Segunda temporada de VEINTICUATRO (BL)
Han pasado Dos años.
Dylan Lara ya no es el novato impulsivo que corría en pistas ilegales. Ahora es uno de los corredores más temidos del circuito internacional. Fama, contratos millonarios y un lugar asegurado entre los mejores. A su lado sigue Nathaniel Liu, el hombre que lo secuestro, lo protege… y lo ama con una intensidad que roza lo posesivo.
Pero el éxito siempre atrae algo más que admiradores.
Un nuevo corredor irrumpe en sus vidas. Nadie sabe de dónde salió. Nadie conoce su pasado. Solo hay un detalle inquietante: parece saber demasiado.
Mientras la competencia se vuelve más violenta, los sabotajes más precisos y viejos secretos familiares comienzan a salir a la luz, Dylan descubre que el peligro no está solo en la pista. Alguien lo observa. Lo estudia. Lo desea.
Quiere poseerlo.
Cuando el amor se mezcla con obsesión, celos y poder… ¿quién cruzará primero la línea roja?
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Capítulo 1: El rugido de una nueva vida
Hola mis chicas hermosas 💕
Por fin comenzamos la segunda temporada de VEINTICUATRO 😭🏎️🔥
Estoy muy emocionada de compartir esta nueva etapa con ustedes. Espero que amen esta temporada tanto como yo.
No olviden apoyar la historia con sus likes, comentarios y regalitos. Siempre leo todo lo que me dejan 💖
[Dylan Lara]
Dos años. Suena a mucho tiempo, pero cuando estás viviendo el sueño que siempre tuviste, el tiempo pasa volando. Literalmente. Porque paso mi vida a más de trescientos kilómetros por hora, sintiendo el rugir del motor como si fuera el latido de mi propio corazón.
Y todo ha cambiado, sí. Pero no me quejo.
Valeria ahora es toda una directora de museo. Una galería pequeña, pero con obras que valen una fortuna. Quién lo diría, la misma que me veía correr en las calles y me gritaba que iba a matarme, ahora pasa los días rodeada de arte y cultura. Me alegra por ella. De verdad.
Eidan… ese loco se fue a Corea del Sur. Dice que allá las oportunidades son mejores, que encontró un buen trabajo. Lo extraño, pero las videollamadas ayudan. Sigue siendo el mismo idiota de siempre, solo que ahora con horarios raros por la diferencia horaria.
Y Lucas. Mi hermano de otra madre. Terminó la universidad y, contra todo pronóstico, hizo las paces con su padre lo suficiente como para trabajar en la cadena hotelera de la familia. Sigue siendo un necio, pero al menos ahora tiene un sueldo fijo y no vive del aire. Alex, el asistente personal de Nathan, sigue pegado a él como una lapa. Es gracioso verlos. Casi tanto como vernos a nosotros.
Porque sí. Nathan y yo seguimos juntos.
Dos años después y todavía no sé si es amor o una adicción mutua. Quizás ambas cosas. El hijo de puta sigue siendo un psicópata obsesivo, controlador, posesivo y terriblemente celoso. Pero es mi psicópata. Y lo amo. Tenemos nuestras peleas, claro. Choques de ego, discusiones estúpidas, momentos en los que quiero mandarlo a la mierda. Pero siempre encontramos la manera de solucionarlo.
Y sí, casi siempre termina en sexo. Sexo intenso, salvaje, de ese que te deja las marcas por días. Porque con Nathan nunca hay término medio. O lo odias o lo amas. Y yo, joder, lo amo.
Esa mañana estaba en el circuito de prácticas en España. El sol pegaba fuerte, el asfalto quemaba, y el olor a gasolina y caucho quemado llenaba el aire. Mi lugar feliz. Había terminado una ronda de entrenamiento, sintiendo aún la adrenalina corriendo por mis venas mientras me acercaba a las gradas donde había dejado mi bolsa deportiva.
