Se supone que mi corazón no debe detenerse cada vez que entras en una habitación...
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Capítulo II
Madison Beckham siempre había sabido cómo moldear una sonrisa cuando el mundo exigía docilidad. Era una habilidad esculpida desde la infancia, pulida frente a espejos dorados y durante cenas interminables, donde las risas eran coreografías ensayadas y los silencios, decretos obligatorios. Sin embargo, esa noche, la sonrisa se había rebelado, atascándose en su garganta como una espina venenosa.
El salón principal de la casa Beckham irradiaba una opulencia que coqueteaba con lo obsceno. Mármol reluciente, arañas antiguas que derramaban lágrimas de cristal, retratos familiares que intentaban maquillar una armonía inexistente. Madison avanzó descalza sobre la alfombra persa, el vestido de seda color marfil deslizándose sobre su piel como un disfraz que ya no podía soportar. Era hermosa, una verdad innegable, no por vanidad, sino porque se lo habían grabado a fuego en el alma: su cabello rubio platino cayendo en cascadas de ondas suaves, la mirada audaz que desafiaba cualquier sombra, los labios carnosos que no imploraban permiso. Belleza como moneda de cambio. Belleza como promesa incumplida. Belleza como jaula dorada.
—¿Cuándo planeabas informarme? —cuestionó, deteniéndose frente a su padre como un animal enjaulado que muestra los dientes.
Jeremy Beckham permaneció absorto en la lectura de los papeles, indiferente a su presencia. Siempre había sido así: presente en cuerpo, ausente en alma. Traje impecable que parecía una armadura, manos firmes que sostenían el poder, el anillo familiar destellando como un recordatorio constante de quién dictaba las reglas en ese reino de falsedades.
—Ya lo sabes —respondió, con una frialdad que calaba hasta los huesos—. No hagas de esto un drama mayor de lo que es.
Una risa breve, cargada de amargura, escapó de los labios de Madison como un suspiro de derrota.
—¿Un drama? Me vendiste, padre. Como si fuera un objeto. Sin consultarme. Sin siquiera mirarme a los ojos.
Finalmente, Jeremy levantó la vista. Sus ojos grises eran fríos, calculadores, peligrosamente serenos.
—Te aseguré un futuro, Madison. Un futuro brillante y seguro.
—Me robaste el mío —corrigió ella, la voz firme, desafiante, incluso en su furia—. No soy una pieza en tu tablero de ajedrez.
El aire se espesó, cargándose de una tensión palpable. Siempre sucedía cuando Madison se atrevía a desafiar los límites impuestos. La casa entera parecía contener la respiración, como si temiera las consecuencias de su rebeldía.
—Mide tus palabras —advirtió Jeremy, levantándose lentamente, como un depredador que acecha a su presa.
Madison no retrocedió. Nunca lo hacía. Su orgullo era un escudo contra el mundo.
—¿O qué? ¿Me encerrarás en otra ala de esta prisión dorada? ¿Me comprarás otro vestido de diseñador para silenciarme?
Fue un error. Lo supo en el instante en que las palabras abandonaron sus labios.
Jeremy cruzó la distancia que los separaba en dos zancadas. Su mano se abalanzó sobre el cuello de Madison con una precisión aterradora, dejando en claro que no era la primera vez que recurría a la violencia para imponer su voluntad. No apretó con la fuerza suficiente para matarla, no aún, pero sí lo suficiente para recordarle su lugar.
—No olvides quién te ha dado todo lo que tienes —susurró, apretando su agarre como si intentara borrarla del mapa.
El mundo se contrajo, reduciéndose a un túnel claustrofóbico. El mármol, las luces, los retratos… todo se desdibujó, perdiendo nitidez. Madison luchó por respirar, los dedos de su padre marcando su piel como un sello invisible, una marca de propiedad. En ese instante, la verdad se reveló con una claridad brutal: la familia Beckham no era un refugio, sino una estructura carcomida por la corrupción, sostenida por el poder y el miedo. Amor condicionado. Silencio obligatorio.
Jeremy la soltó de golpe, como si nada hubiera sucedido. El gesto casual era más aterrador que cualquier golpe.
—Te casarás con Kennedy Douglas —sentenció—. Y lo harás con la frente en alto. Es por el bien de la familia.
Madison jadeó, tratando de llenar sus pulmones de aire, la garganta ardiendo como si hubiera tragado fuego, pero sus ojos seguían brillando. No con lágrimas de sumisión, sino con la chispa incandescente de la rabia.
—No me conoces, padre —dijo, con una voz baja pero cargada de veneno—. Y él tampoco.
Jeremy la examinó durante un segundo más, evaluándola como siempre: utilidad, riesgo, beneficio.
—Aprenderán —sentenció, como si hablara de animales salvajes que pueden ser domesticados.
Madison se dio la vuelta sin pedir permiso, desafiando su autoridad. Mientras ascendía las escaleras, supo que algo se había roto de manera irrevocable. No era solo el acuerdo nupcial, ni el nombre de un hombre al que aún no había conocido. Era la certeza de que, si ese matrimonio era una jaula, ella se negaba a ser una prisionera silenciosa.
Kennedy Douglas podía ser un monstruo, como susurraban las lenguas viperinas de la alta sociedad.
Pero los monstruos, reflexionó Madison con una sonrisa sombría, también sangraban.
Y ella ya no tenía nada que perder.