No murió por falta de latidos, sino por ausencia de valentía para sostenerlos.
El primer amor...el primer amor de Arya Rosenfeld fue eso, un amor cobarde.
Entonces porque ese amor cobarde luego de arruinar un vínculo que para Arya era tan importante como su vida misma, se atrevía a decirle que todo lo había hecho por ella.
August von Hohenberg, el primer amor de Arya Rosenfeld, no solo era cobarde. Era egoísta, mentiroso y completamente despreciable. Por eso Arya solo podía desear la "muerte al primer amor", no a la persona, sino a sus sentimientos.
Acompaña a Arya a recorrer un sinuoso camino, ¿logrará imponerse ante las adversidades? ¿logrará matar a ese primer amor? ¿logrará volver a confiar, volver a amar?
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Capitulo 2
Antes de que el sol se alzara por completo, el timbre de la academia sonó con puntualidad en todas las habitaciones de los estudiantes. El sonido quebró el silencio de la madrugada y se propagó por los pasillos como una orden ineludible.
Arya abrió los ojos sobresaltada, aún aturdida por el sueño. Durante unos segundos no logró reconocer dónde estaba. Luego, los recuerdos regresaron de golpe: la academia, la habitación compartida, el viaje. Una sonrisa somnolienta se dibujó en su rostro.
En ese momento, alguien llamó a la puerta.
Como Arya estaba más despierta que Annie, se levantó y fue a atender. Al abrir, se encontró con una mujer de porte impecable, vestida con el uniforme del personal de la academia. Su expresión era correcta, casi impersonal.
—Prepárense, pónganse los uniformes y diríjanse al salón número cuatro; es el comedor —indicó con voz firme—. Luego del desayuno, deberán dirigirse al sector de las aulas. Allí encontrarán las listas con los salones que les han sido asignados.
—Muchas gracias —respondió Arya, asintiendo con respeto.
Cerró la puerta y se volvió hacia Annie, que comenzaba a incorporarse con evidente dificultad.
—Tenemos que vestirnos y bajar al comedor. Después nos dirán en qué aula estaremos.
Annie asintió, aún adormilada, y ambas se prepararon tal como se les había indicado.
Ya en el comedor, el nuevo ambiente fue captado con avidez por los ojos de Arya. El espacio era enorme y estaba repleto de estudiantes. Jóvenes de su edad, e incluso algunos mayores, llenaban el lugar con conversaciones animadas, risas y exclamaciones que se mezclaban en un caos vibrante. Le resultaba imposible calcular cuántos eran. Junto a Annie, que permanecía en silencio a su lado, Arya se sintió pequeña, casi invisible entre la multitud.
De pronto, un tirón en el brazo la sobresaltó.
—¡Ferdinand! —exclamó Arya, al reconocerlo.
—Te ves bien con el uniforme —añadió ella, observándolo con una sonrisa sincera.
—Lo sé —respondió él, con orgullo.
Arya rió suavemente. Ese autoaprecio tan marcado era una de las características más inconfundibles de su primo.
—Oh, ella es Annie Wald, mi compañera de habitación —dijo Arya, presentándola—. Y él es mi primo, Ferdinand von Einsenwald.
Annie miró a Ferdinand con asombro. Era alto, de cabello castaño y ojos azules, mientras que Arya tenía cabello y ojos tan negros como la misma noche, no se aparecían en nada; además, a diferencia de Aria, llevaba un apellido noble.
—Ho-hola —saludó tímidamente.
—Hola —respondió Ferdinand de manera escueta, antes de volver su atención a Arya.
—Ya que me presentaste a tu compañera de habitación, supongo que debo hacer lo mismo —añadió.
Ferdinand tiró del saco del uniforme de un joven que se encontraba a su lado. Era un poco más bajo que él, de cabello oscuro y mirada esquiva.
—Él es Leonardo Bahuter.
Arya lo observó un instante, pero el joven evitó mirarla directamente, como si le resultara difícil sostener la mirada.
