Es un mundo de fantasía medieval mezclado con elementos de mitología oriental y épica clásica, existe una fuerza primordial llamada Ether, la “Esencia de la Creación”. El Ether otorgó poder a un grupo antiguo de guerreros supremos conocidos como los Semidioses, capaces de cambiar el curso de la historia con una sola voluntad. Los Semidioses ocultaron la ubicación del Ether para evitar que cayera en manos de reyes, imperios y criaturas ambiciosas. Esto desató la legendaria Guerra Primordial, un conflicto que destruyó reinos y terminó con la muerte de todos los Semidioses. Con su desaparición, también se perdió el secreto del Ether.
A partir de entonces, las razas del mundo, humanos, elfos, orcos, enanos, bestias espirituales, se lanzaron a una búsqueda desesperada. La aventura se convirtió en profesión.
Nacieron los Aventureros. Se formaron los Gremios. Y comenzó la Era de la Aventura. En este escenario surge un chico llamado Kael , debil… hasta que el destino intervie
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CAPÍTULO 2: PRIMER DÍA, PRIMERAS CICATRICES
La casa de Kael amaneció bañada en un tono dorado que se infiltraba entre las tablas de madera. El aroma del caldo de la mañana subía desde la cocina como un abrazo cálido, y Kael despertó con la sensación de que el mundo, silenciosamente, estaba cambiando a su alrededor. Había sido admitido. Aún le costaba creerlo. Mientras se lavaba el rostro en el pequeño cuenco de agua y ajustaba su coleta, escuchó la voz de su madre llamándolo desde abajo.
—Kael, el desayuno está listo. Y no intentes saltártelo, joven aprendiz de guerrero.
Él dejó escapar una pequeña exhalación que casi parecía una risa. Rara vez se permitía un gesto así, pero hoy… hoy se sentía diferente. Bajó los escalones y encontró a sus padres en la mesa. Tarek lo miraba con un orgullo silencioso, de esos que no necesitan palabras. Ante él descansaba un paquete envuelto en tela oscura.
—Esto es tuyo —dijo Tarek, empujándolo hacia Kael.
Al desenvolverlo, encontró un uniforme sencillo de entrenamiento: pantalones resistentes, una túnica ajustada al torso y una banda de tela para atar al brazo izquierdo. Todo de color negro.
—Lo usé cuando tenía tu edad —explicó Tarek—. Le hice ajustes anoche. No soy el mejor sastre, pero aguantará tus aventuras… por ahora.
Kael pasó los dedos sobre la tela. Era ligera, cómoda, y tenía un leve olor a madera y aceite, familiar como el abrazo de su padre.
—Gracias —respondió con sinceridad.
Miyara se acercó por detrás y le acomodó una mano en el hombro.
—Recuerda lo que te dije ayer. No eres menos que nadie. Y si alguien te dice lo contrario, respira… y demuestra lo contrario.
Kael asintió, con esa quietud que era tan parte de él como sus ojos grises. Después de desayunar, salió rumbo a la Escuela acompañado de Ryn, quien ya lo esperaba afuera mientras hacía malabares con una manzana.
—¡A ver si hoy no te mueres! —exclamó apenas lo vio
—. Quiero que sepas que si te rompes un brazo o una pierna, me niego a cargar contigo. Puedo cargar bolsitas de arroz, pero tú pesas demasiado.
Kael lo observó un segundo.
—No planeo morir.
—¡Ese es mi chico sin maná favorito!
Y comenzaron la marcha entre risas que contrastaban con la tranquilidad del ****viento****. El primer día siempre era el más ruidoso. Los novatos corrían de un lado a otro, preguntando dónde quedaba cada sala, mientras los veteranos observaban desde las sombras con una sonrisa de superioridad. Había murales con escenas antiguas: batallas míticas, héroes olvidados, e incluso una representación borrosa de lo que parecían ser los antiguos semidioses. Kael sintió una ligera vibración en el brazo izquierdo, justo en el lugar donde meses después aparecería una extraña marca . Un símbolo que no comprendería, formado por líneas Doradas que parecían moverse cuando no las miraba directamente. El maestro Aren esperaba en el centro del patio principal, apoyado en su bastón con cintas rojas. Parecía un anciano frágil, pero sus ojos revelaban profundidad, años, historias y una fuerza que trascendía el cuerpo. Cuando todos estuvieron reunidos, habló:
—Bienvenidos, aprendices. Este primer día será de orientación, pero no se engañen: lo que aprenderán hoy definirá su camino. Presten atención… o quedarán atrás.
Las risas se apagaron. El silencio cayó como una losa.
NIVELES DE PODER
Aren levantó su bastón y trazó un círculo en el aire. Chispas de energía salieron del movimiento, incluso sin ninguna aparente invocación.
—Todo guerrero —empezó— se clasifica por su dominio de las artes marciales, la resistencia física y el control del maná. En este mundo utilizamos un sistema de niveles para medir la capacidad de cualquier luchador.
Los aprendices se inclinaron hacia adelante, atentos.
—Hay cinco grandes niveles, cada uno dividido en tres etapas: Baja, Media y Alta.
Trazó cinco símbolos luminosos en el aire.
1. Bronce —el nivel más básico.
2. Acero —cuando el cuerpo y el maná comienzan a fundirse.
3. Plata —los guerreros capaces de enfrentar bestias mayores.
4. Oro —donde nacen los héroes de los gremios.
5. Mithril —el pináculo humano conocido actualmente.
Los símbolos brillaron con intensidad.
—Hace miles de años existieron niveles superiores, más allá de lo que hoy consideramos posible. Allí se encontraban los llamados Semidioses, seres que dominaban la esencia oculta: el Ether.
Aren bajó el bastón y los símbolos se disolvieron.
