"Aitana creció bajo el ruido de los pleitos de fin de semana y el silencio de un abuso que nadie vio; esta es la historia de cómo una niña rota buscó su hogar en manos ajenas, descubriendo que el pasado siempre reclama su lugar bajo la lluvia."
Me llamo Aitana y mi vida se divide en fragmentos. El primero se rompió cuando tenía seis años en el baño de una casa ajena; el último, cuando entregué la llave de mi alma a quien juró protegerme. He vivido entre el ruido de botellas vacías y el silencio de un secreto que me quemaba la garganta. Si buscas una historia de finales felices, sigue de largo; pero si quieres saber cómo se siente amar hasta quedar vacía y cómo se sobrevive cuando tu 'casa' se derrumba, quédate conmigo bajo la lluvia.
si sientes que esta historia no te gusta a favor de solamente dejar de leerla y absténgase a denuncias.
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El precio del afecto.
NARRADOR
El refugio que Ricardo había construido alrededor de Aitana empezó a sentirse, poco a poco, menos como un santuario y más como una vitrina de cristal donde el aire comenzaba a escasear. Al principio, la exclusividad de su amor le pareció un privilegio, una corona que la distinguía del resto de las chicas de la preparatoria. Sin embargo, esa corona pesaba cada vez más. El aislamiento no llegó con gritos ni prohibiciones drásticas, sino con silencios castigadores. Ricardo no necesitaba prohibirle hablar con su mejor amiga; le bastaba con torcer el gesto, con mostrarse indiferente o con hacer comentarios sutiles que lograban que Aitana, por puro agotamiento emocional, terminara eligiendo la soledad compartida con él antes que el conflicto.
Pronto, el mapa social de Aitana se redujo a un solo punto: Ricardo. Las tardes de risas con las vecinas en la banqueta se convirtieron en recuerdos lejanos. Ella se convenció de que no necesitaba a nadie más, que el amor de un hombre que la cuidaba cuando estaba enferma y que la defendía de sombras invisibles era suficiente para llenar los huecos de su existencia. Pero la realidad era que estaba construyendo una celda de la cual ella misma guardaba la llave, temerosa de lo que encontraría si decidía abrir la puerta.
El verdadero conflicto, el que le robaba el sueño y le provocaba un nudo permanente en la garganta, era la creciente presión por la intimidad. Ricardo no pedía, él esperaba; y esa expectativa se sentía como una marea alta que amenazaba con ahogarla. Aitana no sentía el despertar de un deseo propio. Su cuerpo no gritaba por él; por el contrario, se tensaba ante cada caricia que subía de tono. Para ella, el sexo no era una promesa de placer, sino un examen que no sabía cómo aprobar.
— ¿Estás lista? —le preguntaba él, y en su mirada Aitana no veía pasión, sino una demanda de propiedad.
— No lo sé... tengo miedo —respondía ella, tratando de ganar tiempo, de estirar su infancia unos días más.
Pero el miedo de Aitana no era a la experiencia en sí, sino al abandono que vendría si seguía diciendo que no. Se imaginaba a Ricardo cansándose de su indecisión, buscando en otros brazos el calor que ella le negaba, y esa idea la aterrorizaba. En su mente, su cuerpo era el único contrato que podía firmar para asegurar que él no se iría. Así llegó esa "primera vez", un evento que para muchas es un hito de amor, pero que para Aitana fue un trámite de supervivencia emocional.
Sucedió en la penumbra de una casa vacía, con el oído atento a cualquier ruido de la calle que anunciara el regreso de algún adulto. Aitana se sentía como una espectadora fuera de su propio cuerpo. Mientras Ricardo la besaba y la tocaba, ella no sentía caricias; sentía manos extrañas invadiendo un territorio que ella no estaba lista para entregar. Eran toques secos, carentes de esa magia que las novelas prometían. Y fue ahí donde apareció la gran mentira: el fingir.
Sin saber realmente qué se suponía que debía sentir o hacer, Aitana recurrió a los únicos referentes que tenía: las películas y las historias mal contadas. Empezó a imitar sonidos, a forzar respiraciones, a actuar una satisfacción que estaba a galaxias de distancia de su realidad.
"¿Así es como se hace?", se preguntaba a sí misma mientras sentía el peso de Ricardo sobre ella. "Tengo que parecer feliz, tengo que parecer que me gusta, porque si se da cuenta de que solo quiero que termine, se va a enojar". Fingía los gemidos, fingía el placer, construyendo una máscara de amante que ocultaba a una niña asustada que solo quería que la abrazaran de verdad, sin segundas intenciones. Al terminar, la sensación de vacío no se había ido; se había multiplicado.
La relación, desgastada por esa actuación constante y por el peso del control, terminó por romperse durante el segundo semestre. Durante esos meses de ruptura, Aitana conoció un tipo de soledad que nunca había imaginado. El silencio de su casa, tras la partida de su hermana y ante la frialdad de su padre Roberto, se volvió una presencia física. Fue entonces cuando el hábito de hablar sola se instaló en su rutina como una medicina amarga.
En la cocina, mientras el vapor de las ollas empañaba los vidrios, Aitana sostenía diálogos completos consigo misma.
— ¿Qué vamos a comer hoy? —se preguntaba en voz alta, solo para romper el vacío.
— No sé, tal vez arroz —se respondía, tratando de que su propia voz llenara las esquinas de la casa donde el afecto de su padre nunca llegaba.
A veces se contaba sus propios problemas, se daba consejos, se regañaba y se perdonaba, todo en voz alta. Era su forma de demostrarse que seguía existiendo, que no era un fantasma más en esa casa de sombras. Pero esa voz propia, aunque la mantenía cuerda, también le recordaba constantemente cuánto dolía que nadie más la escuchara.
Ese dolor fue el que la llevó, el 14 de febrero, de vuelta al campo de fútbol. Cuando Ricardo tomó el pequeño oso de peluche que un amigo le había regalado y lo cubrió con pasto para "protegerlo" del sol, Aitana no vio a un hombre posesivo que reclamaba lo que no era suyo; vio a alguien que, por un segundo, se preocupaba por algo que le pertenecía a ella.
Sentados en el campo, cuando todos los demás se habían marchado y el crepúsculo pintaba el cielo de un rojo herido, la historia se repitió. Ricardo empezó a acariciarla, y aunque el cuerpo de Aitana gritaba "no", su mente gritaba "quédate". Prefirió volver a la actuación, volver a los toques que no quería sentir y a los gemidos ensayados, con tal de no tener que regresar a esa cocina a hablar con las paredes.
Esa tarde, en la inmensidad del campo deportivo, Aitana no recuperó a un novio; recuperó un escudo contra el silencio de su padre, aunque ese escudo le costara la verdad de su propio cuerpo. Regresó al refugio de cristal, aceptando que, en su mundo, el afecto tenía un precio que ella estaba dispuesta a pagar con su propia autenticidad.
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