Victoria Adame García regresa del más allá para cobrar venganza. Polo Hernández no comprende que está pasando, pero siente una presencia extraña dentro de su coche.
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Polo agradeció la llamada y sonrió
Amor, ya no soporto esta situación, quiero ser tu esposa. ¿Hasta cuando le vas a pedir el divorcio?
No es tan fácil, Victoria no es ninguna mansa cordera. Más bien parece una fiera.
Pues algo tienes que inventar para deshacerte de ella, tal vez sea mejor que no nos veamos más, dijo Catalina, poniendo cara de niña chiflada.
No puedes hacer eso, yo te amo.
Si me amaras, harías cualquier cosa por estar conmigo.
Te compré esta casa, tienes un coche y ropa de marca, además de todas las joyas que te regalo.
¿Me estás echando en cara tus obsequios?
Claro que no, amor, pero debes saber que todo esto lleva tiempo.
¿De cuánto tiempo estamos hablando?
No lo sé, deja pensar cómo le voy a hacer. Ella no es ninguna tonta. Antes no se ha dado cuenta de lo nuestro.
Bueno, por lo pronto, no vengas hasta que resuelvas ese "problema" de tu esposa.
Por favor, amor, no me hagas esto. Polo casi se le hincaba a Catalina.
Se había casado muy joven y ya estaba harto de Victoria. Con Catalina todo era diferente, ella le demostraba amor y era muy fogosa, no quería dejarla.
Lo siento, es mi última palabra. Luego, fue hasta la puerta, la abrió, extendió la mano y esperó hasta que Polo saliera dándole la llave.
Los días siguientes, Polo estaba desesperado, no lo calentaba ni el sol. Los pleitos con Victoria se intensificaban. Ella discutía por cualquier cosa.
Aprovechó que ella se estaba bañando, para ponerle unas gotas en el agua. Eran como tipo sedante, pero más fuerte. Revolvió el agua con una cuchara, cuidando de no hacer ruido.
Luego, fue a la cocina y lavó la cuchara. Se sirvió leche y se sentó en una silla de la cocina y se hizo un sándwich.
Esperando que pasara todo lo que tenía que pasar. Cuando pasó un tiempo prudente, subió a su habitación, Victoria ya había terminado de bañarse y se estaba secando el pelo, tenía envuelta una toalla.
Mm, hueles bien, dijo Polo, dándole un beso en el hombro descubierto.
Ella lo quitó muy sutilmente, deja, mañana tengo que levantarme temprano para limpiar la casa, e ir a ayudarte con la empresa.
Polo se sintió rechazado, y pensó en Catalina, "ella siempre está dispuesta", pensó.
Todos los días le ponía dos gotas en el agua de la jarra del buró.
Obvio, Victoria se sentía cada vez peor.
Tenía alucinaciones, a veces hasta creía que era de todo lo que veía.
Ese día era domingo y Polo se disponía a salir, pero escuchó a Victoria gritar arriba.
Él subió rápido. ¿Qué pasa, amor?
Hay una araña en la cama.
Polo miró hacia la cama, no había nada.
Amor, cálmate, no hay nada.
Sí, ahí está, ¿no la ves?, dijo Victoria totalmente descompuesta.
Polo le dio agua, de la jarra, por supuesto. Y eso en vez de calmarla la volvió más paranoica.
Empezó a gritar como enloquecida.
Polo llamó a un hospital de psiquiatría.
Mi esposa se está volviendo loca, dijo. Está muy histérica.
.
.
Una semana después...
¿Cómo está mi esposa, doctor?
Solo pasaba por una crisis emocional, pero ya está bien, le voy a recetar estas pastillas, pero debe tomar solo una diaria, si toma más de una puede resultar contraproducente e irreversible.
De acuerdo, tendré cuidado. Yo mismo se las daré. Entonces, ¿me la puedo llevar?
Sí, aquí está el alta.
En cuanto lo vio, Victoria se abrazó a él. Amor, tuve mucho miedo en este lugar.
Ya pasó, tranquila. En la cara de Polo se reflejó una sonrisa siniestra. Sabía muy bien lo que debía hacer.
Cuando llegaron a la casa, él le dio la pastilla, por lo pronto, solo le daría una, debía evitar sospechas.
Anda, amor, acuéstate, deja que haga efecto la pastilla.
Victoria obedeció, no se sentía con ánimos de discutir.
Al poco rato, se quedó dormida.
Polo aprovechó para ponerle las gotas al agua, esta vez le puso tres.
Ya tenía su plan trazado.
Como era esperarse, Victoria despertó y se sirvió agua en un vaso. Luego, se sirvió más, casi agotó toda el agua de la jarra. Estaba sedienta.
Dos días después, ten tu pastilla, amor.
Gracias, dijo ella, sirviéndose agua de la jarra, que obviamente ya tenía las tres gotas que le ponía Polo todos los días.
Ya me siento bien, hoy sí iré a trabajar.
Como gustes, pero ten cuidado.
Sí, no te preocupes, dijo Victoria más animada.
Polo se fue, sabía bien que solo era cuestión de tiempo, había manipulado los frenos del coche, las pastillas harían el resto.
Victoria salió poco después, iba por la carretera muy tranquila. Se veía radiante, pero las pastillas y el agua fueron haciendo su efecto. Empezó a ver alucinaciones, algo o alguien se atravesó en la carretera y perdió el equilibrio del coche. Se fue a estampar en el muro de contención, perdiendo la vida al instante.
Ahí quedó el auto, nadie lo había visto porque era muy temprano y a esa hora casi no había coches.
Hasta que un coche conducido por una mujer se detuvo un poco más adelante.
La mujer se apeó del auto y se acercó, solo para comprobar que la mujer estaba muerta.
Llamó a la policía y a una ambulancia.
Estos llegaron media hora después.
Los paramédicos confirmaron que en verdad estaba muerta.
La policía buscó entre las pertenencias de la mujer.
Victoria Adame Gracia. ¿La conoce?, preguntaron a la mujer que había llamado.
No, yo solo pasé por aquí y la vi.
Cuando la sacaron del auto, un celular cayó al suelo.
El policía lo checó, había varios números. Uno decía: esposo.
Uno de los oficiales marcó dicho número.
La noticia tan esperada por Polo llegó de improviso.
¿Bueno?
Hablamos de la policía, ¿conoce a Victoria Adame García?
Sí, es mi esposa, ¿qué sucede, oficial?
La encontramos en un coche, está muerta.
Polo agradeció la llamada y sonrió.