En el elegante y misterioso mundo de los multimillonarios, una mujer se esconde detrás de una fachada de pura seducción. Nina es la dama perfecta, la musa enigmática que los hombres desean y las mujeres envidian. Nadie sabe que Nina es la heredera de una de las fortunas más grandes del mundo.
Su misión es infiltrarse en el círculo íntimo de su futuro legado, descubrir quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos. Y lo hará usando su belleza, su astucia y su encanto.
Entre cenas de lujo, conversaciones envenenadas y caricias furtivas, Nina comenzará a desentrañar una red de secretos que cambiará su vida para siempre. Con un pie en la alta sociedad y otro en las sombras, tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar.
"Seducción en dos actos" es una historia sobre el poder, el deseo y la lucha interna de una mujer que juega a un juego peligroso. Una mezcla perfecta de comedia, erotismo y misterio que te hará cuestionar hasta dónde llegarías por una fortuna… y por amor.
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El Club Artemis
El salón principal bullía con el tipo de energía que solo se encuentra cuando hay demasiado dinero y demasiado ego concentrados en un mismo espacio. Camareros en smokings se deslizaban entre los invitados como sombras elegantes, sus bandejas de plata cargadas con copas de champán Krug Clos d'Ambonnay del 95 —porque el Dom Pérignon era para nuevos ricos, según había declarado Madame Dubois en más de una ocasión.
En una esquina, un numeroso grupo de banqueros de Wall Street competía por ver quién podía donar la suma más escandalosa a la causa, sus risas demasiado altas delatando que sus vasos de whisky Macallan de 50 años no eran los primeros de la noche. Junto a ellos, sus esposas intercambiaban sonrisas afiladas como cuchillos y chismes aún más mortíferos, sus joyas centelleando con cada gesto estudiadamente casual.
Un político que Nina reconoció de las noticias matutinas —casado, conservador, y famoso por sus discursos sobre la moral y los valores familiares— coqueteaba descaradamente con un hermoso joven modelo brasileño en un rincón discretamente iluminado. El arte de la hipocresía elevado a su máxima expresión.
El aroma a poder y decadencia flotaba en el aire, mezclándose con las notas del perfume Clive Christian No. 1 Imperial Majesty (a $2,150 por mililitro, el más caro del mundo) que Madame Dubois rociaba estratégicamente en los puntos clave del club cada noche. "El olor del dinero viejo", lo llamaba ella, aunque Nina siempre había pensado que olía más a desesperación.
En el centro del salón, una fuente de champán de cinco niveles vertía un Moët & Chandon personalizado en una cascada infinita de burbujas doradas. El líquido capturaba la luz y la transformaba en destellos que bailaban sobre los rostros de los invitados, suavizando temporalmente las líneas de preocupación y las arrugas que ni los mejores cirujanos plásticos de Park Avenue habían logrado eliminar.
Y sobre todo esto, dominando la escena desde su trono improvisado —un diván Luis XV auténtico que probablemente costó más que el PIB de un pequeño país—, Madame Dubois reinaba sobre su imperio de vicios de lujo y secretos guardados, sus ojos astutos evaluando cada interacción, cada intercambio, cada potencial escándalo que podría ser transformado en futuro capital social.
El Club Artemis no era solo un lugar; era un ecosistema completo y complejo de poder, lujuria y avaricia, todo elegantemente envuelto en una capa de filantropía y buen gusto. Y esta noche, como todas las noches, los millonarios de Nueva York competirán no solo por ver quién podía donar más a la misteriosa causa benéfica, sino por quién podía pecar con mayor estilo.
El portero, un gigante trajeado con el físico de un jugador de fútbol americano y la discreción de una tumba, inclinó levemente la cabeza mientras abría las puertas doradas del Club Artemis. El metal pulido reflejó por un momento la silueta de Nina, y ella aprovechó ese instante para hacer el cambio mental: enderezar la espalda dos milímetros más, suavizar la línea de la mandíbula, permitir que sus caderas se balancearan con un ritmo más sensual. Como una mariposa emergiendo de su crisálida, Sofía tomó el control.
Sus Louboutins se hundieron en la alfombra de terciopelo burdeos, cada paso una declaración de intenciones, cada movimiento una promesa velada. Izquierda, derecha, pausa sutil, giro del tobillo —la coreografía que había practicado durante horas frente al espejo de su penthouse hasta que cada movimiento parecía natural, instintivo, como si hubiera nacido caminando en tacones de doce centímetros.
El saxofón del quinteto de jazz acarició el aire con las primeras notas de "My Funny Valentine", el sonido serpenteando entre las columnas de mármol como una invitación al pecado. El contrabajo se unió con un pulso profundo que hacía vibrar el suelo bajo sus pies, marcando el ritmo de su entrada como si la banda hubiera estado esperando específicamente este momento.
Una oleada de aromas la envolvió: el Macallan de 50 años que el señor Thompson, el magnate petrolero, siempre pedía a esta hora ("porque la vida es demasiado corta para whisky mediocre", era su frase favorita); el perfume Clive Christian que la señora Vanderhall rociaba con demasiada generosidad, como si intentara marcar su territorio en una jungla de depredadores sociales; el aroma dulzón de los puros cubanos que se colaba desde el salón privado, donde los verdaderos negocios se cerraban entre nubes de humo y risas conspiradoras.
Sofía se detuvo un momento, permitiendo que la luz de las arañas de cristal la bañara estratégicamente. El vestido negro atrapó los destellos y los transformó en promesas, mientras ella giraba levemente la cabeza, exponiendo la línea de su cuello como una obra de arte en una exposición privada. Su perfume —una mezcla exclusiva de jazmín, vainilla y algo más oscuro que nunca revelaba— dejó un rastro invisible pero potente, provocando que más de un caballero interrumpiera su conversación para seguir su progreso con la mirada.
El pianista, un veterano del club que había visto suficientes dramas como para escribir una telenovela, le guiñó un ojo mientras sus dedos bailaban sobre las teclas de marfil. Ella le devolvió una sonrisa cómplice —la sonrisa número tres en su repertorio, la que sugería que compartían un secreto delicioso— mientras sus caderas marcaban el tempo de la música como si ella y la melodía fueran una sola cosa.