Había pasado un año desde que Geisa había abandonado a su marido, el jeque Ali Hasam y echaba de menos a aquel hombre guapo, arrogante y apasionado, pero ¿de qué serviría volver a él si no era capaz de darle lo que él tanto necesitaba: un hijo y heredero? Cuando Ali la engañó para que regresara, Geisa se sintió furiosa y confundida. ¿Por qué la quería a su lado mientras luchaba con su padre por el trono de Jezaen ? Porque sólo podría triunfar si les demostraba a sus enemigos que tenía una esposa fiel y embarazada...
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Capítulo 2
-¿De cuánto tiempo disponemos antes de que hagan su primer movimiento? -le preguntó a Faruk.
-Si me permite decirlo, señor, con el señor Ethan Halls en la propiedad de su padre, me atrevería a aventurar que la situación es muy grave.
La noticia era nueva para Ali, por lo que le costó unos segundos asimilarla. Se levantó y se acercó otra vez a la ventana. ¿Acaso su mujer se había vuelto loca, o era que quería suicidarse?
Ethan Halls. El nombre le hizo apretar los dientes, mientras una punzada de celos y odio lo traspasaba.
-¿Cuánto tiempo lleva el señor Halls en San Esteban?
Faruk carraspeó, claramente nervioso.
-Siete días.
-¿Y quién más sabe esto?¿El jeque Abdul?
-Se habló de ello -confirmó Faruk.
-Cancela todas mis citas para el resto del mes -le ordenó Ali volviendo al escritorio-. Mi yate está anclado en Cádiz. Que lo lleven a San Esteban, y que preparen mi avión para salir enseguida. Quiero que Rafiq venga conmigo.
-Disculpe la pregunta, pero, ¿qué razón debo alegar para la cancelación de todas sus citas?
-Di que necesito unas vacaciones en el Mediterráneo con mi nuevo juguete -respondió Ali con un ligero tono de burla. Ambos sabían que no iban a ser precisamente unas vacaciones-. Y Faruk... si alguien se atreve a mencionar la palabra adulterio y el nombre de mi esposa en la misma frase, será lo último que mencione. ¿Me has comprendido?
-Sí, señor -dijo su ayudante con una reverencia, y salió del despacho.
Ali se sentó y miró las cartas con el ceño fruncido. Tomó el sobre que estaba abierto y sacó la hoja. Sin atender al contenido, se fijó en el número de teléfono que aparecía bajo el logo. Entonces miró su reloj y agarró el teléfono. Seguramente el abogado de su mujer estaría en su despacho de Londres a esa hora del día.
La conversación que siguió no fue muy agradable, y menos aún la que mantuvo a continuación con su suegro. Apenas había acabado de hablar con Victor Freitas, cuando llamaron otra vez a la puerta. Rafiq abrió y entró en el despacho.
Iba vestido igual que Faruk, pero Rafiq era un hombre alto e imponente que rara vez se arrastraba ante alguien. Saludó con un leve asentimiento de cabeza, pero Ali sabía que Rafiq estaría dispuesto a morir por él si fuera necesario.
-Cierra la puerta y dime si aceptarías cometer un pequeño acto de traición -le dijo con voz tranquila.
-¿El jeque Abdul? -preguntó Rafiq esperanzado.
-Por desgracia, no -Ali esbozó una media sonrisa-. Me refiero a mi encantadora esposa, Geisa...
* * *
Geisa se miró al espejo y se ajustó las tiras de los hombros para ceñir el vestido de seda dorada a su esbelta figura. Pensó que el conjunto, combinado con el collar y los pendientes de diamantes, y el recogido de su pelirroja melena era aceptable, aunque podía haber elegido otro color para disimular la palidez de la piel.
Era demasiado tarde para cambiarse, pensó, y apartó la vista del reflejo. Ethan estaba esperándola en la terraza y, de todas formas, no iba a impresionar a nadie. Su único cometido era asistir a la cena de gala en nombre de su padre, quien había tenido que quedarse en Londres a resolver un asunto urgente con su abogado, y los había dejado, a ella y a su socio, Ethan, como únicos representantes de Halls-Freitas.
Puso una mueca. Hacía solo una hora que había vuelto de San Esteban, y no le apetecía nada asistir a la convención. Había pasado un día agotador y muy caluroso, en el que además se había estropeado el aire acondicionado de la casa que estaba supervisando. Agarró un chal negro de seda y salió del dormitorio.
Ethan estaba sentado en la barandilla de la terraza. Contemplaba el atardecer con una copa en la mano, pero se volvió al oírla llegar y esbozó una sonrisa de admiración.
-Bellísima -murmuró mientras se erguía.
-Gracias. Tú tampoco estás mal.
Él asintió agradecido. Iba impecablemente vestido con un traje negro de etiqueta, que resaltaba su figura. Era un hombre alto, moreno y atractivo, con unos brillantes ojos grises, una seductora sonrisa y un éxito entre las mujeres que, afortunadamente, no se le había subido a la cabeza…