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EL PRECIO DEL HIELO

EL PRECIO DEL HIELO

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / CEO / Amor tras matrimonio / Romance oscuro
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Mahary Garcia

El contrato de matrimonio no era solo papel: era una sentencia. A los 26 años, Valeria Varela se convirtió en la esposa de Dante Moretti, el hombre más poderoso, frío y temido de la ciudad —dueño de imperios empresariales y redes que nadie se atreve a nombrar. Ella lo amó desde antes de decir “sí”, creyendo que su amor sería suficiente para derretir su hielo. Pero tres años después, vive invisible: olvidada en sus cumpleaños, humillada en cenas de negocios, siempre relegada a un segundo plano frente a la mujer que él nunca dejó de querer: su exnovia, y ahora asistente personal, Isabella.
Valeria finge sumisión, baja la cabeza y sonríe cuando la insultan, pero detrás de esa máscara hay una inteligencia afilada y un dolor que se convierte en veneno. Cuando descubre que todo su matrimonio fue un acuerdo para saldar una deuda familiar, y que Isabella ha manipulado cada error, cada malentendido, cada lágrima suya, algo se rompe —y algo nuevo nace.

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CAPITULO 8

El aire en el despacho de Giorgio seguía cargado, pesado, como si las palabras de Dante hubieran quedado flotando, grabadas en cada rincón de madera y cristal. “Ya no tengo motivos para alejarme de ti… lo que es mío, lo reclamo cuando quiero”.

Me quedé sentada, con la carpeta de mi padre entre las manos, el corazón golpeándome fuerte, sin saber si lo que sentía era miedo, rabia… o esa extraña mezcla de emociones que él solo lograba despertar en mí.

Giorgio me observaba con una media sonrisa, como si todo esto fuera exactamente lo que había planeado desde el principio. Lucas, a mi lado, mantenía la calma, pero vi en él un ligero asentimiento, confirmando que lo que acababa de pasar no era un error, sino el inicio de algo mucho más grande.

—Lo que te dije es verdad —rompió el silencio Giorgio, inclinándose de nuevo sobre su mesa, con esa autoridad que hacía que todos lo escucharan—. Dante no sabe lo que le pasa. Cree que es orgullo, que es posesión, que le molesta que ya no seas la mujer sumisa que tenía controlada. Pero yo lo conozco de toda la vida. Él siempre ha querido lo que no puede tener. Y ahora… ahora tú eres la única cosa en este mundo que se le escapa, que lo desafía, que no se rinde. Y eso… eso para él es adicción. Y amor, aunque él nunca lo admitiría en voz alta.-

Pasó una hoja de la carpeta, señalando documentos antiguos, contratos, notas de mi padre escritas con su letra elegante y firme.

—Aquí está todo, Valeria. Las claves, las fechas, los nombres de los bancos, las ubicaciones. Tu padre lo dejó todo estructurado, protegido, solo accesible si tienes las dos cosas: estos papeles… y lo que él te enseñó de niña. Frases, números, códigos que solo tú recuerdas. Isabella lleva tres años intentando descifrarlo, robando papeles, preguntando, manipulando… pero nunca ha podido llegar a nada. Porque ella no es de sangre, ella no es la heredera. Ella solo es una intrusa que quiere robar lo que no le pertenece.

—¿Y Dante? —pregunté, con voz baja, mirando hacia la puerta por donde él había salido hacía unos minutos—. ¿Él sabe todo esto? ¿Sabe por qué realmente se casó conmigo?-

Giorgio suspiró, y por primera vez vi en él un rastro de cansancio, de tristeza de padre

—Al principio sí. Él lo aceptó como un trato, como un negocio: casarse contigo, tenerte cerca, esperar a que saliera el secreto, y luego… cuando tuvieran todo, te habrían apartado, te habrían dejado de lado como un estorbo. Pero… —se detuvo, buscando las palabras— las cosas cambiaron. Él no esperó que tú fueras así. No esperó que, incluso sufriendo, mantuvieras esa dignidad, esa inteligencia que nadie vio. Él empezó a verte, aunque se negó a admitirlo. Empezó a compararte con Isabella. Y se dio cuenta de que Isabella solo le da lujo, diversión, poder… pero tú… tú le das algo mucho más difícil de explicar. Tú eres su igual. Y eso le asusta. Le asusta porque se da cuenta de que se ha enamorado de la única mujer que ahora mismo quiere destruirlo.-

Lucas intervino entonces, señalando un punto concreto en uno de los documentos.

