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UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

Status: En proceso
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Grandes Curvas / Romance
Popularitas:224
Nilai: 5
nombre de autor: Anthony Helios

Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.

NovelToon tiene autorización de Anthony Helios para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

‌ ‌ ‌Í ‌ ‌ ‌ ‌ 1 ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌ ‌

(y con tierra en la boca)

  ​Lo primero que noté no fue la luz mágica, ni el canto de pajaritos celestiales, ni una fanfarria de trompetas dándome la bienvenida al mundo de la fantasía. Lo primero que noté fue que algo duro se me estaba clavando en la costilla y que mi boca sabía a tierra.

  ​—Mmphf... guácala —escupí, levantando la cara del suelo.

  ​Abrí los ojos. Esperaba ver el pavimento gris del Parque Las Américas, o tal vez las luces blancas de una sala de urgencias si es que el ataque de ansiedad me había provocado un desmayo. Pero no.

  ​Lo que vi fue pasto. Mucho pasto. Y árboles. Unos árboles gigantescos, de troncos gruesos y retorcidos que parecían sacados de una película de Tim Burton, pero con presupuesto de Hollywood. El cielo no era ese tono gris "contingencia ambiental fase 1" al que mis pulmones chilangos estaban acostumbrados; era de un azul insultante, casi violento, salpicado de nubes blancas y esponjosas que parecían dibujadas por un niño feliz.

  ​Me senté de golpe, mareado. Sentía el estómago revuelto, como si me hubiera bajado una botella entera de Tonayán yo solo.

  ​—¿Qué pedo? —murmuré, sobándome la cabeza—. ¿Me drogaron? ¿Me secuestraron?

  ​Me revisé los bolsillos frenéticamente. Cartera: presente (con mis cincuenta pesos restantes). Celular: presente. Saqué el teléfono esperando ver la hora o llamar a emergencias.

  Sin Servicio. Ni una rayita de señal. Ni 4G, ni 3G, ni la señal esa chafa que agarras en el metro. Nada.

  ​—Okey, Alejandro, tranquilo. Respira. Inhala, exhala. Seguro te asaltaron en el parque, te dieron un cachazo y te vinieron a tirar al Ajusco o a la Marquesa. Es lo lógico.

  ​Pero entonces escuché el ruido. No eran cláxones, ni el "se compran colchones...", ni reguetón a todo volumen. Era un gruñido. Un gruñido profundo, gutural y vibrante que hizo temblar el suelo bajo mis Converse sucios.

  ​Giré la cabeza lentamente hacia la derecha.

  A unos diez metros de mí, saliendo de entre unos arbustos espinosos, había un... animal. Pero no era un perro callejero, ni un tlacuache.

  ​Era un jabalí. Pero si ese jabalí hubiera ido al gimnasio, se hubiera inyectado esteroides y tuviera un problema severo de manejo de ira. La bestia era del tamaño de un Tsuru, tenía el pelaje negro como el petróleo y unos colmillos curvos que goteaban una baba espesa y amarillenta. Sus ojos rojos se clavaron en mí con una intención muy clara: desayuno.

  ​—Ay, no mames —susurré, paralizado.

  ​El libro rojo, La Leyenda del Corazón Valiente, estaba tirado a mi lado, abierto en una página en blanco. Lo agarré por instinto.

  —¡Tú! —le grité al libro, sacudiéndolo—. ¡Tú me hiciste esto! ¡Regrésame! ¡Prefiero ver al refrigerador humano cogiéndose a mi novia que esto!

  ​El jabalí resopló, rascó la tierra con la pezuña y cargó.

  ​El instinto de supervivencia, ese que yo creía tener atrofiado por años de ser un Godínez civilizado, se activó. No fue heroico. No saqué una espada imaginaria. Hice lo que cualquier capitalino sensato haría ante una amenaza inminente: grité como niña y corrí.

  ​—¡Ayudaaaaa! ¡Auxilio! ¡Policía! —berreé mientras mis piernas se movían más rápido que cuando persigo el Metrobús.

  ​Corrí entre los árboles, tropezándome con raíces, mientras escuchaba el bum-bum-bum de la bestia detrás de mí. El bicho era rápido. Podía escuchar su respiración jadeante casi en mi nuca. El olor a animal mojado y a podredumbre me golpeó la nariz.

  ​Vi un árbol con una rama baja. Ahí.

  Salté con una agilidad que no sabía que tenía, me aferré a la corteza rugosa y me impulsé hacia arriba justo cuando los colmillos del jabalí pasaban rozando mi talón izquierdo, rasgando la tela de mis jeans.

  ​Me abracé al tronco, temblando como gelatina, a tres metros del suelo. El jabalí frenó, dio la vuelta y empezó a golpear el árbol con la cabeza. ¡PUM! ¡PUM! El árbol vibró. Yo vibré. Mi dignidad, que ya estaba por los suelos desde lo de Diana, terminó de evaporarse.

  ​—¡Vete! ¡Shú, shú! —le grité, tirándole una hoja—. ¡Soy pura grasa y colesterol, no te convengo!

  ​De repente, un silbido agudo cortó el aire.

  ¡Fwip!

