Lara Lance una joven de 16 años, decide abrazar su destino e irse a estudiar su último año de secuencia en Londres, ya que se le ha informado que está comprometida con el hijo de los Ross, Ricardo Ross, decidida deja Brighton y se va a Londres con su tío, lo que ella no esperaba era que su prometido, parecía no conocer de su compromiso y que además tenía novia.
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Episodio 0: Epilogo
En tiempos antiguos, el matrimonio era un asunto que involucraba a toda la familia; el matrimonio se hacía como un negocio entre familias de igual condición social. Ejemplos claros eran la regla de la familia real; se casaban por estatus y rara vez por amor.
En los tiempos actuales, el matrimonio arreglado pasó a ser matrimonio concertado o acuerdos matrimoniales entre empresarios para aumentar su capital empresarial; al fin y al cabo, todo gira alrededor del poder y el dinero. ¿Algo ha cambiado?
En realidad, nada ha cambiado, solo que la ambición de algunos por subir y otros por mantener su posición se ha multiplicado con el paso del tiempo.
Entonces, ¿a dónde dejamos el llamado amor? “Amor, después del matrimonio”, llega a suceder, pero no en todos los casos; a veces el amor es solo la excusa de algunos para manipular a la otra persona, enredarla en su telaraña y conseguir beneficios.
Pero no todo está perdido, porque en mi historia, mi compromiso no fue por poder ni por dinero, fue el resultado de una promesa entre dos amigos, que no se pudo cumplir en la primera generación y fue pasada a la siguiente, y como en la familia Lance, la lealtad, el honor y el compromiso son como cadenas que pasan de una generación a otra, las promesas se deben cumplir.
Mi abuelo Alex Lance era un hombre con suerte; pasó de ser un pescador humilde a un pequeño empresario, todo gracias a que, en alta mar, salvó la vida de Ricardo Ross, un hombre rico y caprichoso al que solo le gustaba jugar. No cambió su forma terca hasta que se vio en los brazos de la muerte; fue engañado por sus amigos ricos que le tenían envidia y fue lanzado en un pequeño bote al mar para que muriera. Mi abuelo lo encontró y lo salvó.
Después de eso, el arrogante Ricardo, entendida la realidad de la vida: la amistad comprada es falsa y no todo el que te adula es tu amigo; muchos solo se acercan a ti por beneficios. Ricardo, como agradecimiento a mi abuelo, le dio una gran suma de dinero; mi abuelo, con este dinero, compró su propio barco pesquero y, en diez años, pasó de ser Alex al señor Lance.
Ricardo, en cambio, se vio en una mala situación y la familia Ross, que había sido en su tiempo de las más ricas de Londres, se desplomó. Gran parte de eso fue que la fortuna familiar se dividió, y otra parte, por las malas decisiones de Ricardo. Mi abuelo, al enterarse, ayudó a Ricardo a estabilizar su empresa familiar, no solo con dinero, sino también con ideas; hasta un proyecto importante le ayudó a conseguir.
En menos de cinco años, Ricardo Ross volvió a la cima y dejó atrás a sus hermanos. Declaró que quería que mi abuelo sea su hermano, y acordaron unir las dos familias, casando a sus hijos; por desgracia, ambos hombres tuvieron solo hijos varones. Al final, se firmó un acuerdo de matrimonio donde la generación que tenga un hijo y una hija estará comprometida.
Debido a que ambos hombres se habían esforzado mucho en construir un nombre propio, un legado y una fortuna, se casaron tarde y tuvieron hijos cuando ya tenían más de cuarenta años, por lo que cuando mi padre nació, mi abuelo tenía cuarenta y cinco años, y cuando yo nací, mi abuelo ya se había ido de este mundo; sin embargo, sobre mí pesaba una promesa que no se podía romper fácilmente.
Muchos piensan que el privilegio de nacer en una familia con dinero no se debe pagar, que solo tienes que decir que no quieres hacerlo y las responsabilidades familiares se van a desvanecer. Sorpresa, la realidad no es así, la vida no es un cuento de hadas y no puedes hacer lo que tú quieres e ignorar todo lo demás.
Muchos intentan poner sus deseos sobre sus responsabilidades; algunos logran con éxito hacerlo, otros tienen que renunciar a la familia, unos se arrepienten más tarde y otros no.
Así es la vida: muchos nacen libres y se convierten en esclavos, otros nacen con cadenas que nada tienen que ver con la esclavitud, pero todo con el deber y la responsabilidad.
En la vida no todo tiene que ver con los sueños, los deseos o los anhelos; a veces solo tiene que ver con la crianza y los valores familiares, ser formados para seguir un camino y solo seguirlo, sin sorpresas, sin más opciones, sin más caminos, solo caminar por el camino que otro nos trazó y ver hasta dónde ese camino nos lleva.
Vengo conmigo a caminar este camino que ante mis ojos era solo una línea recta, pero que con el tiempo se fue deformando y desviándose, hasta que llegó a su fin. Como todo en la vida, nada es tan simple, y ningún camino es tan recto visto desde lejos; no se pueden ver las pequeñas curvaturas que hacen la diferencia.
Las emociones nos traicionan, nos hacen tomar malas decisiones a pesar del deber; el tiempo siempre pone todo en su lugar, y las experiencias de la vida nos hacen madurar. Aunque creamos saberlo todo, nos damos cuenta de que no sabemos nada; incluso frases que leímos una vez toman sentido y entendemos que muchas cosas que se ven perfectas de lejos, de cerca no son tan perfectas.
El amor se construye o se destruye con el tiempo; el deseo nunca será comparable con el amor, porque el amor es aceptación, es tolerancia, es esperar, aun cuando lo que se reciba no sea lo que se espera. El deseo, en cambio, es una llama encendida que, cuando pierde su fuerza, lentamente se va apagando hasta que no queda nada.
“Te vi, te amé, no lo sabía, pero en mi corazón algo diferente sentí; me viste, me odiaste, pensaste en mí como una piedra en tu zapato, me echaste a un lado, pero extrañaste el dolor en tu pie y me buscaste. ¿Qué es tu dolor?”