—Señora, hay algo más urgente. Isabella ha convocado hoy mismo una reunión en la sede, a la que está invitada toda la dirección, socios importantes… y usted. Dijo que es para presentar un nuevo proyecto, una inversión millonaria que ella ha conseguido. Pero sabemos que es mentira. No tiene nada. Lo que quiere es tenderle una trampa. Quiere humillarla, desacreditarla delante de todos, demostrar que usted no vale nada, que solo es una niña rica sin conocimientos, para que Dante vuelva a mirarla solo a ella, para que usted pierda todo lo que ha ganado en estos días.-

Me levanté despacio, cerrando la carpeta con fuerza, sintiendo cómo la determinación crecía dentro de mí, sustituyendo cualquier rastro de duda. Me miré en el gran espejo que había en la pared: traje negro, postura firme, mirada clara. Ya no era la misma.

—Entonces iremos —dije, con voz firme—. Iremos, Lucas. Y le demostraremos a ella… y a todos… quién soy realmente. Y también le demostraremos a Dante que no soy el juguete que creía. Que soy la mujer que, si él quiere, puede estar a su lado… o puede destruirlo.-

Bajamos al piso principal, hacia el gran salón de reuniones. Desde lejos se oían voces, risas, el murmullo de la gente importante que trabajaba para el imperio Moretti. Al entrar, todos se callaron de golpe. Cabezas se giraron, miradas curiosas, algunas de burla, otras de sorpresa. Y allí, en el centro, junto a Dante, estaba ella.

Isabella Rossi.

Vestida de blanco y dorado, llamativa, hermosa, con esa elegancia fría y calculada que siempre la caracterizaba. Su cabello rubio caía perfecto sobre sus hombros, sus ojos verdes brillaban con malicia, y cuando me vio entrar, esa sonrisa falsa y dulce se le dibujó en los labios… pero vi cómo sus ojos se estrecharon, cómo su mandíbula se tensó al verme así: erguida, segura, caminando al lado de Lucas, con la carpeta en la mano, como una verdadera heredera.

Dante estaba a su lado. Llevaba traje gris oscuro, impecable, las manos en los bolsillos, la postura relajada… pero cuando entré, todo en él cambió. Su cuerpo se tensó de golpe. Sus ojos grises me buscaron al instante, recorriéndome entera, desde los zapatos hasta el peinado, deteniéndose en mi rostro, en mis ojos. Y vi de nuevo lo de antes: esa mezcla de rabia, deseo, fascinación… y algo más profundo, algo que él intentaba ocultar con todas sus fuerzas. Se apartó un poco de Isabella, inconscientemente, como si no quisiera estar cerca de ella cuando yo estaba allí.

—¡Ah, por fin! —exclamó Isabella, con esa voz melosa que sabía usar para engañar a todos, acercándose a mí con las manos extendidas, como si fuéramos grandes amigas—. ¡Valeria, qué gusto que hayas venido! Te estaba esperando. He preparado algo muy importante, algo que va a cambiar mucho las cosas en la empresa. Y claro… tenías que estar tú aquí, como esposa de Dante, para ver todo lo que nosotros logramos hacer.-

Me dejó que me tomara las manos entre las suyas, frías y duras, y yo le devolví la sonrisa, igual de dulce, igual de falsa.

—Claro que vine, Isabella. ¿Cómo me iba a perder la oportunidad de ver lo que haces? Y además… ahora soy parte de todo esto, ¿no lo sabías? El señor Giorgio decidió que ya era hora de que yo aprendiera cómo funciona lo que también es mío.-

Vi cómo sus ojos brillaron de rabia, pero se mantuvo sonriendo. Se giró hacia todos los presentes, alzando la voz para que todos oyeran:

