Tras una muerte inesperada, una joven despierta convertida en un bebé dentro del mundo de la novela que leyó antes de morir: “Casada con el Príncipe Maldito”. Pero no como un personaje secundario… sino como la propia protagonista.
Con recuerdos intactos de la historia original, sabe exactamente cómo terminará todo: obligada a casarse con el temido príncipe heredero, un hombre marcado por una maldición que lo consume lentamente… y que, al final, incapaz de soportar el dolor y el rechazo, se quita la vida.
Ahora, renacida en su lugar, la nueva protagonista siente algo muy distinto: rabia hacia esa historia injusta… y una profunda lástima por el hombre destinado a romperse.
¿Debe seguir el curso de la novela para sobrevivir y alcanzar un final seguro… o desafiar el destino para salvar a alguien que nunca fue amado?
En un mundo donde el amor puede ser salvación o condena, cambiar la historia podría costarle todo… incluso su propia vida.
NovelToon tiene autorización de Crystal Suárez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El encuentro marcado por el: Destino.
El tiempo, descubrí muy pronto, no avanzaba igual cuando se estaba atrapada en el cuerpo de un bebé, porque cada día se sentía eterno en su lentitud, en la incapacidad constante de hacer algo más que observar, sentir y pensar, mientras mi mente, aún intacta y demasiado despierta para esta etapa de vida, se veía obligada a adaptarse a un ritmo que no le pertenecía, uno en el que abrir los ojos con claridad ya era un logro, en el que mover los dedos sin torpeza se sentía como un progreso significativo, y en el que incluso el simple hecho de enfocar un rostro tomaba días de práctica involuntaria, pero aun así, el tiempo pasaba, lento pero inevitable, y cuando finalmente cumplí un mes desde mi nacimiento, ya no era la misma que había despertado en aquel primer instante, no porque mi cuerpo hubiera cambiado demasiado, sino porque mi percepción del mundo comenzaba a tomar forma, los sonidos eran más claros, las voces más distinguibles, y las emociones de quienes me rodeaban más fáciles de interpretar, como si, poco a poco, este nuevo cuerpo y mi mente estuvieran llegando a un acuerdo silencioso sobre cómo coexistir.
Fue esa mañana cuando algo distinto se sintió en el ambiente, una tensión sutil pero evidente incluso para alguien que apenas podía mover la cabeza por sí misma, un cambio en la rutina que había aprendido a reconocer, porque las sirvientas estaban más agitadas de lo normal, sus pasos eran más rápidos, sus voces más bajas, como si temieran decir algo indebido, y mi madre, la duquesa, no se apartaba de mi lado, sosteniéndome con una firmeza ligeramente mayor a la habitual, como si su calidez quisiera protegerme de algo que aún no comprendía del todo, y no necesité escuchar mucho para entenderlo, porque una de las criadas, incapaz de contener su emoción o su nerviosismo, susurró lo suficiente cerca de nosotras como para que pudiera oírla con claridad: “El príncipe heredero ha llegado…”, y esas palabras, simples y directas, fueron suficientes para que todo dentro de mí se tensara de golpe, porque ese momento, ese encuentro… ya estaba escrito en la historia.
Estefan.
El príncipe maldito.
Tres años mayor que yo, un niño que ya cargaba sobre sus hombros el peso de algo que no eligió, de una maldición que aún no entendía completamente pero que ya comenzaba a definir cada aspecto de su vida, aislándolo, separándolo, convirtiéndolo en alguien a quien todos miraban con temor o con lástima, pero nunca con afecto genuino, y mi respiración se volvió ligeramente irregular, no por miedo, no exactamente, sino por una mezcla incómoda de emociones que no esperaba sentir tan pronto, porque sabía cómo terminaba todo, sabía en qué se convertiría, sabía lo que haría… y aun así, en ese momento, lo único que estaba por ver era a un niño.
La puerta se abrió con un sonido suave pero firme, y el aire pareció cambiar, volverse más pesado, más contenido, como si incluso las paredes reconocieran la presencia de quien acababa de entrar, y aunque mi campo de visión aún era limitado, mi madre se giró lo suficiente para que pudiera verlo, y allí estaba, de pie, pequeño pero recto, con una postura que no correspondía a su edad, con cabello oscuro que caía ligeramente sobre su frente y unos ojos que, incluso a la distancia, transmitían algo difícil de describir, no era frialdad pura, ni tampoco simple indiferencia, era… vacío, un tipo de soledad silenciosa que no debería existir en alguien tan joven, y por un instante, todo lo que recordaba de la novela se sintió demasiado real, demasiado cercano, demasiado injusto.
