Cuando El Reino Colmillo y Sombra Era una de las Poderosas y temidas por su generaciones de Reyes Alfas , con la espera de un nuevo Rey, todo dio un gran giro al tener una Niña Alfa llamada Ema.
Su Poder estaba en juego como su corona, no la creían apta, su vida fue criticada y usada para benéfio de muchos enemigos al ser una niña dulce y vulnerable.
La tomaron de menos, cuando su tortura escalo hasta una noche donde su mejor amiga la mató en un intento de celos por un el amor del Alfa Lucas quien era el más poderosos y deseadas por todas. La manada fue tomada y traicionadan por su tio lleno de odio y envidia hacia el Rey, tomo el control, llevando a su hijo ser el nuevo Rey Alfa, dando una muerte terrorífica a su hermano y su familia
Pero la muerte es algo misteriosa, pues en el cuerpo de Ema recae el alma de una joven totalmente diferente al resto, una máquina mortal llamada Cecilia.
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Será divertido
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Los árboles chocaban entre sí; la sombra de sus ramas dibujaba líneas en el cuerpo de una joven que se levantaba con dificultad del macizo de barro.
Ema gruñía con cada movimiento:
—Carajo... —suspiró al ponerse completamente de pie, cubierta de barro de pies a cabeza.
Miró a su alrededor, pero sintió una punzada en la cabeza en un instante y apretó los dientes por el dolor intenso. Vio la vida de su receptora... Soltó un suspiro y movió la cabeza para volver en sí.
—Esta niña... Nadie la deseaba... —observó sus manos mientras tocaba su cuerpo, comprobando que no se tratara de un sueño. Golpeó fuerte su rostro y sonrió—. Ja... jajaja... jajajaja. ¡Me lleva la contraria! —rió—. Ay, querida Ema... Así que me reencarné en ti. Pero yo no soy tú... —caminó sintiendo su poder de curación—. Este mundo será divertido —sonrió.
Ema avanzó mientras trataba de recordar en qué punto de la historia se encontraba. Si era antes de que su amiga la matara, aún estaba a tiempo. Sentía cada ruido, cada olor; su vista era increíble, como si flotara con cada paso. Percibía el latir de los animales, su miedo. Miró al cielo, donde un gran halcón planeaba a una altura tan elevada que sería imposible de ver para un humano.
Se sentía liviana como una pluma: empezó a dar pasos rápidos, luego aumentó la velocidad. Al correr, todo a su alrededor pasaba como una cinta, mientras ella misma se movía en cámara lenta. Estaba extasiada y emocionada.
—No puedo creer que con tanto poder te dejaste matar tan fácilmente, niña —balbuceó.
Olfateó hasta llegar al castillo; lo observó desde la entrada. «Parece que aquí es. Sí que es imponente.» Al entrar, una mujer la miró con desprecio y se acercó hacia ella.
—Pero mírala cómo está. ¿Acaso eres una cerda? —dijo la mujer dándole una cachetada.
Pero la joven ya no era la dulce Ema: ahora era Cecilia, y no permitiría que la trataran como quisieran. ¡Oh no...!
Ema apretó los dientes:
—¿Me hablas a mí? —dijo recomponiéndose del golpe—. ¿Acaso... sabes a quién golpeas? —se acercó a la señora, quien se quedó en silencio al verla responder con firmeza.
—Sí, ¿acaso no ve cómo está? Parece una mugrosa... —dijo retomando el valor.
Ema la agarró del cuello con fuerza; la mujer abrió los ojos de terror.
—Parece que se te olvidó para quién sirves, vieja decrépita —la miró con odio sujetándole el cuello.
Los guardias corrieron hacia ella llamando al alfa ante lo sucedido.
La mujer tenía la piel morada, sus ojos ya estaban rojos por falta de aire. Todos salieron a ver lo que pasaba en el jardín del castillo.
—Ema... ¿Qué haces? —gritó el alfa al ver cómo la mujer cayó muerta a los pies de Ema, quien sonreía.
—Lo que ves, querido padre. Esta sirvienta me trató como una cerda y me dio una cachetada... No perdonaré un trato así —miró a todos con su aura—. ¡NUNCA MÁS! Si no, terminarán así —dijo. Todos temblaron y mostraron su cuello en señal de sumisión. Su padre estaba en shock: su hija nunca había reaccionado de esa manera.
«Emaa... Hija mía...»
—Hija... —balbuceó con preocupación y se acercó para ver su rostro, limpiándolo con un paño—. Entra, debes tomar un baño —dijo al ver su mejilla roja y lanzando una mirada de odio a la mujer muerta y al resto.
—Desháganse del cuerpo —ordenó con firmeza.
—No, padre... —dijo Ema—. Llama a los sirvientes y guardias. Lleven el cuerpo a la entrada de la manada para que todos lo vean —dijo. Todos se miraron entre sí—. ¿Acaso están sordos? —El alfa miró a todos como ordenando, permitiendo lo que ella hacía.
—Hija... ¿Qué vas a hacer? —la siguió al ver que tomó una botella de alcohol y una caja de cerillas.