—Todos conocen a Valeria, la esposa de Dante. La dulce, tranquila, siempre tan reservada… —hizo una pausa, y escuché risitas ahogadas entre la gente—. Pero hoy, al parecer, ha decidido que quiere ser parte de los negocios. Y me parece maravilloso. De verdad. Pero… —se giró de nuevo hacia mí, bajando la voz, solo lo suficiente para que yo lo oyera, con veneno en cada palabra— ten cuidado, querida. Esto no es jugar a ser importante. Aquí se necesita inteligencia, experiencia, saber moverse… cosas que tú nunca tuviste. Dante te protegió siempre, te mantuvo lejos de todo esto por una razón: porque sabía que no aguantarías ni cinco minutos.-

—¿De verdad? —respondí, con calma, sin apartar la mirada—. O tal vez, Isabella… Dante me mantenía lejos porque tenía miedo de que cuando aprendiera… me diera cuenta de todo lo que tú y él se han estado ocultando. Y de todo lo que me han estado robando.-

Su sonrisa se borró por un segundo. Pero se recuperó rápido, se giró hacia la mesa grande del centro, donde había papeles, proyecciones, gráficos.

—Bueno, basta de charlas. Vamos a lo importante. Hoy he venido a presentar una inversión clave: un proyecto de construcción en el norte, una zona nueva, muy rentable, que nos dará millones en pocos años. Yo lo he gestionado todo, he conseguido los permisos, los socios, todo. Y aquí están los documentos. —Señaló las hojas que había sobre la mesa—. Todo listo para firmar. Y claro… quería que tú vieras, Valeria, cómo se hacen las cosas, para que aprendas. Porque tú… ¿qué sabes hacer aparte de estar bonita y esperar que los demás te den todo?-

Las risitas volvieron, más fuertes esta vez. Sentí la rabia subir, pero también sentí una mirada pesada sobre mí. Dante. Lo sentía. Lo sabía. Él me estaba mirando. Y cuando lo miré de reojo, vi que él no reía. Estaba serio, muy serio. Miraba a Isabella con desaprobación, y luego me miraba a mí, con esa intensidad que me decía: “Defiéndete. Demuéstrale que se equivoca. Y demuéstrame a mí también”.

Me acerqué despacio a la mesa, me quité la chaqueta del traje y la dejé con calma en una silla, me arremangué las mangas de la camisa blanca debajo, y me incliné sobre los papeles. Tomé uno, lo leí despacio, pasé la página, revisé cifras, fechas, nombres. El silencio en la sala era absoluto ahora. Todos me miraban, esperando que me equivocara, que no entendiera nada, que me avergonzara.

Pero yo no me equivoqué.

Levanté la vista, miré a Isabella directamente a los ojos, y con voz clara, fuerte, que resonó en toda la sala, dije:

—Es mentira. Todo esto es mentira.

Se hizo un silencio helado. Isabella palideció un poco, pero intentó reírse, nerviosa.

—¿De qué estás hablando? ¿Tú qué sabes? Ni siquiera sabes leer un balance.

—Sé leerlo mejor que tú, al parecer —respondí, y levanté el papel en alto para que todos lo vieran—. Aquí dices que has conseguido permisos oficiales, que tienes acuerdos con el gobierno, que los terrenos son libres y legales. Pero mira estas fechas. Mira estos números. Mira este nombre de empresa. —Señalé cada cosa con el dedo—. Estos permisos están caducados desde hace tres meses. Estos números de registro son falsos, corresponden a una empresa que ya no existe desde hace dos años. Y estos terrenos… no son tuyos, ni nuestros. Están en disputa legal, hay pleitos pendientes, y si invirtiéramos un solo euro aquí, perderíamos todo. Y no solo eso… —hice una pausa, mirándola fijamente— estos documentos… son copias. Copias que tú sacaste de los archivos antiguos de mi padre. Papeles que él preparó hace años y que nunca usó porque sabía que era una estafa. Tú no has conseguido nada. Tú solo has robado papeles viejos, has intentado engañarnos a todos, para parecer importante, para demostrar que vales algo… pero lo único que has demostrado es que eres una ladrona y una mentirosa.-

Un murmullo fuerte estalló en toda la sala. Gente hablando, sorprendida, mirando a Isabella con reproche. Ella estaba pálida como la pared, temblando de rabia y vergüenza, con los ojos llenos de odio hacia mí.