"Su Alteza, es un honor recibirle en nuestra casa" dijo mi madre con una inclinación elegante, su voz perfectamente controlada, aunque pude notar el leve cambio en su tono, una mezcla de respeto y cautela que no pasaba desapercibida, y él no respondió de inmediato, sus ojos recorrieron la habitación con una calma extraña, como si buscara algo que no esperaba encontrar, hasta que finalmente se posaron en mí, y ese momento… ese preciso instante en el que nuestras miradas se cruzaron, fue diferente a todo lo que había experimentado desde que llegué a este mundo.
Porque yo sabía quién era él, pero él no sabía quién era yo. Para él, yo no era más que un bebé. Una niña recién nacida. La futura Santa, tal vez, pero aún así… solo eso.
Sin embargo, sus ojos no mostraron rechazo, ni miedo, ni siquiera incomodidad. Solo… curiosidad.
Mi corazón —o este pequeño y torpe corazón que ahora tenía— comenzó a latir con más fuerza, y quise hacer algo, cualquier cosa que rompiera ese instante, que cambiara el rumbo, aunque fuera mínimamente, pero mi cuerpo seguía siendo una prisión, y todo lo que logré fue un leve movimiento de mis manos, torpe, casi imperceptible, y aun así… suficiente para llamar su atención por completo.
El silencio se alargó apenas unos segundos más antes de que él diera un paso hacia adelante, lento, medido, como si cada movimiento estuviera cuidadosamente pensado, y una de las sirvientas pareció tensarse, como si temiera algo, como si esperara una reacción negativa, pero nada de eso ocurrió, porque Estefan simplemente se detuvo frente a mí, mirándome con una intensidad que no era propia de un niño de tres años, y entonces… algo cambió.
Fue pequeño, casi insignificante, pero lo vi. Una ligera curvatura en sus labios.
Una sonrisa.
No amplia, no brillante, no llena de alegría infantil, sino algo mucho más sutil, más contenido, como si no estuviera acostumbrado a hacer ese gesto, como si fuera algo que su rostro había olvidado con el tiempo, pero aun así… era una sonrisa. Y estaba dirigida a mí.
Sentí algo apretarse dentro de mi pecho, una emoción que no esperaba, que no quería definir todavía, porque hacerlo la haría demasiado real, demasiado importante, y no estaba lista para eso, no cuando apenas acababa de tomar la decisión de cambiar el destino, pero aun así, no pude evitarlo, no pude evitar responder, aunque fuera de la única forma que mi cuerpo me permitía, y sin pensarlo demasiado, dejé escapar un pequeño sonido, suave, casi un balbuceo, acompañado de un intento torpe de mover mis manos hacia él.
No sé si fue intencional, no sé si fue instinto, pero fue suficiente.
Porque su expresión cambió apenas un poco más, la sonrisa se hizo ligeramente más visible, y por un instante, muy breve pero completamente real, el vacío en sus ojos pareció desvanecerse.
“Es… pequeña”, murmuró finalmente, su voz suave, baja, como si no quisiera romper algo delicado en el ambiente, y mi madre respondió con una leve sonrisa, “Apenas tiene un mes, Su Alteza, aún es muy frágil”, y esas palabras, aunque ciertas, resonaron de una forma distinta en mi mente, porque sí, era frágil, completamente dependiente, incapaz de hacer algo por mí misma… pero no lo sería para siempre.
No esta vez.
No en esta historia.
Mientras lo observaba, mientras él seguía mirándome con esa curiosidad silenciosa, entendí algo que no estaba en la novela, algo que nadie había escrito, algo que nadie había querido ver, que antes de ser el príncipe maldito, antes de ser el hombre que terminaría rompiéndose…
Estefan fue un niño, un niño que podía sonreír. Un niño que, en ese momento, no estaba completamente perdido. Y eso… eso lo cambiaba todo.
Porque si ese pequeño gesto existía, si esa sonrisa era real… Entonces aún había algo que salvar. Y esta vez… no iba a ignorarlo.