  ​Una flecha se clavó con precisión quirúrgica en el ojo derecho del jabalí. La bestia soltó un chillido que me heló la sangre, se tambaleó y cayó de costado, pataleando unos segundos antes de quedarse quieta. Muerta.

  ​El silencio volvió al bosque, solo interrumpido por mi respiración entrecortada y mis ganas de llorar.

  ​—Buen tiro —dijo una voz femenina, seca y autoritaria.

  ​Bajé la mirada. De entre los árboles salió una figura. Era una mujer. Y vaya mujer. Llevaba una armadura de cuero ajustada que parecía bastante práctica (nada de bikinis de metal ridículos), botas altas y una capa verde oscuro que la camuflaba con el bosque. Tenía el pelo negro, corto y despeinado, y una cicatriz fina cruzándole la mejilla izquierda. Sostenía un arco largo con la misma naturalidad con la que yo sostengo mi café por las mañanas.

  ​Se acercó al jabalí muerto, le puso una bota encima y tiró de la flecha para recuperarla con un sonido húmedo y desagradable: shhhlock.

  Luego, levantó la vista hacia mí. Sus ojos eran de un color ámbar intenso, y me miraban no con admiración, ni con curiosidad, sino con el más puro y absoluto desprecio.

  ​—Oye, tú, el del árbol —dijo con un acento que no pude ubicar, pero que sonaba mandón—. ¿Ya vas a bajar o te vas a quedar ahí anidando?

  ​Tragué saliva.

  —Yo... este... gracias. Me salvaste la vida.

  ​—No te salvé la vida —replicó ella, limpiando la punta de la flecha en el pelaje del jabalí muerto—. Ese era mi almuerzo. Tú solo eras el cebo. Ahora baja antes de que te confunda con una ardilla gigante y te dispare a ti también.

  ​Bajé torpemente, raspándome los brazos y aterrizando de culo en el pasto. Me levanté rápido, sacudiéndome la tierra, intentando recuperar un miligramo de compostura. Agarré mi libro del suelo, que se me había caído en el ascenso.

  ​—Soy Alejandro —dije, extendiendo la mano con mi mejor sonrisa de "tipo amable", esa que usaba cuando quería caerle bien a la mamá de Diana—. Mucho gusto y gracias por... bueno, por no dejar que me comieran.

  ​Ella ignoró mi mano olímpicamente. Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal, y me olfateó. Arrugó la nariz.

  —Hueles raro. A químicos y a desesperación. Y tu ropa es ridícula. ¿De qué circo te escapaste, bufón?

  ​—Oye, son unos Converse originales —me defendí, ofendido—. Y no soy un bufón. Soy... bueno, soy de la Ciudad de México. De la Narvarte.

  ​Ella arqueó una ceja.

  —Narvarte. Suena a nombre de enfermedad venérea.

  ​—¡Es una colonia! ¡Un barrio! —exclamé, frustrado—. Mira, creo que hubo un error. Compré este libro... —levanté La Leyenda del Corazón Valiente— y de repente aparecí aquí. Solo quiero volver a mi casa, echarme en mi cama y llorar un par de días. ¿Sabes dónde hay una estación de metro? ¿Un sitio de taxis? ¿Uber?

  ​La mujer me miró fijamente unos segundos, luego soltó una carcajada seca y cortante.

  —Estás demente. O eres un espía muy estúpido del Reino de Sombra.

  ​Se dio la media vuelta, se echó el jabalí muerto al hombro (¡el bicho debía pesar cien kilos y ella lo cargó como si fuera una mochila escolar!) y empezó a caminar.

  ​—¡Espera! —grité, corriendo tras ella—. ¡No me dejes aquí! ¡No sé dónde estoy!

  ​Ella se detuvo y me miró por encima del hombro.

  —Estás en el Bosque de los Lamentos, idiota. Y si no te mueves rápido, los lobos carroñeros van a venir por el olor a sangre. Y a diferencia de mí, a ellos les encanta la carne blanda y llorona.

  ​Me quedé helado. Miré el bosque oscuro a mi alrededor. Miré a la mujer armada alejándose.

  —Mierda —mascullé.

  ​Y así, con el orgullo roto, el corazón pisoteado y siguiendo a una desconocida que cargaba un cerdo gigante, empezó mi nueva vida.

  —¡Espérame! —grité, corriendo tras ella—. ¡Al menos dime cómo te llamas!

  ​—No te importa —gritó ella sin voltear.

  ​—¡A mí sí! —insistí, alcanzándola—. Si vamos a ser compañeros de viaje...

  ​Ella se paró en seco, giró y me puso la punta de una flecha en la garganta. Frené tan rápido que casi me caigo.

  —Escúchame bien, Narvarte. No somos compañeros. No somos amigos. Si me sigues es bajo tu propio riesgo. Y si no te callas la boca, te voy a coser los labios. Me llamo Kaia. Y odio a los hombres que hablan mucho.

  ​Tragué saliva, sintiendo el metal frío en mi piel.

  —Entendido. Kaia. Bonito nombre. Significa... ¿paz?

  ​—Significa "la que rompe huesos" —dijo ella, y reanudó la marcha.

  ​Suspiré, derrotado.

  —Perfecto. Justo mi tipo

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