—¡Es mentira! ¡Mientes! —gritó, perdiendo la compostura, acercándose a mí amenazante—. ¡Tú no sabes nada! ¡Tú eres una niña estúpida, una pobre idiota a la que le dieron papeles para que pareciera lista! ¡Dante, dile algo! ¡Diles que ella miente, que ella no sabe nada!-

Todos giraron la mirada hacia Dante. Él estaba allí, de pie, quieto, con el rostro imposible de leer. Se acercó despacio a la mesa, tomó los papeles que yo tenía en la mano, los leyó con atención, revisó cada punto que yo había señalado. Y luego… levantó la vista hacia Isabella. Y su mirada… ya no era la de antes. Ya no había cariño, ni complicidad, ni admiración. Había decepción. Había rabia. Y había desprecio.-

—Tiene razón —dijo Dante, con voz baja, grave, que todos escucharon claramente—. Todo lo que ha dicho Valeria es verdad. Estos documentos son falsos, están caducados, son viejos. Isabella… ¿qué es esto? ¿Qué intentabas hacer? ¿Engañarnos a todos? ¿Jugar con el dinero y el nombre de mi familia?-

—¡Yo solo quería ayudar! —gritó ella, con voz rota, intentando acercarse a él, tocando su brazo—. ¡Yo solo quería demostrarte que yo soy mejor, que yo valgo más que ella! ¡Yo lo hice por ti, Dante! ¡Por nosotros!-

Dante se apartó bruscamente de ella. Se apartó de un modo que nunca había hecho. Y entonces… ocurrió lo que yo nunca habría imaginado. Él se giró hacia mí. Se acercó a mí, despacio, con esa intensidad que me quemaba, y se paró a solo unos centímetros, ignorando completamente a Isabella, ignorando a todos los demás, como si solo existiéramos nosotros dos en toda la sala.

Me miró a los ojos, profundamente, como si quisiera leerme el alma. Y en su mirada vi todo lo que él no se atrevía a decir. Vi orgullo. Vi admiración. Vi culpa. Y vi amor. Un amor confundido, oscuro, difícil… pero amor al fin y al cabo.-

—Tú… —empezó a decir, con voz ronca, bajita, solo para mí— tú sabías todo esto. Lo sabías y lo has dicho con esa calma… con esa seguridad. Le has destrozado su juego delante de todos. Me has demostrado que no eres débil. Que no eres tonta. Que eres mucho más de lo que yo creía… y mucho más de lo que merezco.-

Se quedó callado un segundo, tragando duro, y luego, bajó aún más la voz, tanto que solo yo pude escuchar:

—Hace mucho tiempo… antes de todo esto… cuando te conocí… cuando te traje aquí… yo te quería. De verdad te quería. Pero el orgullo, las reglas de mi familia, Isabella… todo me cegó. Dejé que te trataran mal, dejé que te apartaran, dejé que te hicieran sufrir. Y ahora… ahora te veo así, de pie, luchando, ganando… y me doy cuenta de que el mayor error de mi vida no fue casarme contigo… fue haber tardado tanto tiempo en darme cuenta de que tú eras lo único que siempre debí haber querido.-

Sentí cómo se me aceleraba el corazón, cómo me temblaban las manos, cómo las lágrimas me subían a los ojos, pero me negué a dejarlas caer. Él dio un paso más, casi rozándome, y sentí su calor, su olor, todo lo que siempre había sido mi debilidad.

—Te he hecho daño, Valeria. Mucho daño. Y sé que no tienes por qué perdonarme. Sé que ahora quieres venganza, que quieres todo lo que es tuyo, que quieres destruirme… y te lo mereces. Pero quiero que sepas esto: no te voy a poner obstáculos. Ya no. Y cada día que pase… voy a intentar que me veas no como tu enemigo… sino como el hombre que se ha enamorado de ti, aunque sea tarde, aunque sea difícil, aunque tú ya no sientas nada por mí.-

Se giró entonces, de golpe, y miró a Isabella, que estaba allí parada, llorando, furiosa, con la cara desfigurada por el odio.

