Sinopsis:
Isabella, una joven y talentosa pianista, ve cómo su mundo se desmorona cuando su gran amor, Nicolás, sufre un trágico accidente de auto y es dado por muerto. Devastada y sola, descubre semanas después que está embarazada. Con el corazón roto pero decidida a salir adelante, se entrega a la música y comienza a trabajar como pianista en eventos y bodas, mientras cría a sus dos hijos gemelos.
Años después, recibe la oferta de tocar en una lujosa boda de alto perfil, con estrictas cláusulas de confidencialidad. Nada la prepara para lo que está a punto de vivir: el novio es Nicolás, vivo… pero sin el más mínimo recuerdo de ella.
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Capítulo 2 – Antes del Silencio
Cinco años antes, la vida de Isabella era una sinfonía en crescendo. Vivía en un pequeño apartamento con paredes llenas de partituras y ventanas abiertas al viento. Allí, entre tazas de café frío y libros de música subrayados, se enamoró de Nicolás.
Él no era pianista, ni músico, ni siquiera entendía del todo las partituras que ella tanto amaba. Pero tenía algo que la música no podía enseñarle: una risa que desarmaba su ansiedad, una mirada que la hacía sentir vista, y una forma de abrazarla como si el mundo fuera un lugar seguro. Nicolás era arquitecto, soñador, y un poco desordenado. Siempre llegaba tarde, pero siempre llegaba. Y cuando lo hacía, traía flores robadas de algún jardín o una canción tarareada sin ritmo, solo para hacerla reír.
Se conocieron en una exposición de arte. Isabella tocaba el piano en la inauguración, y Nicolás, que había diseñado el espacio, se quedó embobado viéndola tocar. No por la música, sino por la forma en que cerraba los ojos al tocar, como si cada nota fuera un suspiro. Esa noche, él se acercó con una copa de vino y una sonrisa torcida.
—No entiendo nada de música, pero creo que me acabas de enamorar —le dijo.
Ella se rió, pensando que era otro intento torpe de coqueteo. Pero no lo fue. Nicolás volvió al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente.
En poco tiempo, compartían todo: desayunos improvisados, tardes de lluvia bajo una misma manta, y sueños que se escribían en servilletas de cafetería. Hablaban de tener una casa con un piano de cola en la sala y una terraza llena de plantas. Hablaban de hijos, de viajes, de envejecer juntos. Isabella, que siempre había sido cautelosa con el amor, se entregó sin reservas.
Él la acompañaba a sus conciertos, aunque no entendiera las piezas. Ella lo ayudaba a revisar planos, aunque no supiera nada de estructuras. Se amaban con la intensidad de quienes creen que el tiempo es infinito.
Una noche, después de un concierto íntimo en un teatro pequeño, Nicolás la llevó a la playa. El cielo estaba despejado, y el mar parecía un espejo. Allí, bajo las estrellas, le propuso matrimonio con un anillo hecho de papel. No tenían dinero, pero tenían promesas. Y eso bastaba.
—No necesito nada más que esto —le dijo él, cerrando su mano sobre la de ella—. Tú y yo. Siempre.
Isabella lloró. No por tristeza, sino porque, por primera vez, sentía que el mundo tenía sentido.
Pero el destino, caprichoso y cruel, tenía otros planes.
Semanas después, Nicolás salió de casa para una reunión de trabajo. Nunca llegó. El accidente fue brutal. El auto quedó irreconocible. El cuerpo, según dijeron, también. No hubo despedidas. Solo un ataúd cerrado y un silencio que lo devoró todo.
Isabella no volvió a tocar el piano durante semanas. Hasta que el corazón le pidió volver. Por él. Por lo que fueron. Por lo que aún quedaba por contar.
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Y AQUI VAMOS CON UN SEGUNDO CAPÍTULO ESPERO LO HALLAN DISFRUTADO, DIOS ME LOS BENDIGA Y NOS VEMOS EN EL PROXIMO CAP.
POR AMBICIOSOS Y MALDITOS