Tomé mi botella de agua y bebí largamente, sintiendo el líquido fresco bajar por mi garganta reseca. Luego saqué el teléfono.
Y sonreí como un imbécil al ver la notificación.
Sicópata 🤤
Abrí el mensaje.
“Gatito. Prepárate. Te llevaré a una cena por la tarde.”
Así, sin más. Sin preguntar si quería, sin consultar mi horario de entrenamiento. Porque él es así. Ordena, no pide. Y lo peor de todo es que me gusta.
—¡Oye, Dylan! ¡Deja a tu novio! —escuché la voz de uno de mis compañeros de equipo desde el otro lado de los boxes.
—¿Qué pasa, campeón? ¿Ya extrañas a tu amorcito? —se sumó otro entre risas.
Negué con la cabeza, una sonrisa tonta todavía en mis labios mientras guardaba el teléfono.
—Idiotas —murmuré, pero no pude evitar reírme.
Porque tenían razón. Claro que lo extrañaba. Siempre lo extrañaba, incluso cuando estaba a solo unos metros de distancia. Esa era mi maldición. Estar tan jodidamente enamorado de un hombre que era capaz de quemar el mundo por mí.
Y lo peor de todo es que yo haría lo mismo por él.
Suspiré, estirando los brazos por encima de mi cabeza mientras sentía los músculos protestar después del entrenamiento. Necesitaba otra ronda. Quizás dos. El campeonato se acercaba y no podía permitirme bajar el ritmo.
Pero primero, iba a responderle a mi psicópata.
“¿Y si mejor ceno contigo? 😏”
_____
La sonrisa de Dylan se mantuvo firme mientras guardaba el teléfono después de enviar el mensaje. La respuesta de Nathan no tardaría en llegar, lo sabía. Ese hombre era tan predecible como impredecible a la vez. Una contradicción andante.
—¿Ya le pediste permiso a tu novio para seguir entrenando? —gritó Marcos, uno de los mecánicos, desde el otro lado del box.
—¡Cállate, idiota! —respondió Dylan sin dejar de sonreír, mientras se ajustaba el casco.
—Déjalo, Marcos —intervino Hugo, otro de los pilotos del equipo—. Si lo molestas mucho, luego el señor Liu nos congela el salario o algo así.
—Con el poder que tiene ese hombre, no me sorprendería —añadió Ricardo, el más joven del equipo, mientras se subía a su propio monoplaza.
Dylan negó con la cabeza, pero la sonrisa no se borraba de su rostro. Tomó una última bocanada de agua antes de dejar la botella en su lugar y encaminarse hacia la pista. Antes de meterse de lleno, se giró y levantó la mano, extendiendo el dedo medio en dirección a sus compañeros.
—¡Que se divierta el novio de Dylan! —corearon ellos entre risas.
—¡Idiotas! —respondió él antes de bajar la visera del casco y pisar el acelerador.
El motor rugió con furia, y el monoplaza salió disparado hacia la recta principal. El viento cortaba a su alrededor, el sonido ensordecedor del motor llenaba cada espacio de su ser. Aquí, en la pista, todo tenía sentido. La velocidad, la precisión, el riesgo. Era su territorio. Su santuario.
Mientras tanto, en la sala de control del circuito, las pantallas mostraban cada ángulo de la pista. Datos de telemetría, velocidades, tiempos por vuelta, temperatura de los neumáticos, presión del combustible. Todo era monitoreado en tiempo real por un equipo de ingenieros y estrategas.
Y en el centro de todo, con los brazos cruzados y la mirada fija en la pantalla principal, estaba Sebastian Kovač.
El dueño del equipo. El hombre que había visto potencial en Dylan cuando nadie más lo hizo. El que lo había sacado de las calles y lo había puesto en el asiento de un monoplaza profesional. Sebastian no era un hombre que sonriera con facilidad, pero cuando veía a Dylan correr, algo en su pecho se llenaba de orgullo.
