—¡Qué fastidio de historia! ¿Por qué dejarían morir al villano de esa forma? —fueron mis últimas palabras antes de tragar un puñado de palomitas… y atragantarme con una de ellas.
Cuando abrí los ojos, ya no estaba en mi sala, sino en el cuerpo del antagonista de esa misma historia. Un personaje destinado a morir antes incluso que el villano.
Ahora tengo una sola misión: sobrevivir.
Y si para lograrlo debo cambiar el destino, enamorar al villano no suena tan mala idea…
NovelToon tiene autorización de Gabitha para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
PROBLEMA DE SALUD
Durante mi primera vida jamás había visto a un adulto realmente preocupado por mí.
De pequeño había quedado huérfano después de un accidente, y terminé bajo el cuidado de la hermana de mi madre. Pero ella no pudo hacerse cargo de mí; lo entendía, después de todo, tener una responsabilidad tan grande de la noche a la mañana no era algo que le correspondiera.
Fui trasladado a un orfanato. Y, a pesar de mi corta edad, comprendí rápidamente que los adultos que llegaban ahí no querían niños como yo. Buscaban bebés, pequeños, moldeables… y yo ya no lo era.
Crecí observando cómo otros eran adoptados, uno tras otro.
Yo me quedé atrás.
Me esforcé en mis estudios, logré llegar a una buena empresa, pero mi vida se vino abajo después de lo que mi supuesto amigo me hizo. Perdí el trabajo, la confianza y las ganas de seguir.
Y ahora, como Nicolás, estaba viendo cómo un montón de personas se movían de un lado a otro con rapidez. Todo era caos, gritos, pasos apresurados, ropa doblada y maletas abiertas.
Todo… por las palabras de mi ahora nana.
—Nana Liz, ¿es necesario todo eso? —pregunté, señalando cómo las sirvientas más jóvenes metían ropa en una maleta para una futura hospitalización.
—Señorito, sabe bien que en cuanto sus hermanos y padres se enteren de que está en el hospital haciéndose un chequeo, podrían regañarme por no ir preparada —respondió, sin detener sus manos, que se movían con una precisión militar.
Lo recordaba.
Claro que lo recordaba.
Mis padres, Leonel y Elena Smith, eran todo lo que cualquiera en esta novela envidiaría. Ricos, atractivos, influyentes… y orgullosos de su hijo omega.
Tanta era su adoración que incluso los hermanos mayores del Nicolás original lo consentían hasta el cansancio, dándole dulces hasta reventar.
Aunque claro… no eran solo los dulces.
Según la genética familiar, su madre y su padre eran realmente atractivos; sus hermanos Evan, Elena, Ramiro y la pequeña Jazmín parecían salidos de una revista. Pero entonces…
—¿Por qué soy el único así? —murmuré, pellizcando mi mejilla redonda frente al espejo.
Suspiré y tomé aire.
—Está bien, vámonos al hospital —dije finalmente, mientras Nana Liz cerraba la maleta con un suspiro de alivio.
El viaje se me hizo eterno.
Durante el trayecto, Nana Liz llamó a mis padres. Bastó mencionar la palabra “hospital” para que los sacara de una reunión importante.
No pasó mucho antes de que mi teléfono comenzara a sonar sin parar.
Miré los nombres en la pantalla: Evan, Daniela, Ramiro… y mis padres.
—Son rápidos para hacer una llamada tras otra —murmuré, soltando una risita nerviosa.
No contesté.
Aún no sabía cómo hablar con ellos sin que notaran que no era su Nicolás.
Seguíamos camino al hospital cuando una chica beta se interpuso frente a nosotros, bloqueando el paso.
—Estarás feliz —me dijo con voz temblorosa pero cargada de enojo—. Por tu culpa, Viviana estuvo llorando todo el día de ayer. ¡Por tu grosería en el colegio!
—¿Disculpa? ¿Te conozco? —respondí, frunciendo el ceño.
No sabía quién era, pero la respuesta me llegó en forma de una fuerte cachetada.