—¡Lárgate —le dijo Dante, con una frialdad absoluta, sin dejar lugar a dudas—. Lárgate ahora mismo de este edificio, Isabella. Lárgate de mi vida, y no vuelvas a acercarte ni a mí, ni a mi familia, ni a Valeria. Lo que has hecho hoy no tiene perdón. Has intentado engañarnos, has jugado con nuestro nombre, has intentado humillar a mi esposa delante de todos… y lo peor de todo: has creído que podías sustituir a quien nunca debiste ni siquiera tocar.-

Isabella se quedó inmóvil, con la boca abierta, las lágrimas corriendo por sus mejillas, mezcladas con el maquillaje, convirtiéndose en una imagen patética de lo que antes parecía ser. Miró a Dante, buscando una sola señal de arrepentimiento, una sola puerta abierta, pero no encontró nada más que dureza. Luego me miró a mí, y en sus ojos ya no había burla ni lástima, solo un odio profundo y asesino, de esos que guardan para siempre.

—Te arrepentirás de esto, Dante —susurró ella con voz rota, temblando de rabia—. Te arrepentirás de elegir a ella. Ella te destruirá. Ella nos destruirá a todos. Y cuando te des cuenta… yo ya no estaré ahí para salvarte.

Dante no respondió. Simplemente hizo una seña a Marco, que estaba en la puerta, y el jefe de seguridad se acercó a Isabella con paso firme.

—Por favor, señora, acompañeme —dijo Marco con educación, pero con una autoridad que no admitía rechazo.

Isabella dio media vuelta, caminó hacia la salida entre el silencio absoluto de todos los presentes, y justo antes de cruzar la puerta, se giró una última vez. Me miró a mí, fijamente, y con los labios apenas movidos, me lanzó una amenaza muda que yo entendí perfectamente: “Esto no se ha acabado”.

Cuando la puerta se cerró tras ella, el silencio siguió flotando unos segundos más, pesado, cargado de todo lo que acababa de suceder. Dante se giró hacia los directivos, socios y empleados que nos rodeaban, y su voz retumbó con fuerza, reafirmando su poder, pero cambiando todo lo que antes estaba establecido.

—Escuchen bien todos —dijo, mirando a cada uno de ellos a los ojos—. De hoy en adelante, la señora Valeria Varela de Moretti tendrá voz, voto y poder absoluto en todas las decisiones de esta empresa. Tendrá acceso a todos los archivos, a todas las cuentas, a todos los proyectos. Lo que ella diga, vale tanto como lo que diga yo. Y quien no esté de acuerdo… puede irse ahora mismo.-

Nadie se movió. Nadie habló. Todos asintieron, impresionados, comprendiendo al fin que la mujer que antes ignoraban o compadecían, ahora era la persona más importante de todas.

Dante se giró de nuevo hacia mí. Ya no había gente alrededor, todos habían empezado a retirarse discretamente, dejándonos solos en el gran salón, rodeados de mesas vacías y papeles esparcidos.

Él dio un paso hacia mí, despacio, con una mezcla de timidez y determinación que nunca le había visto. Se acercó tanto que podía sentir el calor de su cuerpo, podía ver el latido rápido de su sien, la forma en que sus manos se cerraban y abrían a los costados, como si luchara contra el impulso enorme que tenía de tocarme.

—Lo he dicho delante de todos —murmuró, con esa voz ronca que me hacía estremecer—. Y lo digo ahora delante de ti, solo para ti: me equivoqué. Me equivoqué contigo desde el primer día. Dejé que mi orgullo, mis miedos y las mentiras de otros me cegaran. Te traté como a una carga, como a un objeto, cuando tú eras… eres lo mejor que me ha pasado en la vida.-

Levantó una mano, dudoso, y la acercó despacio a mi rostro, hasta que sus dedos tocaron suavemente mi mejilla. Sentí su piel, caliente, temblando apenas, y en ese contacto sentí todo lo que él intentaba decir: culpa, dolor, deseo, arrepentimiento… y ese amor que había estado escondido bajo capas de hielo y que ahora se derretía con una fuerza imparable.-

