TEMPORADA 2 DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 2
El colgante.
Aquella noche, antes de que Rowan Ashford sellara mi núcleo espiritual, mi conciencia había entrado en el espacio del anillo. Había buscado mi espada, intentando invocarla una y otra vez… pero no respondió.
Y mientras la buscaba, también intenté encontrar el colgante, más por curiosidad que por otra cosa.
Pero no estaba.
Ni la espada.
Ni el colgante.
Luego Rowan Ashford selló mi núcleo, y ya no tuve oportunidad de seguir buscándolo.
En aquel tiempo… Había empezado a romperme por dentro.
El miedo se había filtrado en cada rincón de mi mente. El miedo a Rowan Ashford, a su control absoluto sobre mi vida… y, sobre todo, el miedo de que esa fuera mi última existencia.
Poco a poco dejé de resistirme.
Dejé de luchar.
Y al saberlo en ese entonces, y recordarlo ahora, un escalofrío recorrió mi espalda.
Una sensación fría se deslizó lentamente por mi columna, como si una mano invisible hubiera rozado mi alma.
Porque en el fondo… siempre lo había sabido.
Ese colgante no era un simple adorno. Estaba ligado a algo mucho más profundo, algo que había acompañado mis otras vidas, algo que había estado presente cada vez que mi existencia volvía a comenzar.
Mi respiración se volvió más lenta.
Si ese colgante realmente estaba relacionado con mis reencarnaciones… entonces perderlo no era un asunto menor.
Bajé la mirada hacia mi vientre abultado y acaricié suavemente la curva de mi embarazo.
Una emoción desconocida comenzó a crecer en mi pecho.
No era miedo por mí.
Era miedo… por nosotros.
Porque por primera vez en mucho tiempo entendí algo con absoluta claridad.
Si esta vida terminaba…
tal vez no habría otra después...
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Debo hacerme más fuerte. Para que nadie vuelva a humillarme jamás… y para que mi hijo pueda vivir una vida tranquila.
Así que, antes de comenzar a cultivar, le hablé a Lif.
—Cultivaré. Me recluiré.
La voz de Lif resonó dentro de mi mente.
—Está bien. Yo dormiré por un tiempo para recuperarme de unos pequeños daños… Tu marido… no sé cómo lo hizo, pero me dañó indirectamente aquella vez en el castillo.
Después de decir eso, su presencia se desvaneció.
No volvió a escucharse ni el más mínimo rastro de ella.
Entonces comencé a cultivar.
El aire espiritual dentro de la caverna era tan denso que hacía estremecer mi piel. Cada respiración estaba cargada de energía pura. Gracias a mi talento natural, absorberla no me causó ninguna dificultad.
Poco a poco, mi núcleo espiritual empezó a recuperarse.
Las grietas que antes lo debilitaban comenzaron a cerrarse lentamente.
Y con el paso del tiempo, finalmente logré superar el cuello de botella que había detenido mi cultivación durante tanto tiempo.
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— DOS MESES Y VEINTIÚN DÍAS DESPUÉS —
Así transcurrieron dos meses y veintiún días.
Pero fui descuidada.
Terriblemente descuidada.
Un dolor horrible se apoderó de mi vientre, tan intenso que mi cultivación se interrumpió de golpe.
Mi respiración se volvió irregular.
Entonces lo entendí.
Estaba teniendo contracciones.
Había estado tan concentrada en cultivar… que olvidé por completo el paso del tiempo.
Un descuido estúpido de mi parte.
Salté fuera del lago y, usando mi energía espiritual, comencé a explorar desesperadamente la caverna en busca de una salida.
Mis sentidos espirituales se expandieron por cada rincón de piedra.
Hasta que la sentí.
—¡La encontré!— murmuré con alivio.
Con contracciones horriblemente dolorosas, corrí en la dirección que guiaba mi energía espiritual.
El túnel de piedra pronto se volvió más húmedo. El suelo estaba cubierto por una delgada corriente de agua que corría entre las rocas, y cada paso levantaba pequeñas salpicaduras.
Seguí avanzando, apoyándome en las paredes cuando el dolor me hacía detenerme por un instante.
Entonces, de repente—
Una gran cortina de agua cayó sobre mí.
Había atravesado la salida de la caverna sin darme cuenta.
Era una cascada.
El agua fría golpeó mi cuerpo mientras salía al exterior. Me aparté rápidamente y descendí por la roca húmeda hasta caer en el río que corría debajo. El impacto me hizo jadear, pero reuní fuerzas y salté hacia la orilla.
Finalmente logré salir del agua.
Empapada, respirando con dificultad y sosteniendo mi vientre, levanté la mirada…
Y lo que vi me dejó sin palabras.
Ante mí se extendía un bosque que parecía sacado de un sueño.
Árboles gigantescos se alzaban hacia el cielo, tan altos que sus copas se perdían en la neblina azulada de la noche. Sus troncos brillaban con una luz turquesa suave, como si la energía espiritual fluyera en su interior como ríos luminosos.
De sus ramas caían largas hebras de luz, parecidas a cascadas etéreas que descendían lentamente hasta el suelo del bosque.
Miles de pequeñas motas brillantes flotaban en el aire, como luciérnagas espirituales que danzaban entre los árboles, iluminando el paisaje con un resplandor mágico.
Un río serpenteaba frente a mí, reflejando aquella luz azulada como un espejo líquido que atravesaba el bosque silencioso.
El aire estaba cargado de una energía espiritual increíblemente pura y abundante, tan densa que casi podía sentirse sobre la piel.
Y por alguna razón…
Ese lugar me resultaba extrañamente familiar.
Entonces, desde la oscuridad del bosque, una voz se escuchó de repente.
Era una voz profunda, varonil y extrañamente seductora, pero cargada de severidad.
—Esta es una zona prohibida. Si no te marchas… te convertiré en abono.
Me sobresalté y volteé de inmediato.
Pero el hombre permanecía oculto entre las sombras de los árboles gigantes, donde la luz azul apenas alcanzaba. Su figura era solo una silueta oscura que me impedía distinguir su rostro.
Apreté mi vientre y traté de hablar.
—Yo… no sé dónde estoy… yo…
Pero no pude terminar.
Una contracción brutal atravesó mi cuerpo de repente.
—¡Ahh…! —grité sin poder contenerme.
El dolor fue tan intenso que mis piernas cedieron y caí de rodillas sobre el suelo húmedo del bosque, respirando con dificultad mientras sujetaba mi vientre con ambas manos.
Otra contracción me atravesó el cuerpo como un relámpago.
El dolor fue tan intenso que casi me dejó sin aire. Apreté los dientes, sosteniendo mi vientre con ambas manos mientras mi respiración se volvía irregular.
Entonces, reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban, grité hacia la oscuridad donde estaba aquel hombre misterioso.
—¡Estoy… estoy a punto de dar a luz! —mi voz salió temblorosa por el dolor—. ¡Ayúdame… por favor!
Otra punzada recorrió mi vientre y mi cuerpo se inclinó hacia adelante.
—¡Pagaré los cristales que sean necesarios! —continué, casi suplicando—. ¡Así que por favor… ayúdame!