El golpe me dejó atónito. Toqué mi mejilla, ardía. Estuve a punto de devolverle el golpe, pero no fue necesario.
—¡Señorita! —exclamó una voz furiosa detrás de mí.
Mi nana apareció como un huracán. Su mirada bastó para que la chica diera un paso atrás.
—Nana, no le hice nada, ni siquiera la conozco. ¡Me golpeó! —expliqué, aún sorprendido.
—Disculpe, señorita —dijo Nana Liz, interponiéndose entre la chica y yo con la elegancia de una leona cuidando a su cachorro—, ¿podría explicarme la razón por la que le pegó a mi niño?
La joven se encogió bajo aquella mirada.
—Diana. Diana Harrison —dijo, extendiendo la mano con torpeza—. Verá, su señorito fue grosero con una amiga mía en una fiesta.
—¿Y eso le da derecho a usted a golpear a un omega? —respondió Nana Liz, con un tono tan frío que me erizó la piel—. Debe saber bien que la familia Smith aprecia mucho a mi niño.
El rostro de la chica palideció.
—¿Smith...? No sabía que pertenecía a esa familia...
—Ahora ya lo sabe —replicó la nana con una sonrisa cortante—. Así que le sugiero que se disculpe. Además, soy testigo de que mi niño no asistió a ninguna fiesta o incluso colegio en esta semana. ¿Cierto? —preguntó, mirándome.
Asentí rápidamente.
—Cierto —confirmé, tratando de no parecer nervioso.
Aunque, claro, en realidad… no debería ni estar vivo.
Pero el nombre Diana Harrison me sonaba.
Sí… ¡claro! Era la chica que moría al ser desechada por su familia, después de quedar embarazada por culpa del hermano de la protagonista.
“Así que ella todavía está viva… por ahora,” pensé, observándola con atención.
—Me disculpo sinceramente —dijo Diana al fin, inclinando la cabeza.
—Está bien —respondí, suavizando mi tono—. Por cierto, eres compañera del colegio, ¿verdad? No he asistido en una semana. ¿Podrías ayudarme con los trabajos que tengo pendientes?
La chica dudó un segundo, pero asintió.
—Claro… puedo pasarte las notas.
Sonreí.
—Gracias. Lo apreciaría mucho.
Charlamos unos minutos sobre cosas triviales mientras esperábamos a que me atendieran, aunque ella no dejaba de mirarme con cierta desconfianza.
No pasó mucho antes de que mi familia entera irrumpiera en el hospital.
Fue una locura.
Gritos, órdenes, guardias corriendo, médicos confundidos. Mis padres exigiendo que me atendieran “de inmediato”.
Ni siquiera notaron cuando el doctor apareció y me llamó para pasar a consulta.
Y tal como sospechaba… alguien había estado alterando mis alimentos.
El diagnóstico cayó como un cubo de agua helada: problemas de tiroides provocados por sustancias ajenas.
El médico fue claro. Me recetó medicamentos, vitaminas y me derivó con un nutriólogo.
—Su metabolismo ha sido forzado a un desequilibrio, señor Smith —explicó con tono profesional—. No se trata solo de sobrepeso; su cuerpo ha sido manipulado.
Las palabras me dejaron helado.
¿Alguien había querido enfermar a Nicolás?
Mis padres estaban indignados, Evan casi rompió una silla, y mi madre no paraba de llorar.
Yo… solo podía pensar en lo que eso significaba.
El nutriólogo me miró con comprensión.
—En lugar de pesar lo que corresponde a su edad, su cuerpo está reteniendo más de lo normal. Necesitará disciplina, ejercicio y alimentación controlada.
—Sí… lo entiendo —dije, tratando de sonar convincente.
Estos días eran los últimos del semestre, así que decidí entregar mis trabajos en línea.
Durante las vacaciones me aseguraría de cumplir con lo recomendado por los médicos.
Claro… también debía averiguar quién diablos había intentado sabotear mi cuerpo.
Porque si algo tenía claro, era que en esta historia nadie era tan inocente como parecía.