—De esos seres no queda ninguno. O eso es lo que creemos.
Kael sintió un escalofrío. No sabía por qué… pero aquellas palabras resonaban de forma incómoda en su interior.
LA HISTORIA DEL MUNDO
Aren continuó:
—Tras la guerra de los Semidioses, la ubicación del Ether se perdió. Sin su guía, las razas del mundo, humanas o no humanas, empezaron a buscarlo desesperadamente. Surgieron conflictos, alianzas, y finalmente… una nueva era.
Se giró hacia el gran mural del patio.
—La Era de los Aventureros. Donde cualquiera, sin importar su origen, puede desafiar al destino. Donde el valor, más que el maná, define al verdadero guerrero. Kael apretó ligeramente los dedos. Aquello… aquello sí le pertenecía.
Después de la explicación, los alumnos se distribuyeron en grupos para recibir los materiales de entrenamiento. Kael caminó hacia la mesa asignada, pero no tardó en notar las miradas. Susurros. Risas contenidas.
—Ese es el que no tiene maná.
—¿Cómo lo admitieron?
—Seguramente por lástima.
Dos chicos en particular, ambos más altos, lo interceptaron. Uno tenía el cabello rubio y ojos arrogantes; el otro, corpulento y de mirada desafiante.
—Oye, tú —dijo el rubio—. Te nos adelantaste ayer, pero déjame decirte algo: no perteneces a esta escuela.
Kael se quedó quieto. No retrocedió. Solo lo miró.
—No tengo intención de agradar tu opinión —respondió con un tono preciso.
Los dos chicos parpadearon, confundidos. El rubio frunció el ceño.
—¿Te crees gracioso?
—No —dijo Kael—. Solo hablo claro.
El corpulento dio un paso adelante, empujándolo con el hombro.
—Ten cuidado, chico sin maná. Aquí tienes que saber tu lugar.
Kael no respondió. No les daba el gusto. Pero entonces escuchó algo detrás de él: dos niños más pequeños estaban siendo empujados por otro grupo de novatos. Eran delgados, nerviosos, y claramente no tenían gran habilidad. Kael se movió sin pensarlo. Entró entre los abusadores y los chicos, silencioso como una sombra, y clavó su mirada gris en los matones.
—Déjenlos —dijo con simpleza.
Uno de ellos rió.
—¿Y tú quién eres? ¿El guardia sin maná?
—Alguien que no tiene miedo de ustedes —sentenció Kael.
El matón avanzó para empujarlo, pero Kael esquivó con un paso simple y firme. Nada espectacular. Solo precisión. Se colocó delante de los chicos pequeños sin apartar la mirada del agresor.
—Si buscan un problema —dijo Kael—, búsquenlo conmigo.
Por primera vez, los abusadores dudaron. Kael no tenía maná, ni tamaño, ni fama. Pero sí tenía algo que intimidaba más que cualquier destello mágico:
Convicción. Los matones se retiraron con insultos murmurados, pero se retiraron al fin. Los dos chicos pequeños lo observaron con asombro. Uno tenía cabello negro y moreno de piel; el otro tenía el cabello rubio oscuro..
—G-gracias —balbuceó el más pequeño.
Kael asintió.
—Soy Kael.
—Yo soy Densel —dijo el moreno.
—Y yo Leon —añadió el rubio.
Ryn apareció detrás de ellos, ladeando la cabeza.
—¿Ya estás salvando gente? ¡Ni treinta minutos aquí y ya eres más héroe que yo en los 16 años que tengo de vida! ¡Esto no es justo!
Kael soltó un suspiro.
—Solo hice lo correcto.
—Claro, claro… ¡pero podías haber esperado a que yo hiciera la entrada dramática!
Los cuatro se miraron, y fue allí donde nació algo inesperado: un pequeño grupo. Una alianza. Un principio de amistad. Mientras los novatos comienzan a formarse para la clase de combate inicial, Kael sintió una presencia… distinta. Una joven avanzaba entre los aprendices, su cabello castaño claro moviéndose con la brisa. Llevaba el uniforme con elegancia natural y parecía irradiar una calma extraña. Sus ojos eran color miel, cálidos y atentos, y su postura demostraba disciplina sin rigidez.
Ella también lo vio. Solo un segundo. Un vistazo. Pero ese segundo fue suficiente. Ryn fue el primero en notarlo.
—¡Ah no! ¡No me digas que ya te enamoraste! ¡Es el primer día, Kael!
Kael frunció el ceño.
—No estoy enamorado.
—Tus ojos dijeron “soy un tonto enamorado” —afirmó Ryn con absoluta certeza.
Leon y Densel asintieron al instante. Kael suspiró hondo.
—Solo… me pareció interesante.
—Lo mismo dicen las personas que luego escriben poemas —replicó Ryn.
Kael decidió ignorarlo. Aunque en lo profundo de su pecho, algo realmente había cambiado al ver a la chica. Su nombre lo descubrió minutos después, cuando el maestro Aren llamó lista.
—Layra de Mirens —anunció.
Kael memorizó el nombre en silencio.
LECCIÓN DE AREN
El maestro reunió al grupo para iniciar la primera práctica.
—Hoy aprenderán lo esencial: postura, equilibrio y la primera respiración de combate —dijo Aren mientras caminaba entre los aprendices—. La fuerza nace del centro. La precisión de la mente. Y el maná… del alma.
Kael observaba atento, repitiendo cada movimiento con disciplina. No tenía magia, pero sí una capacidad innata para copiar posturas complejas con exactitud sorprendente. Aren lo notó. Se acercó a Kael y ajustó su posición con un toque en la espalda.
—Tu cuerpo aprende rápido. Aprovecha eso.
Kael asintió.
—Haré lo que pueda.
Aren sonrió.
—Haz más que eso.