—Vi cómo me mirabas antes —continuó, bajando la cabeza para mirarme a los ojos, perdido en ellos—. Vi que ya no había amor ahí. Que lo maté yo mismo, día tras día, con cada palabra dura, con cada desprecio, con cada mentira. Y lo merezco, merezco que me odies, que me hagas pagar, que me destruyas tal como yo te destruí a ti. Pero Valeria… —su voz se quebró un instante, y apretó su mano contra mi mejilla con más fuerza, como si tuviera miedo de que me fuera—, aunque ya no me quieras, aunque solo quieras venganza… quiero que sepas que yo sí te quiero. Te quiero con toda la fuerza con la que un hombre puede querer a la única mujer que lo ha hecho sentirse vivo. Te quiero ahora que eres fuerte, ahora que eres poderosa, ahora que me das la batalla de mi vida. Y si tengo que ganarme tu amor de nuevo… si tengo que esperarte años… si tengo que demostrarte cada día que he cambiado… lo haré. Porque prefiero tenerte como enemiga con poder, que tenerte como esposa sumisa que no me miraba.-

Me quedé allí, bajo su tacto, escuchando sus palabras, sintiendo la tormenta de emociones que se libraba dentro de mí. El dolor de tres años de sufrimiento seguía ahí, vivo, profundo, grabado en cada parte de mi ser. Pero también estaba esto: la verdad, su arrepentimiento, la certeza de que yo ya no era lo que él creía, y de que él… él empezaba a ser lo que yo siempre había deseado que fuera.

—Dante… —susurré, y fue la primera vez en mucho tiempo que dije su nombre sin rabia ni frialdad, solo con una tristeza inmensa y una confusión que me desbordaba—. Me has roto el corazón. Me has hecho creer que no valía nada, que todo era mentira, que yo solo era un precio. Y ahora… ahora me dices esto. ¿Cómo quieres que crea en ti? ¿Cómo quieres que olvide todo lo que me hiciste?

Él bajó la mano lentamente, pero no se apartó. Se quedó ahí, frente a mí, con la mirada baja, humillado, tal como yo lo estuve tantas veces.

—No te pido que olvides —respondió con voz grave y sincera—. Te pido que me dejes intentar arreglarlo. No espero que me perdones mañana, ni pasado, ni quizás nunca. Pero mientras estemos juntos… mientras llevemos el mismo apellido, mientras tú seas la dueña de todo lo que yo alguna vez creí mío… déjame estar a tu lado. Déjame luchar contra ti y por ti. Porque ahora lo sé… y lo sé con certeza absoluta: no puedo vivir sin ti. Y no quiero hacerlo.-

En ese momento, Lucas entró en la sala, discretamente, respetuoso, interrumpiendo solo lo justo para devolvernos a la realidad, pero sin romper el momento.

—Señora… señor… el señor Giorgio les espera en su despacho. Dice que es hora de hablar de lo que viene ahora. De la herencia, de los activos, de todo lo que Isabella intentó robar y que ahora está a salvo.-

Dante no apartó la mirada de mí. Me ofreció su brazo, despacio, con un gesto de caballero, de igual a igual, no de dueño a posesión.

—¿Vamos, señora Moretti? —me dijo, con una media sonrisa triste, llena de promesas—. Tú llevas las riendas ahora. Adónde quieras ir… yo te sigo.-

Puse mi mano en su brazo. Sentí la firmeza de su cuerpo, la seguridad que siempre me había dado y que yo había perdido. Y mientras caminábamos hacia la salida, hacia el despacho de Giorgio, hacia un futuro que antes parecía oscuro y que ahora se llenaba de luz, de poder y de sentimientos confusos, supe dos cosas con claridad:

La primera: Isabella no se quedaría de brazos cruzados. La guerra contra ella apenas empezaba, y sería mucho más sucia y peligrosa ahora que ella lo había perdido todo.

La segunda: Yo ya no era la misma mujer. Y Dante… Dante ya no era el mismo hombre. Lo que había entre nosotros ya no era amor ni odio. Era una mezcla explosiva de ambos, una pasión que quemaba y sanaba a la vez, un vínculo que ni el tiempo, ni las mentiras, ni el dolor habían podido romper del todo.

Lo que fuera que nos esperara… iba a ser intenso. Y por primera vez en tres años… tenía la certeza absoluta de que yo iba a ganar.

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Laura Panama
así me gusta que se defienda no que se umille
Maria natalia Jauregui ramirez
Si
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