisco a la telera.

Le supo diferente a todo lo que había comido en diecisiete años.

Miró por la ventana sin cortinas. No había alberca. No había jardín. No había jardinero con tijeras eléctricas. Solo tendederos con ropa colgada, antenas oxidadas, y una calle de concreto donde un perro flaco dormía a la sombra de un poste.

Apretó la telera contra el plato. Las migajas se quedaron pegadas a los dedos de Valentina.

Esto era su vida ahora.

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Beatriz Juárez
felicidades porque fue una novela fuera de lo común, a lo que hay en la plataforma, eso sí en algunos capítulos me hiciste llorar pero la verdad disfruté muchísimo de esta historia de Valentina y Santiago. 👏👏👏👏👏👏
Beatriz Juárez
que puedo decir escritora, gracias por tan hermosa novela
Beatriz Juárez
magnífico lo que Santiago está haciendo con el dinero que su tío les robó a su familia
Beatriz Juárez
muy emotivo momento entre hermanos que nunca aprendieron a demostrarse cariño
Beatriz Juárez
cómo su mamá murió joven y ellos niños no hubo quien les demostrará cariño, amor y ya siendo unos hombres no saben cómo hacerlo y demostrarlo
Beatriz Juárez
hasta el momento que voy leyendo fantástica trama, algo fuera de lo común muy interesante
Didi
muy buena 👌 historia,
Didi
ya me enrede que no ya había vuelto a su cuerpo
Yailyn Mugica Oña
Hermosa novela
Cristina Alvarado
no entiendo está en la escuela como hombre o mujer o soy yo q no entiendo,me gusta la novela.
Marleni Lo: superó eya atrapada en el cuerpo de el y el en el d eya esta chido eso xk el esta conociendo k ay otra forma de kere y ver
total 1 replies
FGallito
Excelente obra qué necesita más promoción de nuestra parte
Mercedes Ramirez
Qe Hermosa Historia😍😍
FGallito
Esta medio enredos a, pero pensemos que son adolescentes 🤣🤣🤣. Me gusta
FGallito
Wow que novela tan bonita y melancólica, llena de matices y empatia
FGallito
Asi como son Tomas muchos padre se quitan el Bo afo de la boca por sus hijos sin reproche alguno
FGallito
Que buena esta la historia🥰
Norma Angelica Saldaña Reyes
/Smile//Smile//Smile//Smile//Smile/
Maria Jurado alfaro
una de las mejores historias que he leído
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