—Es un gusto. Yo soy Arya Rosenfeld —dijo ella con amabilidad.
—Igualmente —respondió Leonardo, visiblemente avergonzado.
—Bien, hechas las presentaciones, deberíamos sentarnos —concluyó Ferdinand, señalando una de las mesas.
Se acomodaron y pronto el desayuno fue servido. Arya y Ferdinand fueron quienes más hablaron, apoyados en la familiaridad de los años compartidos, mientras Annie y Leonardo escuchaban en silencio, interviniendo solo de vez en cuando.
Al terminar, se dirigieron juntos al sector de las aulas para verificar a qué salón habían sido asignados. Cuando encontraron las listas, los cuatro se detuvieron frente a ellas, incrédulos.
Todos figuraban en el mismo curso.
Aula 1A.
—Bueno… al parecer compartiremos mucho tiempo juntos —comentó Arya, tras leer la lista—. Busquemos nuestro salón.
Mientras avanzaban por los amplios corredores de la academia, un revuelo inesperado llamó su atención. A pocos metros, un numeroso grupo de estudiantes —en su mayoría jóvenes mujeres— se agolpaba alrededor de otros tantos jóvenes cuyas figuras no lograban distinguir con claridad desde donde se encontraban.
Todos detuvieron el paso casi al mismo tiempo, observando con curiosidad la escena.
—Qué alboroto… —murmuró Arya.
—Me pregunto quién o quiénes estarán llamando tanto la atención —comentó Annie.
Ferdinand carraspeó y retomó el control de la situación.
—Bueno, eso ahora no es nuestro problema. Busquemos nuestro salón.
Asintieron y reanudaron la marcha. Poco después, cruzaron la puerta del aula asignada. Ya había varios estudiantes dentro y, al ingresar, las conversaciones se apagaron por un instante. Numerosas miradas se posaron sobre el grupo recién llegado antes de volver, discretamente, a lo suyo.
Arya sintió un nudo en el estómago. Recorrió el salón con la mirada, nerviosa, observando uno a uno los rostros de quienes pronto serían sus compañeros. No tardó en notar que, en su mayoría, se trataba de jóvenes nobles, fácilmente reconocibles por su porte y la seguridad con la que ocupaban el espacio.
Tomaron asiento juntos y no pasó mucho tiempo antes de que la puerta se abriera nuevamente. El primer profesor del día entró al aula, imponiendo silencio con su sola presencia. Tras presentarse y darles la bienvenida formal a la academia, anunció con voz clara:
—Comenzaremos con las presentaciones. Cada uno dirá su nombre y algo que le guste.
Para Arya no fue sencillo pensar en qué decir. El profesor había pedido algo que los representara de verdad y, mientras escuchaba las respuestas de sus compañeros —esgrima, política, arte, linaje—, la inseguridad comenzó a apretarle el pecho.
Cuando llegó su turno, sintió que todas las miradas se posaban sobre ella. Dudó un segundo. Pensó que su respuesta podría ser tomada como una broma o como una osadía, dada la magnitud de lo que implicaba. Aun así, respiró hondo y habló.
—Soy Arya Rosenfeld —dijo, con la voz ligeramente temblorosa—, y lo que me gusta es la medicina… quiero estudiar medicina.
Al terminar, un silencio abrupto cayó sobre el aula.
Arya sintió cómo el calor le subía por el cuello hasta las orejas. El corazón le latía con fuerza, convencida de que había cometido un error. Sin embargo, al cabo de unos segundos, el profesor retomó la palabra para que las presentaciones continuaran.
Arya se sorprendió.
¿Eso era todo? ¿No habría reacciones?
Tal vez había sido demasiado cautelosa y había supuesto cosas innecesarias. Pensó en ello mientras el siguiente estudiante se presentaba. Aquel silencio, lejos de incomodarla, le trajo alivio. A diferencia de lo que había temido, a sus compañeros no parecía importarles en absoluto su respuesta y, para Arya, esa indiferencia resultó extrañamente reconfortante.