Ese chico era un prodigio. Lo había sido desde el primer día que lo vio maniobrar entre el tráfico ilegal de las carreras callejeras. Tenía un don. Un instinto que no se podía enseñar. Y Sebastian había hecho bien en apostar por él.
—La vuelta nueve está siendo la más rápida hasta ahora —comentó uno de los ingenieros, señalando una de las pantallas secundarias.
—Dylan está dos décimas por delante de su mejor tiempo personal —añadió otro.
Sebastian asintió, sin apartar la mirada de la pantalla donde el monoplaza rojo y negro de Dylan tomaba una curva cerrada con una precisión quirúrgica.
—Que mantenga el ritmo. No queremos que queme los neumáticos antes de tiempo —ordenó con voz firme.
—Entendido, jefe.
El ambiente en la sala de control era tenso pero eficiente. Cada uno en su puesto, cada uno concentrado en su tarea. Así funcionaban las cosas aquí. Con disciplina. Con precisión.
Fue entonces cuando la puerta se abrió.
Sebastian se giró, y una sonrisa genuina se dibujó en su rostro al reconocer al recién llegado.
—Señor Liu. Es bueno verlo por aquí.
Nathan Liu entró en la sala con la misma elegancia natural que lo caracterizaba. Traje oscuro impecable, cabello perfectamente peinado hacia atrás, y esa mirada que parecía calcular cada movimiento, cada respiración, cada posibilidad. Era un hombre que irradiaba poder sin necesidad de decirlo.
—Sebastian —saludó Nathan con una sutil sonrisa, estrechando la mano del otro hombre—. Espero no estar interrumpiendo.
—Para nada, para nada —respondió Sebastian con alegría genuina—. Siempre es un placer tenerlo aquí. ¿Viene por negocios o...?
Nathan soltó una risa baja, casi imperceptible, mientras su mirada se fijaba en la pantalla donde Dylan tomaba una curva a velocidad impresionante.
—Negocios —respondió, aunque la sonrisa en sus labios decía otra cosa—. Tengo una reunión más tarde. Pero pensé en pasar a ver cómo van los entrenamientos.
Aunque ya no mantenían negocios directos como antes, la relación entre ambos se había mantenido cordial. Sebastian respetaba a Nathan, y Nathan respetaba a Sebastian. Además, tener al CEO de Liu Motors cerca del equipo era siempre beneficioso. Patrocinios, contactos, oportunidades. Nathan abría puertas donde otros solo veían paredes.
Pero Sebastian sabía perfectamente por qué estaba allí Nathan.
No era por negocios.
Era por Dylan.
Y lo demostró en el instante en que sus ojos se fijaron en las pantallas, buscando entre los monoplazas que surcaban la pista hasta encontrar el que llevaba el número 24. El número de Dylan.
La sonrisa de Nathan se volvió un poco más genuina al verlo. Su gatito. Su pequeño corredor. Suyo.
—¿Cuánto tiempo lleva entrenando? —preguntó Nathan, sin apartar la mirada de la pantalla.
—Desde las ocho de la mañana —respondió Sebastian, cruzando los brazos de nuevo—. Lleva un ritmo excelente. Estoy considerando darle un descanso antes de la siguiente sesión.
—No le digas que estoy aquí —dijo Nathan, y aunque sus palabras sonaban como una petición, su tono era casi una orden—. Quiero verlo terminar.
Sebastian soltó una risa baja, negando con la cabeza.
—Como usted diga, señor Liu.
Y ambos volvieron sus miradas a las pantallas, donde el monoplaza número 24 seguía devorando el asfalto con una furia imparable.
Nathan observaba cada movimiento de Dylan en la pista. La forma en que cambiaba de marcha, la manera en que inclinaba el cuerpo en las curvas, la precisión con la que trazaba cada ángulo. Era hipnótico. Era hermoso.
Y era suyo.
Solo suyo.
Y nadie, absolutamente nadie, iba a arrebatarle lo que le pertenecía.
morí olvidada reviví intocable 🤭