—Lo que debí hacer desde un principio, padre. Nunca más me tratarán como basura —dijo firme, mirando al alfa, quien apretó la mandíbula y la acompañó.
«Ahora todos sabrán que conmigo no se juega.»
Los guardias llevaron el cuerpo de la sirvienta ante todos; toda la manada miraba intrigada. Cuando vieron a Ema, hicieron muecas de odio, pero ella los ignoró.
—Hoy... Alguien quiso pasar por encima de mí como si fuera una simple cucaracha —decía—. Pero se les olvida que soy una alfa, y esta será la última vez que alguien no me trate como tal —regó el alcohol sobre el cuerpo de la mujer ante la vista de todos, quienes quedaron sorprendidos al ver lo que iba a hacer.
—El próximo que intente menospreciarme, recuerde esto, porque es lo que recibirá —dijo tirando una cerilla al cuerpo, que se incendió como una fogata al instante.
Todos sintieron la aura de Ema, quien los miraba sonriendo macabramente, causando terror. Luego volvió al castillo.
—Ema... —dijo un guardia—. Digo, alfa... ¿Qué hacemos con el cuerpo? —sintió terror al ver su mirada fría.
—Dejen que se queme y luego cuélguenlo para que los cuervos se lo coman —dijo sin preocuparse.
—Pero... ¡Sí, alfa! —dijo firme al sentir su aura.
El rey la siguió hasta el castillo, mirándola todo el camino. Su hija mostraba una aura terrorífica; su dulce mirada ya no existía. Tragó saliva con dificultad al pensar que si esta no era la única vez que la trataban así, entonces ella había sufrido mucho sin que él se diera cuenta.
—No te martirices, padre... Me criaste bien, pero estos abusos no fueron tu culpa; no podías estar en todos lados conmigo —lo sacó de su pesar.
«Desde cuándo maduraste tanto, mi preciosa niña.»
El alfa la abrazó de golpe. Ema pudo sentir un poco de calidez en ese abrazo, pues ella misma no sentía nada por ese hombre, pero no lo trataría mal. Los recuerdos de Ema siempre lo mostraban amoroso y cariñoso con ella, así que lo abrazó como Ema lo haría, brindándole calma al poderoso hombre.
—Mi cachorra... Eres increíble como tu madre, y estoy muy orgulloso. Pero sabes que mañana será un caos —suspiró.
—Lo sé, padre. Esperaré con ansias ver la cara de los viejos del consejo —dijo burlona—. Espero que a Verfor le dé un ataque —rió mientras subía para bañarse.
El alfa rio con lo que dijo y también se imaginó al viejo colapsando.
Los miembros del consejo eran cuatro lobos elegidos por el alfa, pero Verfor y Grif se creían dueños de las decisiones de Ema. Abusaron de su bondad, la llenaron de ideas que no merecía, la hicieron perder su amor propio y sentirse inferior por ser una alfa mujer. Pero ahora todo cambiaría: esos viejos recibirían un escarmiento, y si es posible, se les enseñaría quién es la que manda.
Ema se bañó y se preparó. Su habitación era enorme, con una vista magnífica de la manada y las grandes colinas al fondo.
Trató de recordar cómo había terminado en ese lugar, cuando una punzada volvió a golpearle la cabeza...
—Si esto se hace costumbre, será un dolor de cabeza infernal —maldijo al ver que fue su amiga la que sostenía su cuello, ahogándola y huyendo después de verla morir.
Ema sonrió malvadamente:
—Así que fuiste tú, querida Samanta. Entonces dejaré lo mejor para ti —rió.
Bajó a comer, pues su estómago rugía como si se la comiera a sí misma. Vio a su padre en la mesa, le dio una sonrisa y empezaron a ponerse al día.
—Estás emocionada por tu cumpleaños mañana —preguntó interesado.
«Cierto, mañana cumplo 16... Mi transformación.»
Ema recordó que murió antes de su transformación, así que aún seguía en la academia... y su ceremonia no se había realizado.
—Sí, padre... Hablando de eso, quiero una celebración de cumpleaños —«Quiero ver la estúpida cara de Samanta y los idiotas alfas.»— sonrió.
—Qué bueno, cariño. Mandaremos a prepararla entonces. Seguro mañana tendrás tu transformación. ¿Quieres que esté contigo? —preguntó.
—Mmm, quiero pasarla en el bosque, padre. Pero puedes estar en el jardín por si necesito algo. ¿De acuerdo? —respondió. «No pienso que me vea desnuda.»
—Lo que tú quieras, cariño —sonrió.
Comieron mientras Ema le pidió que le reinstauraran los entrenamientos, cosa que le alegró y estuvo de acuerdo. Claro que sus clases de alfa no faltarían.
Mañana empezaría con los entrenamientos; quería estar en forma. El cuerpo de Ema era fuerte, pero no se dejaría llevar solo por eso: tenía que prepararse, pues había entrado en la jaula de lobos y seguro tendría que morder a más de uno.
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